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Una flor en el bolsillo

  • Foto del escritor: Nelson R.
    Nelson R.
  • 20 ene
  • 14 Min. de lectura

Actualizado: 13 may

Nadir permanecía en la plaza, bajo una magnolia que ya ni olía. Le daba igual; no estaba ahí por su aroma. Sólo quería observar a la gente sin acercarse a nadie. Los veía pasar, aunque su mirada vagaba lejos, sin anclarse a nada.

Últimamente todo el mundo le caía mal. Sobre todo esa gente que parecía tener una vida normal, estable, como si caminaran con un manual secreto que él nunca recibió.

Llevaba tres días sin comer. Tres. Su estómago ya no gruñía: se encogía. Era como si las paredes internas intentaran abrazarse para no desaparecer del todo. Cada respiración le dolía un poco; un pinchazo seco casi insultante.

Sus ojos se quedaron atrapados en un chico gordito que devoraba una hamburguesa enorme, brillante de grasa. El olor le llegó como una bofetada tibia. Sus oídos esperaron el gruñido habitual, ese sonido animal que siempre lo traicionaba, pero esta vez no salió. Sólo un vacío extraño, como si el hambre hubiera dejado de ser sensación para convertirse en… presencia. Una sombra dentro del cuerpo que lo consumía poco a poco.

El chico de la hamburguesa levantó la vista un segundo y sus miradas se cruzaron. Nadir sintió una rabia profunda al ver aquella expresión feliz, tan despreocupada. En su cabeza volvió la misma idea de siempre: que el mundo estaba en su contra, que todo lo que aparecía a su alrededor parecía diseñado para provocarlo, herirlo y empujarlo a ser alguien que no quería ser. Lo hacía sentirse acorralado y roto, incapaz de levantar cabeza sin que la rabia le temblara por dentro.

Después de ver aquella expresión tan despreocupada siseó sin pensar: — !Capullo!

Miró alrededor. Si no hubiera nadie cerca…si el chico se distrajera un segundo…si el universo tuviera piedad por una vez…podría robarle la hamburguesa. Y se la tragaría entera, casi sin masticar, sin vergüenza, como un buitre hambriento. Ya lo había hecho antes, pero con tanta gente alrededor no se atrevía. Tenía tanta hambre que hasta el papel grasiento le parecía un lujo. Aquello le provocó rabia. Y pena. Lástima por su vida cruel y sin tregua.

Ahora no tenía donde vivir. Dormía donde lo sorprendía la noche. Comía de la basura o, con suerte, de la caridad de alguien que le tiraba unas monedas.

Antes pertenecía a un grupo. Gente como él, desafortunada. Vivían bajo el puente que cruzaba un arroyuelo ya seco. Tenían colchones viejos y malolientes, pero al menos dormían cómodos. A veces asaltaban alguna casa o robaban a un turista borracho y solitario para poder comer, beber o drogarse, buscando escapar un rato de la realidad que los aplastaba.

Suspiró. Se pasó la mano por su cabello medio largo, sin cortar desde hacía tiempo. Ya no recordaba cuando fue la última vez que se duchó o afeitó. Los días se mezclaban entre sí sin forma, sin orden. No era consciente del tiempo que había pasado desde que abandonó su clan y sus supuestos amigos. Era mucho…¿pero cuánto? No sabía decirlo.

Se pelearon por dinero y él se llevó los golpes más duros porque había hecho lo más difícil y no aceptaba la parte que le querían dar. Le pareció injusto. Era un joven con una personalidad eléctrica, explosiva, incapaz de controlar sus emociones. Sabía que esto le arruinaba la vida, pero era así y lo había aceptado. No quería cambiar.

El chico de la hamburguesa ni siquiera lo oyó. Siguió comiendo, ajeno a todo, como si el mundo entero estuviera hecho para él y no para gente como Nadir.

