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El bulevar de los recuerdos

  • Foto del escritor: Nelson R.
    Nelson R.
  • 6 nov 2025
  • 7 Min. de lectura


El aroma de los tilos en flor me devuelve a la juventud – a un día de verano radiante y soleado.

Resuena entre el chillido de gaviotas argénteas, siempre hambrientas ( más grandes y más ruidosas que las gaviotas comunes ), y las sonrisas  de la gente que se apresura por el viejo bulevar florecido.

 En mis pasos escucho el eco de los años que se deslizaron sin aviso entre la rutina monótona del otro lado del mundo.

En mis pensamientos, un océano inmenso buscaba su puerto, y las olas del mar cálido que se derramaban sobre mi cuerpo pareciéndose a lágrimas de hastío - como si allí nunca pudiera pasar nada interesante.

Los pequeños cangrejos, arrojados por las olas sobre la arena, intentaban volver al agua, cargando sobre sus espaldas las conchas vacías de caracoles que usaban como refugio.

Las almejas abrían sus armaduras nacaradas con la esperanza de atrapar algún organismo diminuto y alimentar su ser hambriento.

Los niños construían castillos de arena y sus gritos y risas se mezclaban Con el sonido de las olas rompiendo en la orilla y los chillidos de las gaviotas, que a veces te robaban la comida aún sin probarla.

Vendedores de maíz caliente recorrían la playa bajo la bajo el sol ardiente, vendiendo alegría a los que habían jugado y reído hasta el hambre.

Por los altavoces clavados en la arena se oía música suave de la radio local.

El vestuario siempre estaba abarrotado: unos llegaban, otros se iban.

Y yo estaba aburrida. Siempre me aburría entre la multitud. Mi mente siempre estaba en el futuro, por ejemplo cuando a la vuelta me compraría helado de chocolate de cada vendedor que se me cruce por el camino hasta la parada del autobús. Un día hasta los conté - ¡eran siete helados!

Eso me recordó que, cuando iba al instituto en el  recreo grande a veces me compraba barquillos de chocolate, y también me comía siete. Curioso… ¿por qué siempre eran siete?

 

 Las cerezas se habían pasado su floración y sus colores y aromas vivían solo en mis recuerdos.  Su belleza permanecía intacta en un rincón de mi conciencia, al que acudía cuando necesitaba ver la realidad como un cuento.

Sobre mi escritorio yacían hojas desordenadas con dibujos y versos, creados en momentos de tristeza y aburrimiento, cuando no sabía qué hacer.

Y no sé por qué me sentía así a veces, sí con la pandilla siempre encontrábamos qué hacer y nos divertíamos.

 

 

El día que descubrí el dinero (y no era mío)

 


Las primeras travesuras escolares las hice sola, y quizás las consecuencias me hicieron pensar un poquito más en el futuro antes de ejecutar el siguiente plan que se me cruzaba por la cabeza.

 Me encantaba el brazo gitano de chocolate que vendían por porciones en la pastelería cerca del colegio, y siempre le pedía a mi madre que me llevara a comer un trozo. Y sí me llevaba pero no tanto como yo quería. Su excusa más frecuente era que no tenía dinero.

Supongo que le insistía demasiado y ya estaba harta de escucharme.

Un día, rebuscando en los armarios por algo dulce que siempre escondía para alguna visita inesperada, descubrí dónde mis padres guardaban sus sueldos. ¡Me pareció muchísimo dinero! A los siete años que tenía entonces, aún no entendía el valor del dinero, ni tenía idea de los precios. Sin decir nada, tomé el billete más pequeño que había, que hoy quizás equivaldría a unos 100 leva, y lo escondí en mi mochila.

Cuando terminaron las clases, invité a varios niños a la pastelería y pedí para cada uno un trozo del brazo gitano.

 Le di el billete a la vendedora y ni siquiera esperé el cambio. ¡La generosidad infantil es peligrosa!

 Cuando terminamos y estábamos por irnos, la vendedora me llamó y me pidió que dijera a mi madre que viniera. Yo ni me pregunté por qué, le prometí que lo haría.

Menos mal que en aquellos tiempos había muchas personas honestas. Cuando le dije a mi madre que la llamaban en la pastelería, se sorprendió mucho y empezó a interrogarme sobre qué había hecho. Yo le conté : “¡ Ya basta de mentiras! ¡Ya sé que sí tienes dinero!”

Así recibí mi primera lección sobre para qué sirve el dinero y que no se puede gastar todo en pasteles.

Creo que esta vez no me pegaron - no tengo recuerdo. Y sí me dieron una paliza, no la guardé en mi memoria porque asumí que era culpable.

Mi madre fue a la pastelería y la vendedora le devolvió el cambio que había sobrado. Pensó que dármelo a mí era demasiado peligroso - y tenía razón. Ja, ja, ja.

 

   

El escape colectivo y las dos traidoras

 

 La siguiente idea grandiosa que recuerdo que me visitó fue invitar a toda la clase a casa para ver “Tom & Jerry”, porque la mayoría de los niños todavía no tenían VHS en casa y solo podían ver dibujos animados cuando los pasaban por televisión – dos veces al día a las 10:10 y a las 18:00.

Teníamos clase de dibujo y decidí que no era una asignatura tan importante. Les dije a todos que tengo un reproductor de vídeo y una cinta de tres horas con episodios de “Tom & Jerry”. Así que podríamos saltarnos la clase - toda la clase - e ir a casa, ya que mis padres trabajaban y no había nadie. Veríamos los dibujos y volveríamos para la siguiente clase, que era más seria.

