Mathilde
- Nelson R.

- 4 jul 2024
- 58 min de lectura
Actualizado: 2 jun
1.
Me llamo Mathilde y pronto cumpliré ocho años. Estoy muy emocionada porque es posible que mamá me haga el mejor regalo para mi cumple: ¡una hermanita! ¡Será mi mejor amiga y prometo que la cuidaré mucho!, le prepararé la comida cuando crezca, le lavaré la ropa y jugaré con ella en mi tiempo libre. ¡La amaré un montón! Y si nace un niño, también seré feliz, aunque sinceramente prefiero que sea una niña.
Vivo con mis padres en una aldea cerca de la orilla del río Elba. Hay muchas aldeas pequeñas alrededor del río, todas llenas de vida. Las casas están hechas mayormente de madera con techo de paja. Los extensos campos y los bosques frondosos dan un toque único y hermoso a nuestra tierra. A lo largo del río, hay mercados en días específicos, donde muchos mercaderes llegan con sus barcos cargados de cosas interesantes para vender. Es en estos mercados donde se puede encontrar gente de diferentes pueblos y culturas, y se pueden comprar productos agrícolas, alimentos, artesanías y también anímales. Siempre hay muchísima gente y sucede algo interesante que recordar.
Nuestra casa no es grande, está hecha de madera y es estrecha y larga. El techo está hecho de paja y todos dormimos en la misma habitación. Mamá me enseña a cocinar, cultivar, coser la ropa rota y ayudarle con todo el trabajo que tiene, desde que se despierta en la madrugada hasta el anochecer. Pero lo que más me gusta es ir al río a hacer la colada. Allí nos encontramos con otras mujeres y sus hijos, y puedo jugar un rato con los niños. Es muy divertido, pero lamentablemente no vamos todos los días, tenemos bastante trabajo en el campo y en casa, sobre todo ahora.
Mi padre trabaja mucho, no sé a qué se dedica excepto al trabajo en el campo, pero vivimos bien. Aunque somos pobres, siempre hay comida en la mesa y no nos falta de nada… o hasta hace poco era así. Últimamente, parece que le está yendo mal, porque algunas noches nos quedamos solas con mamá y cenamos solo una rebanada de pan de centeno con un vaso de aguamiel, cerveza que ella hace en casa, o vino. Nadie bebe solo agua porque está sucia y nos enferma. Beberla pura es la manera más fácil de llegar al cementerio. Los adultos dicen que el cereal fermentado limpia el agua. La leche la dejamos para los bebés y los enfermos; el resto lo hacemos queso, que si no se echa a perder muy rápido.
Ahora mi padre está reuniendo dinero para pagar el alquiler de la casa y el terreno, que gracias a Dios se paga solo una vez al año. ¡Estoy segura de que pronto volveremos a comer bien, como antes!
A veces, voy al mercado a vender el queso, los huevos frescos y la verdura que cosechamos, para ayudar a mi padre con el pago del alquiler y las necesidades de la casa.
Hace no mucho tuve que ir al mercado para comprar algunas frutas que mamá me encargó. Al pasar frente a la taberna, vi a unos conocidos de mi padre que hablaban a gritos y se reían. Uno de ellos me llamó por mi nombre y, aunque yo no sabía el suyo, me acerqué con recelo. No me gusta estar cerca de esos sitios porque son muy sucios, frecuentemente se escuchan voces muy altas desde adentro y surgen peleas. Además, no está bien visto que una muchacha ronde un lugar así.
— ¡Oye, Mathilde! – vociferó aquel hombre. —¡Id a decirle a vuestro padre que me devuelva lo que me debe!
Le respondí que así lo haría. Entonces, uno de ellos, al que llamaban el Abogado, le dijo al primero:
— ¡Os lo devolverá Hans cuando deje de gastarlo en apuestas y mujeres! – y rio con sorna.
Yo me enfurecí al oír mencionar a mi padre de esa manera y sentí la necesidad de darle una bofetada, ¡si tan sólo fuera más grande! En lugar de eso, lo miré con desprecio y le respondí enfadada:
— ¡Mi padre es hombre de palabra y os pagará!
Los tres se rieron en mi cara y se burlaron de él de nuevo:
— ¡Era hombre de palabra! Pronto se va a quedar sin amigos, debe dinero a mucha gente... ¡Ahora es un desgraciado!
— ¡Malhaya vuestra boca! – contesté yo, y escupí en el suelo.
No tengo idea de por qué lo hice. Tal vez, fue por pura impotencia; quería escupirle en el rostro pero no me atreví.
Escuché al tercer hombre diciéndole al Abogado:
— ¡Dejadla!, es sólo una niña. No sabe nada... Bebed una cerveza y olvidaos del dinero ja, ja, ja…
Me alejé corriendo y me eché a llorar. Me sentí avergonzada. Puede que mi padre no fuera el mejor del mundo, ¡pero jamás un traposo sin palabra! Y en su vida sólo existía una mujer: mi madre.
Cuando volví a casa encontré a mamá en el establo, estaba ordeñando la vaca y, al verme triste, me preguntó la causa de mi pena. Se lo conté todo y su cara se quedó pálida. Me dijo que no hiciera caso de lo que hablan los demás y que mi padre es una persona honrada. Aquello me calmó, pero desde entonces mi madre se puso triste. Dejó de cantar cuando trabajaba y la escuché discutir con él esa misma noche. Era la primera vez que los oía discutir. Desde entonces, decidí no contarle nada malo para no hacerla sufrir.
Después de un tiempo, unos hombres que no conocía trajeron a mi padre borracho a casa, apoyado en sus hombros. No podía mantenerse de pie solo, pero estaba cantando felizmente. Poco después, cogió el burro que teníamos y lo llevó al mercado para venderlo. Así nos quedamos sólo con la mula... Dijo que tenemos que reducir los gastos, ya que nuestra familia iba a ser más grande: ¡un bebé venía de camino!
Me puse muy contenta con la noticia, pero me dolía por el burrito. Me miraba triste cuando me despedí de él, como si sintiera que nunca más volvería a casa. Lloré un poco, pero preferí centrarme en la buena noticia. ¡Me encantan los bebés y pronto vendrá uno a casa! Espero que esta vez no se muera como pasó con mi hermano. Vivió sólo unas semanas después de nacer. ¡Que descanse en paz!
A veces me pregunto por qué las estrellas brillan tanto en el cielo. Mamá dice que son como pequeñas luces que guían a las almas perdidas. Me gusta pensar que mi hermano está allí, y que ellas iluminan su camino para que no se pierda y no se sienta solo sin nosotros. Me encanta mirarlas y pensar que él está entre ellas, también mirando por mí.
2.
A medida que pasaban los días, mamá trabajaba cada vez menos por el peso del bebé, y el calor del verano la hacía sentir incómoda. Como siempre, mi padre trabajó más que nosotras. A veces soltaba alguna de sus bromas y nos hacía reír, pero la mayor parte del tiempo estaba malhumorado, callado y pensativo.
Cuando terminara la cosecha vendría por fin mi cumpleaños y con él ¡mi hermanita!
Mientras trabajaba soñaba con ello y me sentía muy feliz. Me imaginaba a la bebé, a mi madre sonriente, y a mi padre contento y feliz, como antes. Esperaba impaciente este gran cambio en mi vida, el cual empezaría justo el día de mi cumpleaños.
3.
Hoy es mi día más esperado, ¡el día de mi cumpleaños!
Me despierto muy temprano y encuentro a mamá caminando fuera, de un lado a otro. Al verme, intenta sonreír, aunque se le nota el esfuerzo. Se acerca, me da un abrazo y me dice bajito:
— ¡Felicidades, mi niña! ¡Que vuestro ángel de la guarda no os suelte nunca de la mano! – dice, y me da un beso en la frente.
— Amén, madre. Que así sea. – me acurruco en sus brazos, buscando su calor. —¿Vendrá pronto mi regalo?
Ella se toca la barriga, suspirando.
— No lo sé… Aún está ahí dentro muy tranquilo. Tal vez más tarde… o mañana. Solo Dios sabe cuándo querrá salir.
Me quedo un poco decepcionada, pero todavía quedan muchas horas por delante. ¡Quizá me dé la sorpresa antes de que anochezca!
— Voy a echar de comer a los animales. ¡Descanse, madre! – me alejo saltando, mientras comienzo a silbar una melodía que me acabo de inventar.
El aire está bastante fresco, pero voy descalza. Las hojas secas que el otoño ha pintado de un amarillo intenso crujen bajo mis pies y el sonido que hacen me recuerda a cuando jugaba al escondite con mi padre.
Me reía tanto que me faltaba el aire y me caía al suelo por las prisas de esconderme de él. Luego me levantaba rápido y seguía corriendo para que no me pillara, buscando un buen escondite. A veces, mi padre seguía buscándome, fingiendo no verme para que el juego durara más. Me percataba de ello, pero no quería que lo supiera, porque me encantaba aquel juego. Cuando estaba muy cerca de mí, yo contenía la respiración, pero a veces era tan divertido que no me aguantaba y soltaba la risa.
Entonces, él se giraba de golpe, como si acabara de verme, me sacaba del escondite riendo, me agarraba de la cintura y me tumbaba al suelo. Comenzábamos a luchar el uno con el otro, revolcándonos en la tierra y rodando como una enorme bola de nieve, atrapando todas las hojas encima de nosotros.
Una vez me escondí en el pajar. Esta vez no me vio y, aunque me tapaba la boca con las manos para que él no escuchara mis carcajadas, no tardó mucho en darse cuenta de dónde estaba. Se tiró al suelo como para descansar, pero su sonrisa me demostró que sabía dónde me había metido. Era el momento de salir y asustarlo, mientras él estaba de espaldas. Al salir del heno, toda cubierta de paja como un espantapájaros, salté encima de su espalda. Me agarró fuerte y empezamos a rodar por el suelo hasta chocar contra la pared del pozo, yo chillando, y él riéndose. Al ponernos de pie, vi que él estaba igual que yo, cubierto de paja y hojas. Otra vez, rompí a reír, porque ya éramos dos espantapájaros.
Ahora, mientras entro al establo, me imagino que así jugaré con mi hermanita cuando ella tenga la edad suficiente para hacerlo.
4.
Limpio el establo, doy un poco de heno a la vaca y a las dos cabras que nos quedan, y tiro algo de grano a las gallinas. Luego recojo un poco de hierba fresca y la reparto en los pesebres. Decido sacarlos fuera y abro las trancas para que puedan pastar un rato libres y estirar las patas.
Me quedo un rato con ellos, sentada en el suelo, observándolos. El gallo no es nada amigable, por eso siempre llevo un palo grande cuando entro en el corral, por si le da por atacarme.
Una vez, me asustó tanto que tiré el palo y salí corriendo a gritos. Se me subió a la cabeza y empezó a picarme; desde entonces no lo pierdo de vista. Aprendí a mirarlo a los ojos para demostrarle que no le tengo miedo.
Y ahora, estamos los dos aquí, mirándonos fijamente. Aunque está comiendo, me vigila de reojo. Yo sujeto fuerte mi arma y le muestro que la usaré si intenta asustarme o hacerme daño otra vez.
Paso un largo rato ahí; mi mente vaga entre recuerdos y sueños del futuro.
Al regresar a casa lentamente, escucho a los pájaros cantar. Cuando llego, me sorprende no ver a nadie en el jardín. ¿Dónde se han metido mis padres?
Entro en casa y veo una escena que me deja petrificada: mi madre está en el suelo. Mi padre está arrodillado a su lado, sollozando. Debajo de la cabeza de mamá veo un charquito de sangre. Las manos de él están manchadas y, al taparse el rostro con ellas, la sangre se le queda pegada a la piel, impregnando toda su cara…
Un grito desesperado sale de mi garganta. No puedo contenerlo. Mi padre se voltea. Su mirada se clava en mí. La siento como un cuchillo.