Bajó la mirada. Sentía la rabia arderle en el pecho, pero también algo peor: esa sensación pegajosa de estar desapareciendo. Como si cada día fuera un poco menos persona y un poco más sombra.

Se pasó la lengua por los labios secos. El hambre ya no era dolor; era un zumbido constante, un recordatorio de que su cuerpo seguía ahí aunque él ya no quisiera habitarlo.

La plaza seguía llena. Demasiada gente. Demasiados ojos. Demasiadas vidas que no se parecían en nada a la suya.

De pronto un recuerdo lejano lo atravesó: el de niño desayunando en la cocina el sándwich que su madre le preparaba con un ColaCao caliente, protestando porque siempre era lo mismo. ¡Si pudiera volver a ese momento y desayunar con ella! No se quejaría jamás. Recordó también como ella intentó abrazarlo para darle un beso, pero él la rechazó con la misma frase de siempre: ”¡No me gustan los besos! ¡Déjame en paz!” Y ella se apartó sin decir nada. Pero Nadir era así; bruto, malhumorado, casi siempre a la defensiva.


Estaba sentado en el banco y las horas pasaban lentamente pesándole en el alma. Las nubecitas azul-rosadas se estiraban perezosas en el horizonte, y entrelazándose entre sí mientras se despedían del sol. Nadir era ciego a esa belleza, pero una pareja cercana las observaba encantada, señalando el cielo y jugando a buscar formas conocidas en aquellos bostezos de color lavanda que se formaban tras sus abrazos. Para él, sin embargo, el cielo solo era el techo de su miseria.

Nadir tenía la mirada clavada en un escarabajo pelotero que empujaba su bola de estiércol cuando escuchó una vocecita aguda saludarlo:

— ¡Hola!

El chico levantó la cabeza, sorprendido. Frente a él había una niña pequeña que lo observaba fijamente, sin parpadear.

Nadir no respondió, solo alzó las cejas.

— ¿Eres mudo?- preguntó ella.

— No – contestó, seco.

— Entonces eres un borde – dictaminó la niña, como si fuera lo más lógico del mundo.

— Como tú digas – murmuro él, mientras pensaba: “Ahora esta mocosa viene a molestarme…¿en serio? ¿Dónde está su madre para llevársela?”

Miró alrededor, incómodo, buscando alguna mujer que pudiera ser su madre.

La niña tendría unos cinco o seis años. Llevaba un chándal celeste de terciopelo con estrellitas blancas y parecía completamente ajena al mal humor de Nadir.

— ¿A quién esperas?- preguntó inclinando la cabeza como un pajarito curioso.

— A nadie. Ve con tu madre, seguro que te está buscando…

— No. Está hablando con su amiga. Cuando hablan, hablan mucho. Así que tengo tiempo para hacer lo que quiero – dio un paso hacia él, con una sonrisa traviesa. —¿Adivinas qué es?

— Volverme loco – gruñó Nadir.

La niña abrió los ojos como si él acabara de decir la mayor tontería del mundo.

— ¡Pero si ni te he hecho nada!, – protestó ofendida. —¿Me tienes miedo?

Nadir frunció el ceño, sorprendido.

— No.

— ¡Ah, menos mal! – proclamó ella, aliviada. —Porque si te doy miedo, entonces sí que no entiendo nada. Sólo estoy hablando.

Nadir resopló.

— Soy borde. No soy un buen ejemplo para ti.

Ella lo miro con una seriedad que no le pegaba a su edad. Se acercó un poquito más ladeando la cabeza.

— Tus ojos… – dijo despacio, buscando la palabra exacta. —Se parecen al cielo antes de la lluvia… entre azul y gris, pesados y húmedos.

Nadir parpadeó, desconcentrado. Le molestaba la niña pero más le molestaba sentirse visto.

— ¿Qué?

— Sí. – insistió ella convencida. — Cuando el cielo está así y el gris le gana al azul, mi mamá dice que es porque va a llover. Y tus ojos están en esa lucha…va ganando el gris. – concluyó la niña.

