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Seis días y una revelación

  • Foto del escritor: Nelson R.
    Nelson R.
  • 3 ago 2025
  • 2 min de lectura

Actualizado: 14 jun

Día uno

No sé si fue un sueño

una señal,

o el balbuceo de algo

que aún no entiendo.

Alguien dejó una vela encendida

entre las líneas de un texto olvidado,

titilando en este fondo

impersonal y conservador,

entre el blanco que exige orden

y el negro que calla.

¿La han dejado para mí?

¿Y si la apago?

Desde entonces, algo se movió.

No sé dónde exactamente,

solo sé que lo sentí.

A partir de ese día

todo parece distinto...

Día dos

No sé si estoy esperando algo,

o si ya pasó sin que lo viera.

La incertidumbre me acompaña

como una sombra que no decide

si quedarse o marcharse.

Y yo, en medio de todo,

intentando descifrar

está jugada del destino.

¿Qué intenta decirme?

Día tres

Hoy no hay respuestas.

Solo el eco de lo que fue,

y el silencio de lo que aún no llega.

Me siento en la orilla de la noche

alumbrada por la luna creciente,

sosteniendo la espera de lo no imaginado.

No hay señales. No hay certezas.

Pero estoy aquí,

en la cúspide de un desierto de chatarra,

donde ni el viento se atreve a respirar.

Desde lejos

el horizonte dibuja un paraíso.

La belleza

desde la distancia se vuelve un cuento.

Y desde la cercanía un hierro oxidado.

Día cuatro

No sé si fue la vela,

o el baile de su sombra.

Pero algo comenzó a murmurar

desde un rincón que no recordaba.

No tiene forma,

ni voz,

ni intención.

Solo está ahí,

como si siempre hubiera estado.

El aire sigue pesado y el sol ahogado.

Las palabras se vuelven esquivas.

Y yo, sin saber qué busco

empiezo a seguir lo que no se deja seguir.

Día cinco

El día no empezó,

se mantuvo la noche

dejando huellas profundas

en los susurros de las caracolas

que cantan las canciones del océano.

Y las gotas, trenzadas en olas, habitan

su propio mundo ciego;

Ignorando que la mar es mar

solo porque danzan juntas.

El cielo tiene un color que no existe,

y los sonidos ya vienen pensados

antes de sonar.

Camino sin rumbo,

pero cada paso me parece escrito

en una lengua que no conozco

pero que, sin embargo,

entiendo a la perfección.

Todo habla a mi alrededor,

pero no dice nada.

Y yo, sin preguntar,

empiezo a escuchar.

Día seis

No sé si llegué,

o sí el camino me sigue andando.

Hay una quietud distinta,

como si el mundo respirara

de otra manera y lo puedo escuchar.

No hay señales,

solo paz.

En mis manos aparece una jaula,

pero sin barrotes

y en el suelo dos pájaros

que han olvidado volar.

Siento la cercanía

de algo que no tiene forma,

ni nombre,

ni edad.

Tal vez sea el principio.

Quizás ya pasó.


O probablemente nunca fue...

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