— ¿¿¿Qué ha pasado, padre??? – chillo, mientras me acerco.
Él no dice nada. Me abraza fuerte con sus manos empapadas de la sangre de mamá y rompe a llorar. Jamás he visto a un hombre llorar. No sé qué hacer, parece tan frágil... Siempre he pensado que los hombres nunca lloran.
Yo empiezo a llorar también. Le pregunto entre sollozos qué ha ocurrido, pero él no hace caso a mi pregunta, solo dice:
— Se fue con Dios, Mathilde… – y sigue llorando.
— Pero, ¿¿Por qué??...¿Y el bebé?
— También… Se los llevó a los dos.
— ¡Lo odio! – grito. —¡¡¿Qué han hecho ellos para merecer esto?!!
— Nada Mathilde, nada… Nos castiga a nosotros.
— ¿¿A nosotros?? ¿¿Qué hemos hecho, padre??
— Algo habremos hecho mal… – murmura.
Me acerco a mamá pensando qué habré hecho yo, mientras la observo con el corazón roto. Le acaricio el rostro con la mano temblorosa. Tiene los ojos muy abiertos. Un escalofrio me estremece. En ese momento, recuerdo haber oído que cuando alguien muere así, significa que quería vivir más. Rompo en llanto de nuevo. Con la palma de mi mano, le cierro los ojos.
— ¿Por qué hay sangre? ¿¿Qué le ha pasado?? – insisto, necesito una respuesta.
— Se cayó… – susurra mi padre. —Traed agua y limpiad la herida. Hay que prepararla.
Entre los dos lavamos el cuerpo de madrecita, limpiando el rastro de la sangre. Después la envolvemos en una sábana blanca y la colocamos sobre una tabla de madera, encima de dos taburetes, simulando un lecho.
Él se levanta a lavarse las manos y coge la jarra de cerveza. A partir de ese momento, no para de beber… Yo lloro sentada al lado de ella, y él, en un taburete de tres patas, bebe hundido en el silencio. Así pasamos el resto del día de mi cumpleaños y toda la noche.
A la mañana siguiente, me muevo del suelo. Estoy muy cansada, creo que no he dormido nada. Parece que mi padre tampoco. Voy a dar comida a los animales y sacarlos a pastar. Cuando vuelvo a casa, él no está. Regresa poco después y dice que mañana enterraremos a mamá. El llanto me invade de nuevo. Él se sirve una jarra de vino; se ve que la cerveza se ha terminado. Mi llanto constante lo empieza a irritar, y me grita con una voz áspera que no reconozco en él:
— ¡Callad ya!
Me sobresalto, no espero que se enfurezca tanto. Salgo sollozando; no puedo soportar más estar ahí.
En el jardín tenemos las últimas caléndulas del año. A mamá le gustaban mucho, por lo que las arranco. Regreso adentro y se las pongo sobre el pecho. Otra vez lloro, y mis lágrimas caen sobre las hermosas flores como si fueran el rocío de la mañana.
— ¡Callad de una vez! – grita mi padre, enojado conmigo. —¡La muerte no da marcha atrás! Por más que lloréis, no se levantará... Tenemos que encontrar soluciones – esto último lo dice bajito, como si hablara consigo mismo.
5.
Tras el funeral, mi padre lleva los animales al mercado para venderlos. Se me encoge el corazón. Los cambios que esperaba para mi cumpleaños no son los que imaginé, ni tampoco los que anhelaba. Siento miedo de Dios. ¿Qué más nos podría traer? No comprendo por qué nos castiga ni por qué nuestra vida tiene que cambiar de una manera tan abrupta y repentina. ¿¡Qué habremos hecho para merecerlo!?
¿De qué vamos a vivir? ¿Cómo lo haremos solo los dos? Mientras yo me hundo en mis pensamientos, mi padre vende todo lo que tenemos…
Cuando vuelve del mercado, llega acompañado de un hombre al que jamás he visto. A él le vende todas las gallinas… Cada acción suya despierta en mí un intenso temor. Él ya es diferente, sus ojos me evitan, están apagados. Dan la impresión de que se ha ido a un lugar muy, muy lejano al que yo no tengo acceso.
Al día siguiente, me entrega un baúl y me pide que ponga mi ropa dentro. Lo hago, llorando. ¿Qué piensa hacer ahora? ¿Le he decepcionado por ser tan llorona? ¿Qué piensa hacer conmigo? ¿¿Es que ya ha dejado de quererme?? No me comunica nada, y yo tengo pánico de preguntarle.
Mientras coloco la escasa vestimenta que tengo en el baúl, me viene a la memoria algo de hace tiempo; tal vez tenía cinco o seis años, no lo recuerdo bien. Robé un trozo de mazapán en el mercado. Tenía tantas ganas de probar ese dulce, que sólo los más favorecidos podían comer, que cuando se me presentó la oportunidad no lo pensé dos veces. La mujer que los vendía estaba despistada con la gente que la rodeaba, y yo sin que me viera, extendí la mano y cogí el trozo que estaba más cerca. Después, me alejé deprisa de su puesto y me lo metí en la boca. ¡Estaba riquísimo! ¡Aún recuerdo su sabor! Era excesivamente dulce, ¡un manjar exquisito que jamás había probado antes!
Contenía azúcar, enseguida me di cuenta de que no era miel. Aquella fue la primera vez que saboreé ese endulzante. El azúcar es un lujo exótico que sólo los señores mas ricos pueden pagar, pues se vende en la boticas a precio de oro. Nosotros utilizamos la miel o las frutas secas cuando se nos antoja algo dulce.
Colocando lentamente mi ropa en el baúl, siento vergüenza por lo que hice. ¿Será que por eso ahora Dios me está castigando? Y quién sabe, ¡¿cuánto más me va a castigar?! ¡Lo dijo mi padre!... Con la muerte de mamá, Dios nos castiga a los dos.
Rezo y le prometo al Señor que nunca más robaré. ¿Pero qué sentido tiene esto ahora, si mamá no está con nosotros y no podrá volver nunca más?... Y mi padre, ¿qué habrá hecho él? Me quedo pensando… ¿Será cierto lo que aquellos hombres dijeron de él?
Si Dios me otorgó un castigo tan duro por robar un mazapán, ¿¿qué castigo les espera a los que matan??
6.
Estoy al lado de mi padre en el carro del cual tira la pobre mula, hacia donde solo Dios sabe, y él, callado bebiendo vino. No hablamos. El silencio se puede cortar con un cuchillo, tan espeso y cruel lo siento. De repente, mi padre me pasa la jarra de barro de la cual está bebiendo, y me dice:
— ¿Queréis un sorbo?
No quiero, pero mi boca está seca y mi cuerpo tiembla de miedo. ¿A dónde me lleva sin decirme nada?
La cojo en silencio, bebo un trago y se la devuelvo. Hay más vino de lo usual. Me atraganto con la bebida y empiezo a toser. Él me da unos golpes en la espalda para que no me asfixie. Mis ojos se llenan de lágrimas por el esfuerzo, por el miedo que tengo…o tal vez por todo a la vez. Pone su mano en mi pierna y me da dos palmaditas:
— ¡No os preocupéis! Lo peor ya pasó…
— ¿A dónde me lleváis? – por fin cojo el coraje de preguntarle.
— A la casa de un amigo… Ahí viviréis mejor que conmigo. No puedo hacerme cargo de vos, ahora…
“¿¿Quéééé??” Siento que mi cabeza va a explotar. Estiro el brazo y le quito la jarra. Empiezo a beber rápidamente; unos cuantos tragos entran en mi garganta hasta que él me la quita.
— Esto es vino fuerte, ¡no os paséis, mujercita! – intenta bromear conmigo.
“¿¿Mujercita?? ¡Soy solo una niña!, confundida y rota. Incapaz de entender, ¿por qué mi vida cambia tan rápido?, y cómo es posible sentir tanto dolor por dentro, ni tampoco, ¿cómo puedo dejar de sentirlo?”
— ¡¡No me dejéis, padre!! – lloro desesperada — ¡¡¡Por favor!!! – le suplico con horror en mi voz. —¡Solo os tengo a vos! – me cubro la cara con las palmas de las manos y lloro amargada, decepcionada desde el fondo de mi alma.
— ¡Dejad de llorar! Veréis que ahí estaréis mejor… Trabajaréis para él. Viviréis en su casa… Él tiene dinero.
— ¡¡Quiero quedarme con vos, padre!! ¡Haré lo que me ordenéis! ¡Yo cuidaré de vos! ¡No lloraré nunca más, aunque me duela! ¡¡Os lo prometo, padre!! Solamente, ¡¡¡llevadme de vuelta a casa!!! – hablo rápido, mientras lloro. No sé si él me entiende, pero creo que sí.
— ¡No puedo, Mathilde! Será lo mejor para vos… Por cierto, ya casi llegamos…
Las piedras en el camino sacuden el carro y agitan mi mente y todos mis pensamientos a la vez. Mis ojos llenos de lágrimas me hacen ver todo borroso, como si estuviera nadando debajo del agua, manteniéndolos abiertos y sin poder respirar; asfixiándome y haciéndome cada vez más pequeña e insignificante. Solamente puedo ver manchas de color que se entremezclan entre sí. Un caos completo abraza mi ser y me hunde en las profundidades de mi pobre y destrozada alma. Siento que mi niñez se acaba de terminar de una manera inesperada y despiadada.
La mula tira del carro tranquilamente, acostumbrada a cargas más pesadas, y el largo camino de hoy le parece a un agradable paseo. La carretera de tierra y piedras se funde con una calle ancha empedrada, y todo alrededor cambia rápidamente. Aparecen grandes casas con una estructura de madera rellena de ladrillos o piedras. Están pegadas una a otra y su altura es impresionante, comparándola con la altura de la nuestra.
— ¡Secaos la cara! – escucho la voz de mi padre entre los zumbidos de mis oídos, que son tan fuertes que intento taparlos con las palmas de mis manos, pero no hay ningún resultado.
— Mi amigo nos espera ahí, delante de aquella casa… – y me la señala con un dedo. —¿Lo veis? Se llama señor Maassen.
No quiero mirarlo, no quiero bajar del carro y, menos aún, quedarme ahora y sin padre. Dios me quitó todo lo que tenía. Lo siento injusto. Toda la estabilidad y felicidad que tenía hace no mucho se está esfumando y no puedo hacer nada para devolverlas.
El señor Maassen está en la calle, supervisando con atención a dos hombres que sacan barricas de vino de la casa. Después de ver esta imagen, no recuerdo cómo llego al lado de aquel señor barrigudo y grande, casi calvo, con una cabeza enorme y ojos pequeñitos y hundidos en ella, de color azul. No sé por qué, pero los veo semejantes a los de un ave rapaz… No escucho su voz, aunque me habla algo y estira sus labios en un gesto parecido a una sonrisa; una sonrisa extraña, seca y forzada. Mi padre habla un poco con él, pero yo no soy capaz de entender ni oír sus palabras. Estoy en un bloqueo profundo. Recuerdo solo cuando papá se pone en cuclillas en frente a mí para poder estar a mi altura. Mete el pelo despeinado que llevo detrás de mis orejas, mientras las lágrimas brotan de mis ojos y empapan todo mi rostro, sin que salga ningún sonido de mi boca. Se parecían a esos aguaceros que empiezan de repente con un ímpetu que nadie puede parar. Pero esta lluvia es muda, sin ningún sonido, y pesada, como toneladas de palabras no dichas…
— Volveré a veros… Aquí estaréis bien. – susurra mi padre, y me da un beso en la frente.