Él apartó la mirada, descolocado, como si ella hubiera tocado algo que no quería que nadie viera.

— No estoy triste.

— Yo también miento cuando tengo miedo... Pero tus ojos dicen otra cosa. – se encogió de hombros y le susurró: —Tal vez deberías escucharlos. ¡Los ojos nunca mienten!

— Los míos mienten – contestó Nadir.

—¡No hay manera! Cuando yo estoy triste me quedo quieta como tú, como si estuviera esperando a algo.

— ¡Yo no espero nada, ni a nadie!

La niña lo observo un momento, intentando descifrarlo.

— Bueno, pues vamos a empezar de nuevo – habló de pronto. —Me llamo Luz. ¿Y tú?

— Nadir – respondió él, resignado.

— ¡Encantada! – exclamó Luz, dando dos palmadas y saltando en el aire. —Tú nombre suena raro, pero no me disgusta.

— Significa sombra – explicó el chico.

— ¿De veras? – sus ojos se ensancharon con curiosidad. —¡Somos el equipo perfecto! Tú sombra y yo luz. – dio una vuelta riéndose.

Nadir no supo qué contestar. Le daba igual si a alguien le gustaba o no su nombre, era lo único que nunca había elegido. En ese instante, una mujer apareció corriendo y agarró a la niña del brazo.

— ¡Luz! ¡Me volví loca buscándote! No debes separarte de mí, ¡¿me oyes?!

La empezó a arrastrar hacia la cafetería. La niña protestaba mientras caminaban.

— ¡Te he dicho mil veces que no hables con desconocidos!

— ¡Pero él no es un desconocido, mamá! Yo le conozco. ¡Se llama Nadir!

Una sonrisa involuntaria se escapó del rostro del chico.

Luz forcejeó un poco más.

— ¡Mamá, déjame un segundo! Sólo un segundo, ¡¡por favor!! Quiero darle algo. Luego me quedaré quieta en la silla. ¡Lo prometo!

La mujer suspiró y la soltó. La niña corrió hacia un arbusto, arrancó una flor blanca y volvió donde estaba Nadir con la respiración entrecortada.

— Es para ti – se la ofreció con ambas manos. —Para que no estés triste. Guárdala. Y cuando te sientas solo, mírala y piensa que yo también estoy pensando en ti.

Nadir sintió algo aflojarse dentro del pecho. Sonrió sin querer, una sonrisa amplia que le iluminó la cara.

— Gracias, Luz. Lo haré.

— Ah, y que sepas que esa persona que estás esperando va a llegar.

— No espero a nadie. Te lo dije.

— Pues llegará igual. – respondió ella tajante y dio media vuelta para irse, pero se detuvo de golpe. Metió la mano en su bolsillo y sacó una piruleta.

— Y esto… – se la entregó con solemnidad infantil —es para que te endulces un poco la vida.

Soltó una carcajada y salió corriendo hacia su madre, mientras la risa de Nadir la seguía por detrás.

Luz desapareció entre la gente como si nunca hubiera estado allí. La risa de Nadir se apagó igual de rápido, borrándose de su rostro como si jamás hubiera existido. Sólo quedó la flor, ligera y gentil en su mano: un símbolo de la inocencia de aquella niña que había intentado arrancarlo de sus pensamientos oscuros y regalarle un instante cálido y genuino, algo que él llevaba años rechazando sin darse cuenta.

Sostuvo la flor entre los dedos y la observó por todos lados. La acercó a su rostro y la olió. Su aroma era débil, pero fresco, casi tímido. Por un momento, sólo uno, deseó que Luz no se hubiera ido. Esa ternura que ella traía…le hacía falta. Tanta falta que no quería admitirlo ni ante sí mismo.

Y entonces lo entendió. Recordó por qué no dejaba que nadie se le acercara.

