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Cuando la luz regresa

  • Foto del escritor: Nelson R.
    Nelson R.
  • 15 feb
  • 1 Min. de lectura


No es la ausencia lo que pesa,

sino esa renuncia silenciosa

de quien elige desvanecerse

aun estando cerca.


Un desierto no puede ofrecer

lo que nunca sostuvo:

solo su ardor antiguo,

su memoria de arena y tormentas,

su forma seca e inconsciente de ser.


Tampoco un pozo puede mirarse

si ignora su hondura,

ni encontrar salida

cuando extiende manos

pidiendo rescate,

sin asumir la sombra

que duerme en su interior.


Quedarse inmóvil

es permitir que la penumbra

te nombre por dentro;

es olvidar el propio rostro

en el espejo del destino;

es evadir la responsabilidad

de mover los hilos

de una moribunda existencia.


Y mientras tanto,

yo sigo el pulso tenue

de luciérnagas perdidas en la noche,

esas pequeñas almas de luz

que tiemblan en la oscuridad

para recordarnos que incluso

las tinieblas tienen grietas

por donde la luz encuentra

su camino de regreso.


Escuchando la música oculta

de las cascadas que nacen de la roca,

respirando el aire fresco

que la noche derrama,

mientras el día se despereza

entre sombras que murmuran

y luces que titilan,

aprendiendo a ser mi propia claridad.

 
 
 

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