Luego se levanta, recuperando toda su altura, y de inmediato extiende su mano derecha hacia mí. Con el corazón roto y temblando como una hoja durante la tormenta, me inclino para besar el dorso de sus dedos, entregándole el último gesto de obediencia que me corresponde como hija. El señor barrigudo nos mira en silencio sin inmutarse, sus ojos de cristal me atraviesan el alma y eso me abruma.
Dice adiós al señor Maassen, se aprietan las manos, mi padre se gira de espaldas y sube al carro, sin mirarme. Los hombres han subido ya tres barricas de vino, sin que yo me dé cuenta. Él levanta la mano para despedirse nuevamente y tira de las riendas de la mula, dándole la orden de andar. El señor Maassen le grita:
— ¡Cuidado con el vino, Jörg! ¡Este es bueno! No es como la porquería que estáis acostumbrado a beber. – y ríe.
No me gusta su broma. Esta pequeña burla que intenta enmascarar como una broma inofensiva, y la risa de alguien con prestigio. Los ricos ríen diferente… A partir de entonces empiezo a observarlos. No ríen con los ojos, con toda la cara como la gente feliz, sus risas son diferentes, secas, falsas, y muchas veces prepotentes. Y los pobres pensamos que no hay nada mejor que el dinero. ¡Menuda mentira!
Todo lo que creía saber sobre el mundo empieza a chocar contra la realidad desnuda y esto me está decepcionando muchísimo.
A partir de ahí, comienza mi gran calvario; aquel que nació en mi interior y que ahora arrasa con todo mi pobre ser, con mi mente frágil y confundida, con mi inocencia, con todo lo que creía que era. Intento razonar lo que pasa, lo que siento y no entiendo. Después de la muerte de madrecita, mi padre vendió todo lo que tenía, hasta lo último que le quedó: a mí.
7.
El señor Maassen me dio una habitación para mí sola. Me dijo que podría quedarme ahí unos días hasta que me recobrase. Luego, me llevaría a la habitación del personal de la casa, del cual formaría parte.
La habitación es pequeña y oscura. La cama está situada cerca de una pequeña ventana de cristales turbios, unidos por tiras de plomo que apenas dejan pasar la luz. Por primera vez veo una ventana semejante; me impresiona. Hay un armario de madera tallado con flores preciosas. Se encuentra al lado de la puerta y no es grande, pero para la ropa que tengo, es inmenso. También hay una pequeña arqueta de roble al lado de la cama. Los colores que predominan son oscuros. A decir verdad, es un lujo, pero a mí, ¡¿qué me importa este lujo, si estoy desecha?! Es cierto que antes solía soñar con ser rica y tener lujos a mi disposición… pero ahora este no me impresiona, me da absolutamente igual.
El resto del día lo paso llorando en la habitación. Me siento abandonada y huérfana. No comprendo cómo mi padre me pudo vender… ¡¡por tres barricas de vino!! ¡¿Tan poco valía yo para él?! Pienso que no me quiere, y tal vez, nunca me quiso... Se fue sin siquiera darme un abrazo. Quizá, ¿tenía miedo, de que yo no le dejara ir si lo hacía? ¡No quiero estar en esta casa con gente que no conozco! ¡Ni tampoco tengo ganas de conocer! Aún necesito a mis padres, y solo con ellos me siento a salvo.
Es de noche, viene la mujer que se encarga de la cocina a conocerme y traerme un cuenco de guisantes cocidos. Me dice que dejara de llorar porque el llanto no ha ayudado a nadie hasta ahora. Pero, ¿cómo le puedo explicar cómo me siento respecto a todo lo que pasó en tan poco tiempo, y más, si ella no siente lo mismo? No me entenderá… Yo misma aún no soy capaz de soportar todo el dolor que llevo por dentro.
Cuando ella se marcha, intento comer, pero mi estómago se ha encogido y no puedo. No tengo ni hambre ni sed, tampoco siento que estoy viva...
Durante horas rezo para que Dios me lleve con mi madre, pero parece que se hace el sordo ante mis plegarias, porque cuando me despierto por la mañana mi desilusión es enorme. Estoy respirando, puedo moverme… ¡Maldición sigo viva! ...En la misma habitación, más sola que un alma en el purgatorio. ¡No ha cambiado absolutamente nada!
Comienzo a culparme de que mi padre decidiera dejarme aquí. Si no estuviera tan llorona y no me aferrara a mis sentimientos, no me habría vendido... No se iba a enfadar conmigo, y ahora estaríamos los dos en nuestra casa, ¡aunque sin mamá!... Me siento tonta por no ser capaz de dominar mi corazón y dejar que el dolor me coma por dentro hasta desbordarme por todo lo que ha sucedido. ¿Tal vez, no me castiga Dios, sino yo misma?
8.
El segundo día, y aún no he comido nada… Me siento realmente mal. Lloro y pienso, y vuelvo a llorar… Tengo náuseas y estoy muy débil, pero sigo sin querer comer.
Esta mañana oigo a la encargada del personal doméstico, la cocinera, decirle al señor Maassen que el jardinero no está haciendo nada. Como es casi invierno y no tiene mucho trabajo, se pasea por el jardín o está chismorreando. Están justo al lado de mi ventana, así que se escucha bien. Él no le hace caso, solamente murmura:
— ¡Gracias, Helma! Ahora estoy ocupado con otras cosas… – y se va.
Helma entra en la casa y no tarda nada en llegar a mi habitación.
— ¿Hoy tampoco comerás, Mathilde?
Alzo los hombros porque no sé qué contestarle. Esta mujer no me da confianza; es fría y algo despótica, o por ahora yo la veo así. Únicamente sé que no me agrada… Ella entorna los ojos ligeramente, me coge de la mano y me arrastra con ella por el pasillo:
— ¡Vienes conmigo a la cocina! Te enseñaré cuál va a ser tu trabajo y conocerás a las otras empleadas: Ingel y Greta.
Me lleva a la cocina y me pone a pelar nabos. Una chica joven y guapa, con una trenza muy larga está lavando las escudillas en un armazón de madera con patas, en el que vierte agua con una jarra. En el interior se encentran los platos que luego la chica limpia cuidadosamente. Me quedo maravillada, porque nosotros en casa no teníamos un fregadero así y por primera vez veo uno.
— Esta es Greta – me la presenta Helma.
La chica se gira hacia mí y sonríe.
— Yo soy Mathilde – me presento también.
— Ya lo sé. – responde Greta y continúa con su trabajo.
— ¡Mira cómo lo hace, Mathilde! ¡Mañana te toca a ti! – me dice Helma. —¡Anda con cuidado con el cuchillo!, que viendo como lo sujetas te imagino sin algún dedo – se burla de mí riéndose, y Greta la acompaña sin mirarme.
En ese momento el señor Maassen entra:
— ¿Y esas risas? Me gustaría saber qué os hace tanta gracia y reírme también…
Entonces me ve pelando los nabos, con la cabeza gacha, y exclama dirigiéndose a mí:
— ¡Mathilde! ¿No quedamos en que os quedaríais unos días sola para recuperaros un poco?
— Aaah, yo … – No sé qué responderle, cuando Helma interrumpe mis balbuceos:
— ¡Si no se pone a trabajar no va a parar de llorar y lamentarse, señor! Le hago el favor de distraerla. Además, ¡hay bastante trabajo!
— ¿Hoy ha comido? – quiere saber el señor Maassen.
— No, aún no. ¡Cuando se canse de trabajar, comerá!, señor Maassen – concluye la cocinera.
— ¡Os dije que la dejarías tres días para adaptarse, Helma! – el señor no está muy contento. —¡Aquí pago yo, y las órdenes las doy yo también!
— Sí, señor – responde la jefa y agacha la cabeza.
— ¡Dejad los nabos, Mathilde, y comeos una sopa! Estáis muy pálida, necesitáis comer. – me ordena el señor con panza de barrica.
Mientras me levanto del banco, él se acerca a la puerta para salir. Luego, se gira hacia mí y me da su orden inapelable:
— Después, id al jardín para que os dé el aire un poco, ¡que parecéis un fantasma! – y cierra la puerta tras de sí.
Cuando sale, las empleadas comienzan a reír en voz baja, imitándole. Helma me muestra el cuchillo y luego se lleva un dedo a los labios, advirtiéndome con la mirada que si digo algo, me corta el cuello. Cojo un trozo de pan en la mano y salgo corriendo al jardín, mientras a mis espaldas las criadas estallan en crueles carcajadas.
9.
Hoy es mi último día en el cuarto de visitas, antes de bajar a la habitación del personal. No me hace ninguna ilusión bajar ahí; prefiero quedarme aquí, sola.
En mi cabeza aún ruedan pensamientos confusos y contradictorios. Siento mi corazón en muchísimos pedacitos sueltos que intentan unirse, pero una fuerza los separa a una distancia enorme, y ellos se pierden en el camino de vuelta. Me aferro como un náufrago a las últimas palabras de mi padre, que volverá a verme, y decido vivir con la esperanza de que un día vendrá por mí. De este modo, mi tristeza me provoca menos dolor, mi mente está engañada, y mi cuerpo decide sobrevivir a las penurias de una manera más liviana… Mi creencia en Dios se está desvaneciendo y, al perderla, me pierdo a mí misma en la nada, y no sé cómo salir de ahí. No sé quién soy ni qué hago aquí. Busco sentido en mi vida, pero no lo puedo hallar. Recuerdo que mi padre me decía que muchos sabios no creen en Dios y que hay diferentes religiones en el mundo. ¿Qué tanto estudian esos sabios para no creer en Dios? ¿Qué es la ciencia?
Mis padres eran creyentes, yo también lo fui… porque creo que ya no lo soy… No lo sé, estoy muy confusa. ¿Y por qué hay diferentes religiones, si Dios es único para todos? ¿Qué enseñan las otras religiones? ¿Cada una tiene un Dios diferente? …Entonces, si es así, ¿¿quién es el verdadero?? ¿O tal vez no existe ningún Dios? …Me hago tantas preguntas a las cuales no puedo responder, y me digo a mí misma que cuando mi padre vuelva, le preguntaré. Y deseo poder estudiar un día para tener una mirada más realista de todo lo que me rodea. Pero los pobres no podemos estudiar, y las mujeres menos, tenemos otras obligaciones… Me calmo, decidida a esperar por él porque lo veo como el único salvador de mi sufrimiento. Esta idea es como un bálsamo para mi alma quebrada, y con esto me basta.
La puerta de mi habitación se abre y entra Helma de prisa.
— Mathilde, ¡ponte un vestido hermoso y vamos con las chicas a la iglesia! ¡Y apresúrate para no perder la misa!
— No quiero ir – le respondo, encogiéndome en la cama y dándole la espalda —Me quedaré aquí…
Sus ojos se abren de par en par y grita indignada:
— ¡¿Es que no eres cristiana?! ¡Eres una hereje!
— No lo sé… – murmuro con temor —¿Qué es ser una hereje?
— ¿No eres creyente? – me hace la pregunta de otra forma, con el rostro desencajado.
— Lo era… pero ahora no estoy segura de serlo. Mi fe se está tambaleando ¡Estoy enfadada con Dios! ¿Por qué tengo que ir a su casa, si Él ya abandonó la mía?
Helma parece que se va a desmayar, como si le hubiera dado un latigazo en la cara.
— ¡No compartiré habitación con una hereje! – me sisea con malicia y repugnancia. —¡El señor Maassen lo tiene que saber ahora mismo! ¡Él es cristiano y no dejará que una pecadora traiga la ruina a esta casa y envenene nuestras almas!
Luego, sale corriendo por el pasillo en busca del señor Maassen.
Desde mi habitación, la escucho cómo le grita indignada a alguien en el corredor, quejándose de la terrible desdicha que está a punto de caerle encima por tener que compartir el cuarto conmigo.