Guardó la flor en el bolsillo interior de la sudadera, como si esconderla fuera la única forma de no romper lo que nunca supo sostener.

Aún tenía los dedos cerrados sobre la tela cuando notó una presencia observándolo. No hubo ruido sólo esa extraña sensación de que alguien lo miraba desde hacía rato.

— Nadir…¿eres tú? – preguntó una voz dudosa, casi incrédula.

Nadir se giró. Un hombre estaba a unos metros, apoyado junto a una farola. Lo observaba con el ceño fruncido, intentando encajar una pieza que no terminaba de cuadrar.

Era su tutor del instituto. Pero no como él lo recordaba. Estaba más cansado, más envejecido y mucho más sorprendido que él.

— No puede ser… – murmuró él hombre, dando un paso hacía adelante. —Han pasado tantos años… Al fin me alegro de verte.

“¿Alegrarse de verme? ¿Qué les pasa hoy a todos? ¿Y qué hace aquí mi antiguo profesor, a tantos kilómetros de nuestro pueblo…?”

De repente, en su cabeza resonó la voz de Luz: “Ah, y que sepas que esa persona que estás esperando va a llegar.”

Nadir parpadeó incómodo. Algo dentro de él se tensó.

¡Qué día más extraño! Ni feliz ni triste…simplemente extraordinario.

El tutor dio otro paso, acercándose aún más.

— No pensé que te vería aquí… –prosiguió. —Estoy aquí por trabajo. Pero verte… es un milagro. Tengo que hablar contigo.

Nadir tragó saliva. “¡Otro más que quiere hablar conmigo!”

No quería ser encontrado; por eso se había ido tan lejos, donde nadie lo conocía.

— No tenemos de qué hablar, profe. No quiero recordar el pasado.

— Es necesario, de veras. Tengo algo importante que decirte. – Le puso una mano en el hombro y lo miró con preocupación. —¿Cómo vives?

— Como puedo – contestó Nadir seco.

El hombre lo miro con una seriedad que no admitía evasivas.

— Te invito a cenar y así podremos hablar…


Nadir bajó la mirada. No quería hablar. Ni escuchar. No quería remover nada. Pero comer…comer era otra historia. Lo necesitaba con urgencia. El estómago le ardía de hambre y la idea de una comida caliente lo atravesó como un rayo. Tenía que aceptar la propuesta. Aguantar la conversación. Fingir que lo escuchaba.

— Está bien – murmuró al fin. —Pero sólo ceno y me voy. Y no acepto que me des lecciones de vida. ¿Hecho?

Alzó la mano hacía el tutor. Él asintió y se la estrechó, como si firmaran un contrato no escrito.

— Con eso basta – confirmó, aliviado.

Y empezaron a caminar hacia la luz de los locales abiertos, mientras la flor en el bolsillo de Nadir parecía latir contra su pecho, recordándole que ese día extraño, casi mágico, aún no había terminado.

Caminaron unos metros en silencio. El tutor lo observó de reojo.

— Sigues caminando igual – comentó, sin mirarlo. —Con prisa, pero sin saber hacia dónde.

Nadir bufó.

— No empiece, profe. Le dije que no quiero sermones.

— No es un sermón – aclaró el profesor tranquilo. —Es sólo… que me alegra verte vivo.

Nadir se detuvo un instante. No porque quisiera, sino porque la frase lo golpeó de lleno.

— No tiene por qué alegrarse. – soltó.

— Claro que sí – replicó el tutor, mirándolo por primera vez de frente.

No añadió nada más.

Siguieron caminando hasta un pequeño restaurante con una terraza de vigas de madera.

Entraron. Pidieron. La comida no tardó en llegar. Nadir se lanzó sobre el plato con una urgencia que no intentó ocultar. Comía deprisa, casi sin masticar. Llevaba demasiado tiempo sin poner algo tan rico y caliente en su estómago. El tutor lo observaba en silencio, mientras él mismo comía despacio el estofado.