Y si nos escapábamos todos, no nos podrían falta, porque si falta más de la mitad del grupo no hay consecuencias. Pero en la realidad, sí las hubo.

Dos chicas decidieron quedarse en clase y le contaron a la profesora que nos habíamos ido a ver dibujos animados. Así que hubo consecuencias - llamaron a mi madre al colegio.

No recuerdo mi castigo - parece que de nuevo me sentí culpable Ja, jaja .

Lo curioso es que recordamos con más claridad los momentos en que fueron injustos con nosotros – porque justamente esos nos ayudan a conocernos mejor, y la injusticia remueve el alma como si la obligara despertar.

 

  El día que (no) me salvé con un rotulador …

 

La siguiente idea brillante me visitó tras una revisión médica al colegio.

En aquella época nos vacunaban en clase: nos sacaban uno por uno frente a la pizarra, una enfermera te clavaba la aguja y la otra junto con la profesora te sujetaban para que no salieras corriendo.

Todos en fila como soldados del miedo esperando el turno de la ejecución.

De igual manera nos revisaban para piojos: una vez al mes pasaban por cada clase y despeinaban a cada alumno como si buscaran secretos en nuestros pensamientos. Si encontraban algún huésped  inesperado, la humillación era pública.

Los chicos mayores con mente comercial  precoz, vendían piojos en cajitas de cerillas. Así podías quedarte en casa una semana  sin estar enfermo. Tu madre, pobre, después de volver de trabajar estaba horas encorvada sobre ti, buscando cada ocupa oculto. Los chicos eran los más perjudicados los rapaban al cero y al día siguiente volvían al cole con la cabeza desnuda, mientras los de melena se reían.

Pero volvamos a las vacunas…

 Nos iban a poner una en el hombro -no recuerdo para qué era pero me pareció aterradora.

Tendría unos 9 años.

 Antes de la inyección, nos hicieron una prueba en el brazo con un líquido.

Sí aparecía una reacción - un leve enrojecimiento - no te vacunaban. Pero eso casi nunca pasaba, así que nos dijeron que estuviéramos preparados para el día siguiente. El resto del día estuve cabizbaja. ¿Cómo escapar de esta aguja temida? ¡Y encima en el hombro! Un montón de preguntas daban vuelta en mi cabeza y me mareaba de dolor antes de sentirlo.

 Y entonces, en el camino a casa me iluminé: “¡Me pintaré el brazo con un rotulador!” Así pensarán que me ha salido la reacción.

 Eufórica por haber resuelto mi problema, se lo conté a una compañera con la que volvía del cole.

Ella también pensó que era una idea genial y dijo que lo haría.

Al llegar a casa fui directo a mi habitación. Tomé el rotulador rosa, dibujé un círculo y luego lo difuminé para que pareciera una mancha rojiza.

Al día siguiente estaba nerviosa. ¿Y si me pillaban?

Llegaron las enfermeras.

Empezaron a revisar brazo por brazo.

Todos tenían la piel limpia.

Llegó mi turno. Mostré el brazo.

¡Se quedaron boquiabiertas!

Sacaron una regla, midieron, observaron.  Después sacaron una lupa miraban también con ella y sin ella. De la mitad de la clase que habían revisado, solo yo tenía reacción.

“Se ha agarrado.”, dijeron. “No te pondremos la vacuna”.

Suspiré aliviada y feliz.

Siguieron revisando. Nadie más.

La última fue mi compañera, la que también había decidido pintarse.

Apenas vieron su brazo y le gritaron:

“¿Qué, te has pintado? ¿Piensas que tan fácil nos puedes engañar? ¡No somos nuevas en esto!”

Y entonces ella se levantó y me señaló con el dedo:

“¡Ella también se pintó! ¡No se le ha agarrado!”

Caí en desgracia. Me descubrieron.

No me libre de la vacuna.

Tampoco recuerdo si me metieron la aguja hasta el final.  Tal vez ni miré. La imaginación del dolor era mucho más grande que el dolor que experimenté. Por eso dicen que los ojos del miedo son muy grandes.

Se armó un escándalo. Mi madre otra vez citada en el colegio. Creo que esta vez fue con el director.

Cuándo volvió a casa el sermón fue épico. Su mayor preocupación: la vergüenza que había pasado. Y la pregunta que la atormentaba: “¡¿¿Qué será un día de ti sí ya eres tan buena falsificadora??! ¡¿Te tendré que visitar en la cárcel algún día?!”

Al final no salió nada de mí. Nada de nada. en lugar de impulsarme hacia profesiones donde tenía talento, ella y el cuerpo docente me podaron como a tantos otros, hasta convertirme en otro engranaje más gracias al cual el sistema vive y prospera.

Al final mi castigo, o más bien bendición, fue dibujar un cartel grande para el colegio,  porque querían colgarlo para el Día del Libro. Me trajeron el dibujo de un enorme oso de un cuento, que sostenía un libro en sus manos, que debía reproducir. No tenía que inventarlo pero si observarlo y dibujarlo con mi mano, y lo más maravilloso ¡mientras duraban las clases!

Así es la vida: algunos ven el charco y piensan que es mar, otros ven el mar infinito, y yo, la que se solía ahogar en una gota de agua, ahora veo que el océano me llega hasta las rodillas.

 

 

 

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