— ¡Esto, no lo voy a dejar así! ¡Con esa pecadora no pienso dormir en la misma habitación! ¡¿Te imaginas?! ¡La hija del borracho es una hereje! ¡Solo eso faltaba!
Dentro de poco, vuelve acompañada por el señor Maassen, quien me mira fríamente, con sus ojos pequeñitos hundidos en su cara grande e hinchada. Me advierte con voz severa que si no voy a la iglesia, me enviará al campo con los jornaleros más miserables. Sé muy bien lo que eso significa. Los jornaleros no tienen casas ni tierras arrendadas como tenía mi familia, son los más desgraciados que viven en chabolas de barro, trabajando de sol a sol solo por un trozo de pan. Como ahora él es mi dueño, puede hacer conmigo lo que quiera. Suspiro, agacho la cabeza y obedezco al hombre que dice tener todo el poder sobre mí.
Tengo que fingir ser creyente porque ya no siento a Dios en mí. En realidad, no sé si alguna vez lo sentí; nunca lo cuestioné antes, simplemente era una creyente más, como mis padres. Pero ahora, estoy completamente segura de que Dios no está en mí, ni tampoco me cuida, ni me ama desde arriba, porque alguien que te ama no te hace sufrir así.
Vamos a misa. Helma contenta por haber conseguido lo que quiere, se muestra más agradable y sonriente.
10.
Hoy me mudo al cuarto grande en el sótano con Ingel, Greta y Helma. Es muy distinto de la habitación de arriba: no hay armario, es muy húmedo y tiene una pequeñísima ventana casi al techo y no tiene cristales, sino que está tapada con un trozo de cuero. Las mujeres no están muy contentas de que yo esté aquí, ni tampoco yo me ilusiono con vivir con ellas. Ingel es mucho más joven que Helma y se ocupa exclusivamente de la señora Maassen. Está a su disposición casi todo el día: le arregla el pelo, le aplica las pinturas de belleza, la masajea, y la rocía con perfumes y polvos para que huela bien. Me parece que los amos no se suelen bañar con frecuencia. Utilizan aromas caros para enmascaran la peste a sudor y a suciedad que desprenden. Los pobres tenemos mejor higiene que ellos. No entiendo cómo, teniendo tantas comodidades no se bañan más a menudo. Si los sirvientes hacen todo el trabajo de llenar la enorme bañera que tienen, lavarlos y hasta vestirlos, ¿por qué no lo hacen?…
En mi casa, usábamos una pequeña tina de madera para bañarnos: primero se bañaba mi padre, después mi madre y al final yo, utilizando la misma agua. Lo hacíamos una vez por semana o, cuando hacía frío, una vez cada dos semanas. El resto de los días, después del trabajo, nos lavábamos con una jarra de agua, limpiando las partes más sucias de nuestros cuerpos. Durante el invierno, colocábamos la tiña en la cocina, cerca de la chimenea, y cuando hacía buen tiempo íbamos a bañarnos en el río.
Yo jamás fui a un baño público; a mamá no le gustaban. La gran mayoría de la gente los usaba también para pasar el rato, y enterarse de los chismes; incluso algunos hacían negocios ahí. Mamá me decía también que había mujeres que vendían su cuerpo dentro y que los baños públicos propagaban enfermedades terribles como la peste negra, – por la cual murió su familia – o el mal francés, esa horrible enfermedad que te llena el cuerpo de llagas y te pudre la carne. Debido a cómo estas plagas afectaron a toda Europa y a los constantes sermones de los sacerdotes en la iglesia de que mostrar el cuerpo desnudo es un pecado ante los ojos de Dios, los baños públicos empezaron a cerrar uno tras otro. La desnudez en presencia de otros se convirtió en algo prohibido. Como mi madre era muy religiosa, nunca pusimos un pie en esos lugares.
11.
Aunque tengo trabajo durante todo el día, el tiempo pasa muy despacio. La imposibilidad de abandonar el pozo oscuro en el que me encuentro, anhelando el pasado e inculpando en ocasiones a mi padre, así como a mí misma, por el presente que me toca vivir, se convierte en un peso terrible que apenas puedo soportar.
No sé cuánto tiempo ha transcurrido desde mi llegada a esta casa, pueden ser unas semanas o apenas diez días, pero a mí me parecen siglos.
Me escondo en cuanto las lágrimas empiezan a brotar de mis ojos para que nadie me vea. Obedezco en todo lo que me ordenan y, cada vez más, pierdo la esperanza de volver a ver a mi padre.
Helma sigue chismeando con todos y sobre todos, mientras que delante de ellos se muestra como alguien en quien se puede confiar. Lo que más le gusta es cotillear sobre los señores Maassen. Supongo que gran parte de los secretos que conoce se los cuenta Ingel, ya que pasa el día entero junto a la señora y sabe más acerca de ellos. Me da la impresión de que la encargada también inventa parte de las historias para mantener entretenidos a sus espectadores; así disfrutan burlándose de otros en lugar de mirar sus propias miserias. De ese modo, la farsa es completa: se ríen a espaldas de los amos como si asistieran a una comedia de bufones.
Me parece que esa mujer no está satisfecha con su vida y por eso su único entretenimiento es juzgar y humillar a la gente. Necesita que los demás, especialmente los amos, piensen que no pueden pasar sin ella, y sabe muy bien cómo conseguirlo. A pesar de que se burla de ellos por detrás, delante de sus caras es otra persona: la criada más atenta, implicada y preocupada por su labor y por todos los que estamos a su alrededor. Pero es una farsante.
Ayer Ingel se quejó a Greta de que le había desaparecido dinero y, por supuesto, como soy la nueva, buscaron entre mis pertenencias. Incluso examinaron un buen rato mi jergón. Menos mal que no lo rajaron, porque si lo hubieran hecho toda la paja se habría dispersado por el cuarto y no habría podido meterla dentro otra vez. Hasta me desnudaron para ver si llevaba las monedas escondidas encima. Creo que mi cara de sorpresa y falta de temor les dio a entender que no fui yo, y me dejaron en paz. Pero las cosas de la encargada no las tocaron; le tienen mucho respeto, o más bien, miedo a lo que pueda contarle a los señores.
No estoy acostumbrada a estar rodeada de gente así y me siento tremendamente angustiada, detesto depender de su desconfianza para poder sobrevivir aquí. ¡¡No quiero estar en este lugar!!
Hoy, Greta e Ingel se preparan para una gran celebración con los señores. Por eso, llenan la tina y se asean a fondo. Luego Ingel ayuda a Greta a vestirse y embellecerse. Le coloca una túnica de manga larga y cuello bajo, con una abertura en la parte delantera. El escote está adornado con aplicaciones de una tela fina y transparente. La falda es de algodón de color amarillo muy chillón. Se ve muy pesada y comienza bajo su busto cayendo recta hasta el suelo y ajustándose a su cintura. ¡Está bellísima! Mientras limpio, no puedo apartar mis ojos de ella; ¡es hermosa!
A pesar de eso, veo a Greta nerviosa y malhumorada. Mientras se arregla los pliegues de la falda, murmura descontenta:
— ¡Odio esta falda amarilla! ¡Al menos si fuese de un color diferente!...
— ¡El color no tiene nada que ver! Lo que odias es lo que haces… No solo las prostitutas llevan amarillo, ¡cálmate! – replica Ingel, y se ocupa de su peinado, colocándole como toque final unas cintas rojas en el moño. —¡Piensa que es la única forma de ganarte unos cuantos groschen en la fiesta!
— Sí, en eso pienso… ¡para no vomitarle a alguien encima! – responde la chica con rabia. —Por lo menos, ¡tu falda es azul y no amarilla como la mía!
— Al principio, la mía también era amarilla. ¡Espérate, no llevas tantos años aquí como yo! Con el tiempo, las cosas cambian…
En aquel momento, entra Helma y me ordena dejar de limpiar el cuarto para ir a ayudarla con el guiso y la carne asada que prepara para la fiesta.
Al observar a las chicas arregladas, abre la boca con una sonrisa tan enorme que se parece a un sapo a punto de tragarse una mosca:
— ¡Qué guapas mis niñas! Estas fiestas no se celebran cada día, ¡divertíos mucho! – no sé si lo dice con ironía o si de verdad piensa lo que dice.
Greta pone los ojos en blanco al escucharla, pero como está de espaldas, la encargada no la ve. Yo salgo apresuradamente y me dirijo a la cocina.
La conversación que acabo de oír me causa escalofríos. En mi mente resuena la voz del señor Maassen cuando me dijo que él es mi dueño y puede hacer conmigo lo que quiera. Lo que me espera en esta casa me asusta cada vez más… Tal vez, ¿tendría que irme corriendo de aquí? Pero ¿cómo voy a hacerlo, si no tengo dinero, ni un caballo para huir de este lugar? Y si un día me encuentran, no quiero ni pensar qué ocurrirá conmigo. Pero quizá caminando, pudiera llegar a casa y convencer a mi padre de que no fue una buena idea venderme a esa gente perversa. ¿Me creerá? ¿Todavía vive en nuestra casa? Y, ¿cómo se encuentra ahora?
Estas son las preguntas que me hago una y otra vez durante el resto del día.
Por la noche, Helma me manda temprano a la cama porque mañana tendremos que limpiar todo después de la fiesta, que empezó con el almuerzo y todavía no ha terminado. Seguro que acabará de madrugada y tendré que levantarme muy temprano.
Doy vueltas en mi jergón sin poder conciliar el sueño debido al escándalo de los invitados. Cantan, gritan, rompen la vajilla, ríen a carcajadas… Todo ese alboroto retumba en el techo y me impide descansar.
Más tarde, unas horas, quizá, Greta regresa de la fiesta y baja al cuarto del sótano. Me hago la dormida para que no me regañe por estar despierta todavía. Tiene el pelo despeinado y está sollozando. Se desviste con rapidez y se acurruca en su jergón. La oigo llorar en voz baja. A ella también le resulta difícil dormir. Algo ha sucedido en esa fiesta y la chica está muy mal. Ingel no ha bajado todavía, se encuentra arriba con la gente.
Cuando Greta se duerme, yo aún sigo desvelada y decido ir a la cocina por un poco de agua porque tengo sed. Deseo no hallar a nadie ahí. Subiendo las escaleras, veo que la puerta está entreabierta y la luz tenue de un cirio de cera parpadea con rapidez haciendo temblar el aire. Me quedo en un estado de desconcierto, pensando si entrar o no, al escuchar la voz del señor Maassen, diciéndole a Helma:
— ¡La fiesta está espectacular! Tengo que hacer estas cosas con mayor frecuencia, que me estoy haciendo viejo, Helma, ja,ja,ja …
— Faltaría más, señor. Solo tenéis que avisarme y yo preparo todo lo necesario. Espero que a todos les haya gustado la comida… – busca elogios sutilmente. Ella sabe perfectamente que es una excelente cocinera, pero le encanta escucharlo a menudo y, sobre todo, de boca de los señores.
— ¡Oh, Helma, todos están encantados!... – Imaginé el semblante de la encargada con su sonrisa de sapo contento que pone cuando la alaban y se sale con la suya, aunque no la veo.
— ¡Gracias, señor! Estoy haciendo todo lo que puedo… ¡Vuestros deseos son órdenes para mí!
— Lo sé Helma. ¡Gracias por tu excelente labor!... – Se quedan unos instantes en silencio y el amo habla de nuevo: —¿Sabes?, escuché que Jörg ha muerto… El padre de Mathilde…
“¡¿¿Cómo que ha muerto??! ¡¡¡Mi padre!!!” Quiero gritar. Me tapo la boca con la mano para evitarlo. Otra parte de mí muere con solo escuchar la terrible noticia. Ya tenía la impresión de que en mi interior estaba todo muerto, pero resulta que hubo algo que aún vivía dentro: mi esperanza, que ahora termina de arrastrarse moribunda y, de un solo golpe deja de existir para siempre.