Cuando el chico dejó los cubiertos y respiró hondo, su antiguo profesor se inclinó hacia adelante.

— Bien – habló con calma. —Ahora que has comido necesito contarte algo. No voy a rodeos. Es sobre tu familia.

— Ya no tengo familia. Gracias por la comida, se lo agradezco.

— Nadir… – empezó con voz baja. —No te levantes todavía.

El joven ya había movido la silla unos centímetros listo para largarse.

— Lo que voy a decirte no es para hacerte daño. – continuó. —Pero necesitas saberlo cuanto antes porque cada día que pasa puede ser demasiado tarde.

Nadir apretó la mandíbula. No quería escuchar. No quería saber nada de nada. Pero algo en los ojos del tutor, algo en su tono, esto mezcla de firmeza y cuidado lo obligó a quedarse quieto.

— Habla – dijo sin mirarlo.

El profesor apoyó las manos sobre la mesa entrelazando los dedos.

— Tu madre… – hizo una pausa breve, buscando la forma menos cruel. —Tienes que volver para verla…

Nadir alzó la cejas.

El hombre continuó:

— La vi hace unos días… está muy mal. Tiene un tumor en la cabeza… La operan la semana que viene. No se sabe qué pasará.

El joven tragó saliva y sus ojos se llenaron de dos lágrimas que se resistieron a caer.

— No puedo volver... – se recostó en la silla. —Le hice mucho daño. No me perdonará jamás. Sin mí está mejor. Mi hermana cuida de ella.

— Tú hermana… – la voz le tembló; no sabía cómo decírselo. —Ya no puede cuidar de ella, Nadir…

— ¿Por qué? – un nudo se formó en su garganta, presintiendo algo horrible.

El tutor cogió aire antes de seguir.

— Lamento decírtelo así, pero ya no está…

Nadir levantó la mirada tenso.

— Estaba en una fiesta y unos chicos la siguieron cuando salió… – le costaba hablar pero tenía que decírselo. —La acosaron. La golpearon… La dejaron inconsciente.


El estómago de Nadir se revolvió. Sintió que era capaz de vomitar todo lo había comido.

¡Gente como él! ¡Gente como él, habían matado a su hermana!

No lo podía creer. No quería creerlo. ¿Por qué había venido a cenar con el profesor? No saberlo habría sido más fácil.

— Estuvo cinco días en el hospital – añadió el hombre, con la voz rota. —Alcanzó a contarlo antes de morir.


El silencio cayó como un peso insoportable.

— Hace cinco meses de eso... El caso sigue abierto. No hay juicio todavía. No se ha demostrado nada…Pero su declaración está en el sumario.


Nadir apretó los puños, temblando. Las lágrimas brotaron de sus ojos ya grises, lo que quedaba de azul se había esfumado por completo.

— ¡Los mataré! – se levantó de golpe. La silla chirrió contra el suelo. Luego volvió a caer sentado y rompió a llorar como un niño. —Mi hermana…no puede ser. ¡Los mataré! ¡Lo prometo!

La frase ya no sonaba como una amenaza, sino a desesperación pura.

— ¿Y qué conseguirás con eso? – escuchó la voz del tutor serena pero firme. —Sé que te duele, es comprensible... pero aunque lo hicieras, no la vas a devolver. Tienes que volver para cuidar de tu madre. Está completamente sola, sin ganas de vivir.


Nadir levantó la cabeza. Tenía los ojos enrojecidos, la voz entrecortada, y el cuerpo entero le temblaba.

— ¡Me vengaré de ellos! – siseó con la voz quebrada. —¡Tienen que pagar por lo que hicieron!

En su voz no había furia, sólo un dolor que lo desbordaba.

El tutor espero unos segundos dejando que el chico respirara. Luego habló bajito:

— ¿Y qué conseguirás con eso.

— Tienen que pagar... – susurró sin fuerza.