— ¿Vaya? ¿Y de qué murió? ¿De beber? – escucho la voz de Helma, burlándose de él. Suelta una risotada y añade: —Es pecado vender a tu hija, y más aún, por alcohol. ¡Se lo mereció!
No me lo podía creer. Me siento aplastada por la revelación. Tan sola, insignificante e innecesaria en un mundo cruel donde yo sobro.
El señor Maassen sigue hablando:
— ¡Le dije que tuviera cautela con el alcohol! No me hizo caso… O ¿tal vez quiso suicidarse? Por eso vendió a la niña por el vino… Se quedó tocado después de la muerte de su esposa. Encima, con todas las deudas que tenía…
— ¡Estoy convencida de que él mató a su mujer! – asegura Helma con tono de triunfo, como si hubiera descubierto un gran misterio. —¡La culpa lo mató! Por eso se suicidó.
— No lo sé… – contesta el señor Maassen —pero tampoco era mala persona, se dejó llevar por sus impulsos y perdió todo lo que obtuvo con tanto esfuerzo.
— ¡Fue él! ¡Os lo digo yo! – sentencia ella. — Ahora, ¿cómo se lo comunicamos a la pobre niña, señor? ¡Se me parte el corazón de solo pensarlo!...
Yo ya estoy furiosa, y más aún escuchando sus calumnias. No aguanto más y entro en la cocina gritando, dirigiéndome a ella:
— ¿¡¡Quién os da derecho a juzgar a mi padre!!?
Los dos se miran atónitos. El rostro de ella queda pálido al verse descubierta.
— ¡Mi padre no asesinó a mi madre! ¡Fue un accidente! ¡Él no es un delincuente! ¡Jamás le levantó la mano! ¡¿Cómo puedeís juzgar a alguien a quien ni siquiera conocéis?!
— ¡Por favor, Mathilde! – exclama ella mientras intenta abrazarme a la fuerza para quedar bien ante el amo.
Me aparto de su abrazo falso y estallo en llanto. Mi corazón late desbocado y tengo la impresión de que el cuarto gira a mí alrededor, cada vez más rápido, hasta que todo se vuelve negro y caigo al suelo.
12.
Cuando recupero la consciencia, me encuentro en mi jergón. A mi lado veo a Helma y al señor Maassen.
— ¡Toma un poco de leche! – Helma me acerca un tazón de barro.
— No quiero. ¡Quiero estar sola! – le respondo.
Ella sale del cuarto, pero el señor Maassen permanece en silencio en su lugar mientras me observa.
— ¡Lamento profundamente la pérdida de vuestro padre, Mathilde! Es sumamente difícil enteraros de esa manera…
— ¿Qué sabéis de él, señor? ¿Cómo ocurrió? – quiero escuchar todo lo que el señor Maassen sabe.
— No sé casi nada … – añade con voz contenida. —Los recaudadores pasaron por la renta y lo hallaron en el suelo, ya muerto. Sobre la mesa se encontraba una jarra con vino medio vacía. Junto a la jarra había una cajita de madera con el dinero exacto para el alquiler. El diezmo para la iglesia ya estaba pagado, no debía un solo groschen… – se rasca la barbilla y me mira con lástima.
Comienzo a llorar muy dolida. Me imagino a mi padre tirado en el suelo, en el mismo sitio donde falleció mi madre. ¡Ya soy huérfana de verdad! No es sólo una sensación como antes, cuando papá me vendió a este señor. Ahora es un hecho y duele mucho más.
— ¡Quiero verle! – suplico desesperadamente —¿Me lo permitís, señor? Necesito despedirme de él.
El amo aprieta los labios y me mira entristecido:
— Me temo que ya es tarde, Mathilde… Ha estado unos días muerto antes de que lo encontraran. Está en la tumba común… Sé que no es nada fácil para vos esta noticia… – hace una breve pausa y continúa: —Cuando hicimos el trato, vuestro padre ya no tenía nada. Desde que falleció vuestra madre, vendió todo para ir pagando lo que debía. Me pidió que pagara vuestros estudios algún día, a cambio de que pasarais a ser una jornalera perpetua en mi casa, a mi total servicio. Supongo que por eso cogió solo las barricas de vino cuando os entregó; ya había planeado su fin…
Un nudo de amargura me asfixia el pecho al oír aquello. Ya entiendo la frialdad de papá cuando me dejó aquí. Ese beso que me dio en la frente, sin un abrazo para retenerlo conmigo, fue su único gesto de ternura y su silenciosa despedida. Pero sus últimas palabras: “Volveré a veros.” eran la mentira más grande que le escuché decir, y todo era para tranquilizarme un poco…
El señor Maassen alza la mano para interrumpir mis lágrimas y sacarme de mis pensamientos.
— Sin embargo, no os entregó a la ligera – prosigue con su frialdad calculadora —Se negó a recibir una sola moneda de oro… – se frota la boca con la mano. —En su lugar, me hizo firmar un pacto: exigió que yo asumiera el coste de vuestros estudios cuando tuvierais la edad adecuada, a cambio de vuestro servicio. Os entregó a mí para salvaros de morir de hambre. Si deseáis estudiar, tendréis la posibilidad de hacerlo. Puedo conseguir vuestro propio maestro particular para instruiros en las artes y letras. No obstante, necesito que os lo penséis bien. Me va a costar mucho dinero y tendréis que ser muy obediente y disciplinada.
Asiento en silencio. Él también está pensativo, mirando las puntas ridículamente largas y afiladas de sus lujosos zapatos de cuero fino. De pronto, me siento en una trampa…
— ¿Ya no soy libre? – exclamo abrumada.
— Nunca lo habéis sido. – responde seco el hombre.
— ¡Sí! ¡Nosotros éramos siervos, no jornaleros! – insisto yo.
— Es casi lo mismo… – me contesta de inmediato el señor.
Luego, humedece sus labios con la punta de la lengua y vuelve a clavar la mirada en las puntas de sus zapatos, mientras apoya la barbilla en la mano e hinca su codo en la rodilla.
Me parece muy extraño cuando mi padre me dijo que este hombre era su amigo. Desde que estoy aquí, lo reflexiono y no me lo creo. ¿Cómo un siervo podría ser amigo de un burgués? Éramos de clases muy distintas: mi padre era un simple campesino y el señor Maassen es un banquero. ¿Tal vez, me lo dijo con el único fin de tranquilizarme?
— Ya os dejo descansar. – afirma el amo. Se incorpora y se da la vuelta para marcharse.
De todos modos, quiero asegurarme:
— ¿Podría haceros una pregunta, señor Maassen?
— Por supuesto. – le oigo decir.
— Vos y mi padre no erais amigos, ¿verdad?
Él se gira sorprendido, como queriendo decir: "¿cómo se os ocurre tal cosa?" Pero en vez de eso, me contesta con desdén:
— No, pero le conocía. En ocasiones fue mi cliente. Prestamos rápidos, ya sabéis…
— Me lo imaginaba. – suspiro.
“¡Un siervo y un banquero no pueden ser amigos! …¡No debí haberle preguntado! ¡Soy una estúpida!”, me recrimino en mi mente.
Camina tres pasos hasta llegar a la puerta y, justo antes de abandonar la habitación, se detiene y sentencia:
— Si mantenéis una conducta adecuada, ¡nos podremos entender muy eficazmente!… Y así conseguiréis lo que es importante para vos. – advierte, y se marcha lamiendo sus labios.
Mi corazón se estruja al escuchar esas palabras. Se clavan en mi mente como espinas y la terrible imagen de Greta se aviva con fuerza en mi cabeza.
13.
Apenas logro conciliar el sueño cuando Helma me despierta a sacudidas para limpiar después de la fiesta. ¡El salón está hecho un desastre! Tenemos que limpiar con mucha cautela para no despertar a los amos. El aire todavía apesta a vino, a cera y al hollín de la chimenea principal que aún suelta hilos de humo sobre unas brasas a punto de apagarse. Por el suelo hay esparcidos huesos roídos, trozos de pan grasiento, charcos de vino volcado y, aquí y allá, alguna prenda tirada. Incluso distingo las calzas y los paños menores de lino de algún hombre que se despojó de ellas en pleno frenesí.
Dos gatos se han colado en la sala y comen de los restos que quedan sobre la mesa. Unos cuantos ratones, asustados por nuestra llegada, comienzan a correr entre los platos y las fuentes de peltre. Ingel echa a los gatos a escobazos.
— ¡Largaos de aquí, sinvergüenzas! ¡A cazar ratones! ¿Para qué os tenemos aquí? ¡¡Vagos!!
Se me pasa por la cabeza que aquí los animales comen mejor que el personal. Helma me había advertido que nosotras podemos comer carne exclusivamente en Navidad y Pascua.
Del pastel de mazapán que preparamos ayer por la mañana solo quedan migas pegajosas de azúcar. Parece que les gustó a los invitados, y no me sorprende: ¡tenía una pinta! Me paso el dedo por la bandeja, recogiendo unas migas insignificantes que han quedado de él con el propósito de probarlo. La encargada frunce el ceño y me regaña:
— ¡No hay tiempo para comer! ¡Date prisa, que pronto sale el sol y la casa tiene que estar impecable!
Me chupo el dedo y empiezo a recoger los platos que quedan para bajarlos a la cocina, que está en la planta baja.
En mi segundo viaje bajando platos, encuentro a Ingel, a Greta y al jardinero escondidos en la penumbra de la cocina, devorando con ansia los restos de los huesos que habían dejado los gatos y los ratones arriba. “¡Por eso desaparecieron todos de repente y me quedé sola cargando con los platos!”, pienso.
— ¿Quieres un poco? – Abdul me ofrece un hueso de la pata del ganso.
— No, gracias. No tengo tiempo. Vos sabéis que queda mucho trabajo arriba. – respondo.
La tercera vez que bajo con las bandejas, veo a Greta sentada en un rincón junto al fogón, con los hombros hundidos y cabizbaja. Tiene el corpiño medio abierto mientras Helma le limpia con un paño húmedo los arañazos que le cruzan los hombros y el cuello. Se me eriza la piel al verla y me quedo inmóvil. La encargada, furiosa, le habla con violencia pero en susurros, cuidando de no despertar a los señores:
— ¡Bastante escándalo armaste anoche gritándole al invitado del señor Maassen! Te advertí que te callaras, pero encima se te ocurrió arañarlo… ¡¿Y qué ganaste?! Diez azotes en el patio trasero. Te he dicho mil veces que a los invitados no se les grita ni se les golpea, Si el caballero quiere diversión, se la tienes que dar. ¡Te callas y aguantas!
Greta sigue sollozando en silencio y sus hombros se sacuden por el llanto. Abdul sentado de espaldas a ellas, continúa royendo un hueso de ganso con las manos brillantes de grasa. Parece tan acostumbrado a esas escenas que ni siquiera levanta la vista; toda su atención sigue concentrada en la comida. Doy un paso atrás paralizada por lo que veo.
— ¡Tu orgullo nos va a costar la piel a todas! – Helma la sigue reprendiendo. —Ahora, en cuanto se despierten los señores, vas y te disculpas por los problemas que causaste anoche, ¿entendido?
Greta asiente con la cabeza con el pecho entrecortado en señal de conformidad.
— Ahora tómate esto de un trago – le ordena Helma, tendiéndole un cuenco que apesta a ruda. —Si no quieres que dentro de unos meses el señor te arroje a la calle con un bastardo en las entrañas.
Temblando, Greta se toma el brebaje hasta la última gota. Yo doy otro paso atrás, horrorizada sin mirar por dónde voy, hasta que tropiezo bruscamente con el banco. El impacto me asusta y las bandejas que llevo en las manos caen al suelo, produciendo un estrépito insoportable. Me pongo más pálida que la nieve, paralizada por el miedo. De pronto, todos clavan sus ojos en mí. Estoy segura de que tienen ganas de azotarme. Pero en ese instante Ingel aparece de la nada:
— ¡Levanta todo eso y lárgate al salón a limpiar! – me da un golpe en la cabeza con un trapo y me lanza una mirada asesina.
Recojo el desastre del suelo a toda prisa y subo corriendo las escaleras de regreso al salón.
Me siento muy mal, tengo el cuerpo cortado y presiento que me está subiendo la fiebre, pero ahora no debo parar ni pensar en mí. ¡Hay muchísimo trabajo por delante! Mientras ordeno el caos del salón, no logro sacar a mi padre de mi cabeza. Al recordar las palabras que escuché ayer de la boca del señor Maassen, he empezado a comprenderlo y, finalmente, lo he perdonado. También me he perdonado a mí misma; ahora sé que no me dejó aquí porque yo no parara de llorar, ni porque no me quisiera, sino porque simplemente no vio otra salida a sus desgracias. Estaba tan hundido tras la muerte de mamá que prefirió venderlo todo para pagar sus deudas y acabar con su vida. Luchar contra las dificultades y la incertidumbre que el destino escondía le resultó imposible. No quiso que yo lo viera morir, ni dejarme aún más desamparada. Si él no hubiera tomado esa terrible decisión, tal vez ahora mismo yo estaría a las puertas de alguna iglesia estirando la mano por una limosna. O peor aún, cualquier extraño me habría raptado para venderme a otro amo, quedando atada a él de por vida. Y ¿qué clase de labores me habrían obligado a hacer? Solo Dios lo sabe…
Mi padre quiso brindarme la mejor oportunidad de futuro que él alcanzó a imaginar, aunque no creo que yo esté dispuesta a pagar un precio tan alto a cambio de estudiar. Es demasiado caro… ¿Y qué me garantiza que si me quedo aquí, incluso renunciando a los estudios, no terminaré sufriendo el mismo destino que Greta durante las fiestas? ¿Qué me salvará a mí de acabar preñada y repudiada en una cuneta, si Maassen ya ha decidido que mi cuerpo también entra en el contrato?
Tras completar la limpieza y preparar el desayuno de los señores, le digo a Helma que me encuentro muy mal y necesito irme a la cama. Ella me toca la frente y exclama:
— ¡Estás ardiendo, niña! Ve a la cama y yo te prepararé una infusión de hierbas que te curará. Espero que no sea la peste, porque ¡caeremos todos! Te veo yo decaída, pero pensaba que era por la noticia que recibiste acerca de tu padre.
A mí ya me da igual, ¡si hay que morir se muere, y ya! Además, muy pocos llegan a la vejez …
Me dirijo hacia el sótano con el fin de poder meterme en mi jergón y descansar, cuando Helma me grita:
— ¡Antes de acostarte, reza un Padre Nuestro y diez Avemarías, ¡para echar al Satanás que te ha poseído!
Me volteo y la miro asombrada.
“¿Satanás? ¿¿A mí?? Me confunde con vos, ¿será?” Ahora sólo eso me falta: ¡que me quemen en la hoguera! Sin embargo, no me sorprende, ¡debido a las múltiples desgracias que ya han ocurrido!
— ¡Ve, ve, y hazme caso! El demonio persigue a tu familia. Y tú, ¡rápido traicionaste a Dios, negándote a Él! ¡Ve y reza! ¡Abre tu corazón a la divinidad!
Asiento y bajo a nuestro cuarto. Como siempre, huele a humedad, pero esta vez el ambiente me asfixia. Me siento al borde del jergón y rompo a llorar, pero bajito, para que nadie me escuche.
Aún me cuesta aceptar que mi padre también se ha ido de este mundo y que ahora me encuentro completamente sola. Lo único que puedo creer es que mis padres me miran desde arriba y, a veces, vendrán en mis sueños para que no me sienta tan sola. No entiendo, si de verdad existe un Dios que nos ama, ¿por qué permite que nos pasen tantas injusticias? ¿Por qué, si Dios perdona nuestros pecados, ha creado el infierno para torturarnos? ¿Habrá entonces gente en el cielo, si no hay nadie sin pecados? El Edén tiene que estar vacío… ¿Lo ha creado exclusivamente para sí mismo?
De pronto, oigo que alguien toca fuerte en la puerta y me sobresalto. El ruido me asusta y desvanece mis pensamientos.
— ¡¡Te dije que reces!! ¡No oigo nada! ¡Quiero escucharte desde la cocina!
Es Helma. Empiezo a rezar en voz alta; si no, no me dejará en paz. No tengo más remedio.
Me quedo dormida sin darme cuenta mientras rezo, acurrucada sobre el jergón de paja y la espalda apoyada contra la fría pared. Me despierto por culpa de un susurro, pero no tengo fuerzas para moverme; tengo el cuerpo entumecido y me cuesta abrir los ojos. En unos instantes, reconozco las voces de Helma e Ingel, hablando de mí.
— Esta niña nos va a causar solo desgracias, espero que no sobreviva. – es la voz de Helma.
— ¿Por qué decís esto? – inquiere Ingel.
— Está poseída. Satanás vive en ella.
— ¿Y cómo lo sabéis? Yo no veo nada extraño. – prosigue Ingel.
— Yo comprendo esas cuestiones, ¡créeme! Tenemos que liberarnos de ella.
— ¡Os estáis obsesionado con Mathilde, Helma! ¡Relajaos!
— No me crees, pero cuando surjan las desgracias, será demasiado tarde. – insiste la encargada.
— ¡Dejad de pensar en eso!... Tengo una buena noticia: mañana el señor Maassen se va de viaje y no tiene previsto regresar pronto, así que estaremos menos vigiladas.
— ¡Muy bien! ¿Y la señora no irá con él?
— No. Se quedará. – Ingel no se muestra contenta. —Debemos entretenerla con Greta, necesita carne fresca. Y sabéis, ¡qué mal huele! Entiendo por qué su esposo la evita, ¡pero no me gusta hacer su labor! ¡Menos mal que vos os ocupáis solo de la cocina! ¡Tenéis suerte, Helma!
— A mí me complace recordar tiempos memorables, pero ya no me quieren para eso. A los señores les agradan más jóvenes.
— ¡Yo ya estoy harta, Helma! No sé si no será preferible entrar en un convento. ¡Estoy harta de sus orgías! Y menos mal que son cristianos, si no, ¡no sé cómo iban a ser!…
Su sarcasmo es evidente, y las palabras que acabo de escuchar me hacen temblar de pavor.
14
Durante todo el día me hallo postrada en la cama ingiriendo hierbas, pero la fiebre no baja. No tengo idea de qué le pone Helma a sus mezclas, pero el brebaje tiene un color muy oscuro y un olor acre que me revuelve el estómago. Siento que sus remedios no buscan curarme, sino apagar mis fuerzas por completo. Aun así no puedo negarme porque se planta a mi lado vigilándome con una mirada fija y no se marcha hasta que no me trago la última gota. Cuando se va el laberinto en mi cabeza empeora; me mareo muchísimo cuando intento dar unos pasos, por eso vuelvo a acostarme y, aparte de dormir y divagar, no hago otra cosa. Tengo mucho frío y las tres mantas que tengo encima no logran calentarme.
En ocasiones, escucho las conversaciones de los criados cuando suben la voz, y siempre versan sobre los mismos temas. No entiendo, ¿cómo no se aburren de hablar constantemente de lo mismo?
Esta tarde, el eco de unas risas extrañas y el bullicio en la planta de arriba me sacan de mi letargo; por las voces, comprendo que han llegado unas amigas de la señora. No puedo verlas desde mi rincón, pero tengo la oportunidad de escuchar perfectamente a Helma darles la bienvenida. Charlan un poco en el vestíbulo y, de pronto, escucho:
— ¿La nueva?... ¡Es la hija de un borracho! Imagínense, mató a su mujer y vendió a su hija al señor Maassen por vino, para suicidarse después, de la manera más despreciable posible: ¡bebiendo!
Escucho un coro de jadeos y murmullos de indignación. Me sumerjo debajo de las mantas para no escuchar más sus infamias, porque me causan muchísimo daño.
¿Por qué Helma, no para de hablar de mí y de mi familia? ¡No aguanto estar aquí más! ¡Tengo que escapar! El fantasma del pasado siempre me perseguirá, sin importar que mi padre no fuera el culpable. Aunque yo tampoco vi lo que pasó, sé que él no la mató. No era capaz de hacer algo así. La gente adora sentirse importante relatando historias inventadas y culpando al prójimo, para así esconder ante los demás su propia falta de piedad y su alma corrompida. Pero yo creo que justo por eso ellos mismos se delatan y muestran quiénes son realmente.
Me gustaría dormirme y no despertar hasta que el mundo cambie por completo. Hasta que las mujeres dejen de ser tratadas como una simple mercancía y posean las riendas de sus propias vidas. Deseo despertar en un mundo nuevo en el que los pobres no sean esclavos de los ricos y puedan vivir con dignidad. Un mundo donde todos podamos llegar a la vejez para disfrutar de nuestros hijos y nietos.
Yo no conocí a mis abuelos. Los padres de mi padre se murieron de tuberculosis cuando yo era bebé, y los de mi madre fallecieron después de su boda, debido a la peste negra. Todos se encuentran en las fosas comunes, donde entierran a los enfermos contagiosos y la gente sin familiares.
Existen numerosos cuentos sobre los nachzehrer, que son los devoradores de cadáveres. Cuentan que algunos muertos se consumen a sí mismos en la tumba y se alimentan de la fuerza vital de sus parientes vivos. Surgían de muertes insólitas o inesperadas. La leyenda cuenta que alguien se convierte en nachzehrer si es el primero de la comunidad en morir durante una epidemia, por eso los primeros los entierran boca abajo. También nos producen mucho miedo los wiedergänger, los que “caminan de nuevo”. Se dice que estos cadáveres son capaces de salirse de la tumba para atormentar a sus comunidades. En wiedergänger se convierten los que sufrieron una muerte inesperada, como mamá, y habían dejado asuntos sin concluir aquí. Por eso, cuando vi a mamá muerta con los ojos abiertos, me asusté un montón y se los cerré, quería evitar que se convirtiera en una wiedergänger y deseaba que hallara la tranquilidad eterna. Pero sólo papá y yo sabíamos eso. Ante todo, Helma insiste en que somos malditos. Yo no veo el espíritu de mi madre. Hasta el momento no he soñado con ella ni siento su presencia conmigo. Pero la gente teme a las leyendas y a las cosas que no se pueden explicar; lo que no entendemos, nos da un pavor impresionante.
Tuve un hermano que falleció apenas con unas semanas de vida. Mi madre sufrió dos partos previos a él, pero los bebés nacieron ya muertos, y ella por poco se muere por las hemorragias que tuvo en los partos. Y ahora, justo cuando iba a dar a luz de nuevo, va y se me muere. ¡Mi pobre madrecita! Se necesitan remedios verdaderos y gente que sepa cómo salvar vidas, pero eso es algo que los pobres no podemos pagar; así que a la gran mayoría solo nos queda creer en cuentos. Lamentablemente, somos unos analfabetos, no sabemos leer ni escribir. Somos unos simples trabajadores y nadie nos toma en serio, ni siquiera nosotros mismos. Los nobles no nos protegen y el rey, aún menos. Nos utilizan únicamente para pagar alquileres e impuestos, para hacer ricos a los más ricos. Nuestra existencia es insignificante e insufrible. ¿Para qué vivir de esta manera?