— ¿Crees que tu madre estará contenta sabiendo que su hijo acabará en la cárcel por matar a alguien?... Perderías toda tu juventud, Nadir. Toda. Haz algo que sí tiene sentido. Cuida de la mujer que te dio la vida. Tal vez tu amor pueda salvarla. Y deja que la justicia haga su trabajo.

— ¡¿Justicia?! – soltó una risa amarga. —Eso no existe. ¡Todo es una farsa! ¿Sabes, cuántas veces me he escapado de la cárcel? – la rabia volvió a vibrarle en la garganta.


El tutor lo miro sin lastima, sino con una compresión tan honesta que a Nadir lo descolocó por completo. No estaba acostumbrado a que alguien lo viera sin juicio, sin esa distancia que siempre había sentido, y esa sinceridad le bajó todas las defensas.


— Es tu momento de cambiar. – prosiguió el tutor. —De ser alguien que nunca te atreviste a ser. De pedir perdón.

De empezar una vida nueva.


Nadir bajó la cabeza.

— Mi madre nunca me perdonará... –murmuró. —La trataba mal. Por eso me fui. Ella no se lo merecía. ¿Cómo voy a cuidar de ella si no puedo cuidar ni de mí?

El hombre apoyó una mano sobre la mesa y, con cuidado, puso la suya encima de la de Nadir.

— Es tu madre. Te va a perdonar. Las madres siempre perdonan. Todos tenemos derecho a una segunda oportunidad...dátela. Ella te necesita, ahora más que nunca.


El chico apretó los labios, luchando contra otro sollozo.

—¿De qué sirve disculparme si no puedo cambiar, profe?

— ¿No puedes... o no quieres? – preguntó sin juicio. —Hay una diferencia.

Nadir cerró los ojos agotado por tantas emociones.

— No lo entiende... Quiero cambiar, pero no puedo. Soy así. Huyo de lo bueno porque siento que no me lo merezco. Porque destrozo todo lo que toco.


El profesor respiró hondo.

— No te pido que seas un santo, pero sabes perfectamente lo que vas a perder si sigues en este camino. Mañana me voy de aquí. Si lo decides, puedo llevarte conmigo de vuelta a Cádiz. – escribió su número de teléfono en la servilleta que estaba sobre la mesa y la tendió. —Sólo llámame.

— No tengo teléfono – resopló Nadir.

— No pasa nada. Mañana, a las nueve, vendré a desayunar aquí antes de partir. Si apareces, nos iremos juntos. ¿De acuerdo?


Le ofreció la mano. Nadir la estrechó sin ganas, todavía confundido.

— Bueno... necesito descansar. Mi cabeza va a explotar. No puedo pensar ahora.

— Intenta descansar – dijo el profesor, sosteniéndole la mirada un segundo antes de soltar su mano.


Nadir salió del bar arrastrando los pies, sin saber si mañana tendría fuerzas para volver. No tenía respuestas, ni un plan, ni certezas. Pero mientras caminaba sintió una dirección posible. Por primera vez en mucho tiempo, tenía adónde ir.

Se acordó de la niña y de la flor. La apretó con cariño dentro del bolsillo. Estaba junto a su corazón. Sacó la piruleta que Luz le había dado para “endulzarle la vida”. Ahora sí la necesitaba con urgencia. Quitó el papel sin prisa, la observo con curiosidad y la metió entera en su boca. El azúcar se deshacía dejando su rastro dulce, y aunque la noche era fría y ventosa, y su mente proyectaba episodios de su pasado doloroso, la nostalgia lo invadió con una calma inesperada. Sacó la flor mientras andaba sin rumbo. Estaba ya un poco marchita, pero todavía desprendía su aroma gentil. La cara de la niña apareció de repente en su memoria y en sus labios se dibujó una imperceptible sonrisa.

A veces basta con una flor en el bolsillo para recordar que aún queda un camino.


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