Después de anochecer, temblando salgo al jardín. Necesito inhalar un poco de aire fresco. Mis mareos persisten y experimento una tremenda sensación de debilidad. Me siento en el suelo, debajo de un enorme nogal, tapada con mi manto. Mis dientes castañetean por el frío, pero necesito estar fuera de esa casa de locos. Miro a la luna y las estrellas y siento una paz increíble. Al cabo de un rato, uno de los gatos de los amos, viene a mí y se frota en mi pierna; quiere que lo acaricie. Lo hago. Comienza a ronronear contento. Me olvido del frío mientras lo acaricio. De improviso, escucho la voz de Abdul:
— ¡Mathilde! ¿Eres tú? – En la oscuridad no se ve casi nada, sólo sombras y contornos.
— Sí, soy yo. – susurro.
— Hace mucho frío. ¡Ve a la cama! – se acerca a mí.
— Ya iré. Quiero respirar un poco de aire. Abajo está muy húmedo, y me cuesta respirar.
— El frío te hará más daño, te pondrás peor.
— Ya da igual, Abdul. Si me muero, estarán tranquilas… Como piensan que estoy maldita, morirme será lo mejor para todos – murmuro —De todos modos, ¿para qué vivir?
— ¡No digas eso! Eres demasiado joven para no querer vivir.
— A veces, la vida misma no ofrece otra opción… Dios se ha olvidado de mí. Y todo perdió el sentido…
— Dios nunca se olvida de nosotros. ¿Dónde está tu fe en Él? – me pregunta sorprendido.
— ¿Vuestra fe nunca ha flaqueado, Abdul? – le pregunto en vez de responderle.
— ¡A mí jamás Dios me ha dejado solo! – contesta. —No he perdido mi fe en Allah, nunca.
— ¿Allah? – repito confundida… ¿Quién es Allah? ¿Acaso no sois cristiano?
— No. Soy musulmán, de la tierra de los turcos.
— ¿Turco?… – un escalofrío me recorre la espalda. En los sermones de la iglesia, el sacerdote siempre hablaba de los turcos sarracenos como monstruos infieles que quemaban las iglesias. —El cura dice que los de vuestra tierra sois siervos del demonio y vais al infierno. – lo suelto sin darme cuenta que mis palabras lo pueden ofender.
Su semblante se curva en una mueca que no puedo descifrar pero sé que dije algo que no debía e intento corregir mi error:
— Pero… vos sois bueno. Y vuestro Dios os escucha…¿Por qué el mío se ha olvidado de mí? –Mis ojos se empañan pero me esfuerzo para que las lágrimas no se derramen sobre mi rostro y él las vea.
El jardinero alza sus cejas pobladas y me lanza:
— Tal vez tú te olvidaste de Él…
— Él primero se olvidó de mí. – contesto dolida. —¿Por qué entonces hay diferentes religiones si Dios es uno para todos? ¿Y cómo sabéis que vuestro Dios es el verdadero? – Me resulta asombroso tener la ocasión de hablar con un creyente de otra religión aunque sea un sarraceno.
— Porque lo es. Vuestra Iglesia está corrupta… Vuestros sacerdotes piden monedas de oro a los hombres a cambio de perdonar sus pecados. Mi Dios no vende el perdón.
— ¡No! Jesucristo pagó por nuestros pecados con su sufrimiento y muerte – lo corrijo, recitando lo que había aprendido de los sermones aburridos.
— ¿Ves que vuestra religión no sirve? Se contradice. Si Jesús pagó por vuestros pecados, ¿por qué la iglesia cobra para que las almas de vuestros seres queridos salgan antes del Purgatorio? – me pregunta Abdul. —Los ricos pagan indulgencias para que alcancen más rápido una vida mejor.
— ¿Y por eso pueden matar sin castigo? ¿Porque pagan?… Entonces Dios es injusto, Abdul.
— Vuestra religión está mal… Al final, los pobres siempre pagamos – dice desilusionado el jardinero.
— Me queréis decir ¿que Dios escucha solo a los ricos? Y ¿cómo es posible que haya un Dios para vos y otro para mí? ¿Por qué todos los creyentes creen que solo el suyo es el verdadero?
— Porque son ignorantes. ¡Yo nunca he perdido la fe en nuestro Dios, sin importar las dificultades que encuentro en el camino! Y mi vida no ha sido nada fácil…
— ¿Cómo llegasteis aquí? – me pica la curiosidad, y mi miedo al sarraceno se va desvaneciendo poco a poco porque no lo veo como a un demonio, como decía el cura.
— Durante las guerras en la frontera con Turquía me capturaron, me castraron y los mercaderes venecianos me vendieron como eunuco en sus mercados.
— ¡Os cortaron! – Me tapo la boca con las manos intentando imaginar el dolor que supone esto. —¡Lo lamento mucho! – Me produce rabia e impotencia que los hombres puedan hacer esto con un semejante sin sentir remordimiento. “¿El dinero los vuelve ciegos y sin escrúpulos, o de por sí son así de miserables?” A pesar de la marca tan cruel que lleva en su cuerpo y alma, en sus ojos solo veo una quietud que me asombra.
—Abdul… ¿dónde están esos mercados? Yo nunca he visto uno… ¿De verdad existen mercados dónde se compran personas?
— Existen pequeña… – empieza con una voz suave y cansada. —En los grandes puertos en el Mediterráneo, como Venecia y Génova, y en las plazas de Oriente. Llegan barcos enormes con las bodegas llenas de hombres, mujeres y niños encadenados en la oscuridad, hambrientos y enfermos. Los bajan a golpes a las plazas como si fueran ganado. Luego los untan con aceite para que sus cuerpos brillen y los compradores los examinan. Les miran los dientes y los hacen caminar antes de pagar por ellos.
Un temblor me sacude entera y esta vez no es por el frío de la noche. El mundo es un lugar mucho mas grande, oscuro y cruel de lo que imaginaba.
— ¿Y vos nunca os enfadasteis con vuestro Dios por dejar que os hicieran eso? ¿No lo visteis injusto con vos?
— Mi destino está escrito por la mano de Allah. Solo él sabe qué es mejor para mí, y mi deber es obedecer y aceptarlo.
— ¿De qué manera algo así puede ser bueno para vos? – no comprendo su sumisión.
— Hay que aceptar lo que el cielo te manda, aunque lo veas injusto. La vida es injusta. Los pobres no tenemos derechos, solo espaldas para aguantar los golpes.
— Si todos aceptamos siempre las injusticias y Dios no hace nada para ayudarnos ¿no creéis que el mundo nunca va a cambiar?
Abdul se encoge de hombros.
— El mundo está en manos de Dios. Él decide y nosotros cumplimos.
— ¿Pensar así no nos quita la voluntad para cambiar las cosas?
— ¿Cómo puedes cambiar tú lo que ya está escrito? ¡Dime!... – me mira incrédulo. —¿Qué podrías haber hecho para evitar que tus padres murieran?
Me quedo callada. Sus palabras me caen como una piedra encima. No sé qué responder, ni qué pensar, pero todo mi ser se rebela contra su forma de ver la vida. Estoy demasiado confusa y no tengo apenas experiencia para poder aclararme la mente. Él es lo contrario a mí: acepta su destino sin dudar porque su fe lo sostiene. Tal vez por eso vive en una paz que yo no conozco, mientras que en mi cabeza solo quedan preguntas...
— ¡Vámonos a dormir, es muy tarde ya! – expresa el jardinero y me ayuda a levantarme del suelo.
Nos dirigimos hacia la casa sin hablar, cada uno atrapado en sus pensamientos.
15.
Al día siguiente, me encuentro mucho peor. Duermo casi todo el día. No tengo fuerzas para comer, ni hablar.
En un sueño, o mientras estoy medio dormida, no lo sé, escucho a Helma decirle a alguien:
— Su madre ha regresado como wiedergänger y ya ha venido a recogerlos, para vengarse. ¿Viste? En primer lugar a su esposo, y luego a su hija. Mathilde no vivirá mucho, se irá con su familia. ¡Qué lástima que el señor Maassen perdió tanto vino de calidad, por nada!
— Podremos llevarla al hospicio… – Creo que era la voz de Abdul.
— Sí, la llevaremos mañana. Así se morirá ahí, y no entre nosotros.
Durante la madrugada me despierto de un maravilloso sueño: me encuentro caminado en un hermoso prado, escuchando a los pájaros cantar. Siento una calma y felicidad por dentro, lo que no había experimentado durante un largo tiempo. Arranco flores de color lila, blancas y amarillas que hay entre la hierba y me hago una corona con ellas. El invierno se ha ido y el aire es cálido. Bailo y canto en libertad. El sol acaricia mi piel y me calienta.
De pronto, veo a mi padre, que me llama con señas para que me acerque. Voy hacia él corriendo. Lo abrazo y lloro de alegría. Él me dice arrepentido:
— ¡Perdonadme, Mathilde! ¡Por favor!… ¿Podréis perdonar mi cobardía por haberos abandonado?
— No tengo de qué perdonaros, padre. Hicisteis lo mejor que pudisteis.
Él sonríe contento, me toma de la mano y dice:
— ¡Vámonos! Vuestra madre nos aguarda… ¡No tengáis miedo!
Lo miro a los ojos, sonriendo.
— No tengo miedo, padre. Hace tiempo que esperaba este momento….
Y me despierto de inmediato… Al ver la habitación oscura, fría y húmeda me vuelvo a sentir mal. Todos duermen. Se escucha el silbido suave del ronquido de Helma. Parece que estoy mejor; han desaparecido mis constantes náuseas. Solamente la sensación de que estoy en una mazmorra no ha ido. Algo me ata aquí, pero no son cadenas que me impiden moverme. Es esa sensación densa y pegajosa que ha invadido todo mi ser.
Ahora estoy en el limbo. Entre la decisión de permanecer en la cama, o ir al encuentro de mi familia. Por dentro, siento fuerzas para seguir…
Y me pongo de pie. Cojo mi manto de puntillas y abandono aquella cárcel que me oprime. Salgo fuera sin hacer nada de ruido, palpando las paredes para no caerme en las tinieblas, pues un solo tropiezo me delataría y me obligarían a volver atrás. Cruzo apresuradamente el jardín y llego a la puerta principal. Abro despacio el enorme pestillo de hierro, para que no me escuchen y comienzo a correr. ¡Me siento libre y feliz! No me duele nada, por eso sigo corriendo hacia ese precioso prado, donde me esperan mis padres… Sólo la luna y las estrellas iluminan mi camino, abriendo grietas doradas en la oscuridad. Y por fin, no necesito nada más.
Epílogo
Me despierto con la sensación de haber buscado un prado verde que existe solo en mi imaginación, con olor a hierba y flores de primavera. Miro por la ventana a través de la persiana entornada; ni rastro de sol, solamente un gris deprimente. Me estiro en la cama, cuando de improviso, un ruido conocido llega a mis oídos: la lluvia empieza a caer con una furia repentina. Me fascina escucharla acurrucada debajo de la manta, pero hoy no tengo tiempo para eso.
Ayer me llamaron de un restaurante donde dejé mi currículum para hacer una prueba, y ahora me tengo que arreglar para ir. El tiempo está feo, nublado, triste… y, para colmo, esa lluvia fuerte, que es admirable solo desde la ventana, se ríe de mí. Soy nueva en este pueblo, no controlo bien las distancias y estimo que tardaré unos veinte minutos en llegar.
Salgo de casa y me dirijo hacia el restaurante. Cuando piso la calle, resulta que, aparte de la lluvia, también hay un viento considerable. No es tan fuerte como para arrastrarme, ¡pero para el paraguas es mortal!
Así que, comienzo a caminar apuntándolo hacia el frente como un escudo en dirección al viento; por una parte para protegerme a mí, y por otra para intentar mantenerlo entero. De todos modos, tengo que llegar más o menos seca y en condiciones aceptables para trabajar. El camino se convierte en una auténtica batalla contra un enemigo invisible.
El viento cambia de dirección a menudo y yo voy girando con el paraguas, tratando de que no se rompa. Pero no importan las vueltas y las piruetas que doy, intentando protegernos a los dos: no consigo mi propósito, y uno de los radios se quiebra… ¡y eso que todavía estoy a tres calles de casa! Me concentro aún más, y sigo el juego que el clima me propone. En la siguiente esquina se rompe otro radio y, sin querer, me meto de lleno en un charco. Mis zapatos se llenan de agua, los calcetines la absorben y se quedan más mojados que si salieran de la lavadora. Apenas voy por la tercera manzana y mis pies ya nadan dentro de los zapatos. ¡Ni quiero pensar cómo voy a llegar! Una calle más y el paraguas se voltea al revés y se retuerce. Su mango se dobla y yo, decepcionada de la basura china que he comprado, lo tiro en la primera papelera que encuentro. Como veo, ¡seca no voy a llegar! Miro la hora y alucino: ¡voy a tardar! Me apresuro y, con pasos largos, intento recuperar el tiempo perdido en la batalla. La lluvia me empapa el pelo, la cara y el pantalón, que ya lo tengo pegado a las piernas como una segunda piel. Pero ¿qué puedo hacer más que seguir? ¡Tengo que llegar lo antes posible! Chapoteo en unos cuantos charcos más sin querer y, por fin, alcanzo el sitio.
No sé qué pinta tengo, ¡menos mal que no puedo verme!
La terraza del restaurante está casi vacía. En una mesa veo al jefe. Nunca lo he visto en persona, solo hemos hablado por teléfono, pero sé que es él. Me acerco. Está sentado solo, tomando café, revisando unos currículums sobre la mesa. Le saludo preocupada, pidiéndole disculpas por el retraso. Eran solo cinco minutos, pero para el primer día ¡queda fatal!
— No pasa nada. – contesta él, y me invita a sentarme.
Me hace unas cuantas preguntas sobre mi trayectoria y me explica las condiciones del trabajo. Mi mirada se para en sus ojos; me parecen extrañamente familiares. Sé que lo veo por primera vez, porque aquí no conozco a nadie, pero me suena haberlo visto en algún lado. Se ve una persona educada y seria. ¡Genial!
Después de una corta conversación se levanta y me dice:
— ¡Vamos! Te enseño la barra.
Entramos al local y, junto a la puerta, está la barra: pequeñita, estrecha de unos metro y medio por ochenta centímetros. Tiene un aire casi medieval, aunque está hecha de aluminio. Las estanterías están llenas de copas y botellas hasta el borde. Nunca he visto una barra tan pequeña para un restaurante tan grande. Ya me imagino en pleno servicio y las comandas en una fila interminable llegando hasta el suelo, las copas volando solas desde los estantes. Cada vibración por exceso de energía podría provocar una tempestad aquí dentro. Suspiro. Me presenta a los compañeros y me deja con la compañera del otro turno para que me explique el funcionamiento.
• • • •
Es una mañana entretenida, con tropecientos cafés y pocos desayunos. Intento sacarlos rápido en esta barra asombrosamente pequeña e incómoda. Llevo trabajando apenas unos días, pero me parece que voy a poder lidiar con el trabajo. Hay un periódico que mi compañero ha cogido de alguna mesa donde un cliente lo olvidó, tirado en una esquina de la barra. Trabajamos en silencio cuando entra el jefe. Nos saluda y coge el periódico.
— 28/04/2022…Es de hoy. ¿Es tuyo?
Le miro sorprendida. ¡Ni en mis peores pesadillas se me ocurriría comprar el “Marca”!
— No. – le contesto.
Marcos me lanza el periódico diciendo:
— ¡A la basura! ¡No quiero nada de desorden aquí!
Lo tiro y prosigo con mi faena.
— Hazme un café, y baja cuando puedas. Ya ha llegado tu contrato.
Cuando logro desocuparme de la avalancha de cafés, bajo la escalera que lleva al salón inferior. Mi jefe está detrás de la barra grande, esa que no se utiliza para trabajar, porque a los camareros les resulta incómodo subir y bajar la escalera constantemente para atender la terraza. Cuando llego a su altura, me pasa el contrato y un bolígrafo para que firme.
— Cuatro horas por ahora, como hablamos, hasta que empiece la temporada, ¿te parece?
— Sí, está bien. La vejez ya no me perdona. – me río. – Ya no estoy para tanto trote. Para empezar, es perfecto. – sonrío de nuevo.
— He visto que naciste en mi mismo año. – dice Marcos riéndose.
— ¿De verdad? – Me parece una coincidencia de lo más graciosa. —¡Entonces, tenemos la misma vejez! – Me echo a reír.
Al jefe no le convence mi conclusión y protesta:
— ¡Vieja tú! ¡A mí no me metas! – suelta una carcajada. —¡Yo aún soy joven!
— ¿¿Joven?? ¡Pero si tenemos la misma edad! – le aclaro, divertida.
Desde el primer día me llama la atención su sentido del humor, cuando está de buenas. Le encanta reír y siempre suelta alguna broma, y esta vez tampoco desaprovecha la ocasión.
— ¡Nooo, la misma no! – se columpia en la silla donde está sentado y estalla en risas. –¡Me llevas cuatro meses! ¡Ja, ja, ja, ja, ja!
Yo no puedo contenerme y sigo riéndome con él:
— Bueeeno… Esta vez a mí me toca ser la mayor, ja, ja, ja…
Esta conversación me llevó de golpe al pasado. A la pequeña aldea a orillas del río Elba, cuando Marcos era mi padre Jörg. ¡Por eso sus ojos me resultaron tan inquietantemente familiares, desde el principio!
Al darme cuenta, de quién era él y quién era yo por una parte me quedé gélida. Por mi mente pasó el recuerdo y el dolor de mi antigua deserción y el dolor de haberme vendido al señor Maassen por tres barricas de vino. Pero, al verle reír sentí también una dicha inmensa: la oportunidad de poder pasar tiempo con mi antigua familia de nuevo y saber que estaban bien. No obstante, una pregunta me comenzó a torturar por dentro: ¿ahora qué se le ocurrirá hacer conmigo?
Pasaron unos cuantos años en los que me quede trabajando para él. Fueron años buenos, de complicidad y de compartir esa vejez de la que tanto nos reíamos. Durante ese tiempo volví a encontrarme con “mamá“ que en esta vida también era su esposa: siempre sonriente y con muy buen trato hacia todos. Pero yo en el fondo arrastraba el miedo de que el pasado se terminaría de repitir, y él me despediría cuando más lo necesitara. Porque los traumas simpre buscan la forma de regresar para ser sanados.
Y vaya si regresó. El escenario de la vieja cocina medieval se calcó de forma distinta en pleno siglo XXI. Resultó que entre el personal del restaurante operaba oculta “Helma“ – un error que, por desgracia, detecté demasiado tarde – junto a otros personajes de pasadas existencias con los que aún arrastrábamos cuentas pendientes.
Al principio, con ella teníamos una gran afinidad. Sin embargo, no tarde en hastiarme del veneno que sembraba a espaldas al resto. Por esto empecé a desviar sistemáticamente sus monólogos y quejas. Al verse privada de una cómplice digna para su pasatiempo favorito, “Helma” cambió de estrategia: comenzó a tergiversar mis palabras ante el jefe para predisponerlo en mi contra. Tras marcar las distancias, orquestó una auténtica guerra psicológica subterránea. No había cambiado un ápice desde nuestro último encuentro seis siglos atrás. Pronto reclutó a otros aliados devotos a esa práctica de diseccionar vidas ajenas que, en parte, ellos mismos inventaban; les fascinaba devorar a los ausentes con la misma crueldad con la que antes se quemaba a alguien en la hoguera por pura diversión. Adoraba las intrigas y, si el entorno estaba en calma, ella se encargaba de crear el caos. Era inevitable que tarde o temprano yo ocuparía el centro de su diana. Mis sospechas eran solo intuición por algunas incoherencias sutiles que veía en su comportamiento, pero aún me faltaban las pruebas contundentes…
La tormenta estalló un día, cuando Marcos llegó al restaurante visiblemente alterado, amenazando que planeaba prescindir de personal. Condicionada por la hostilidad que percibía a mi alrededor, y por el recuerdo de nuestro último encuentro en el pasado – cuando me vendió por tres barricas de vino, – asumí que el veredicto iba a dirigido a mí. Le respondí directamente que me despidiera. Pero antes de marcharse, se me acercó y me lanzó una advertencia fulminante: que vigilara en quién depositaba mi confianza. En ese instante, las piezas encajaron con una certeza absoluta. Quise confrontar a “Helma“ para aclarar la situación, pero su cobardía ganó la partida y, sabiendo lo que había tejido, se negó.
Acudí a Marcos para comunicarle mi renuncia. Su reacción echo por tierra todas mis expectativas: con una templanza inesperada intentó apaciguarme, argumentando que ese tipo de dinámicas eran algo normal en cualquier empresa.
— De aquí no te vas. – sentenció con firmeza. —Si alguien viene a decirte algo personalmente, vienes y me lo cuentas a mí directamente. Yo me encargaré con el asunto.
Durante unos días me dediqué a sopesar mis opciones. Marcos insistía en retenerme, ofreciéndome flexibilidad de horarios y alternativas para asegurar mi permanencia. No obstante, dentro de mí el ciclo del aprendizaje y la repetición del pasado habían bajado el telón. De nuevo la lealtad ancestral se impuso sobre las calumnias por ambas partes: la mía hacia él, así como la suya hacia mí. Quien aprende la lección avanza; quien la ignora, queda condenado a repetir los patrones del pasado. Fue durante ese aislamiento reflexivo cuando comencé a reconstruir, fragmento por fragmento los detalles de nuestro último reencuentro en los tiempos del Sacro Imperio Romano Germánico y su silencioso sacrificio, aquel que yo no supe entender hasta después de su muerte. Al fin tuve la certeza absoluta: en aquella época él tenía tomada la decisión de suicidarse antes de venderme a los Maassen, haciéndolo solo para no dejarme en la absoluta miseria tras su partida. Con lo que ocurrió en esta vida me demostró a tiempo que su transacción entonces no fue por desprecio, sino por garantizar mi sustento. Mientras que yo, por mi parte, correspondí al pacto cerrando los oídos a los juicios que escuchaba sobre su vida privada. Aunque, por cierto, estuve a punto de contarle todo lo que andaban difamando a sus espaldas y menos mal que no lo hice. De todas formas, cada uno pagará las consecuencias cuando llegue su momento.
Siglos después, el universo nos ponía ante la misma encrucijada y bajo intrigas parecidas para ofrecerle la oportunidad de tenderme la mano a tiempo.
Los lazos más profundos logran burlar las barreras del tiempo y el espacio, encontrándose en las circunstancias más inesperadas. El destino nos volvió a unir para sanar el daño desde otra perspectiva y recordar los tiempos antiguos de una forma diferente, otorgándonos, por fin, la oportunidad de reescribir nuestros destinos.
Aquí me permito citar las palabras de mi libro Cuando mi Yo Vasta alzó la voz: ¿Te atreves a sabotear el futuro programado?
“Del cielo no nos caerá nada más que la lluvia si no ponemos límites y no nos ocupamos únicamente de la responsabilidad que nos toca. No hay milagros. No existe la justicia divina. Ella no es automática; requiere de un testigo consciente. Si no vemos el daño, la cuenta no se emite. Por eso, ¡despertar no es un lujo, es el único acto de justicia real que existe! El malvado solo prospera en el vacío de nuestra ignorancia. Cuando vemos la verdad detrás del velo del engaño con una mirada limpia, somos capaces de activar la justicia. Recordad: el odio nos ata al culpable y nos hace pagar a nosotros, pero la mirada limpia lo expone y corta la energía.”




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