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Déjà vu

  • Foto del escritor: Nelson R.
    Nelson R.
  • 20 feb 2021
  • 77 min de lectura

Actualizado: hace 2 días




1.

El cielo estaba cargado de nubes oscuras, a punto de romperse. El sol, tan lejos y oculto detrás de aquel manto gris, sólo dejaba ver su infortunado reflejo.

Era el otoño de 1957. Lamar, Colorado, venía a soportar el verano más sofocante que se recordaba, pero la estación aunque tardía, terminó por irrumpir con un brusco escalofrío.


La lluvia comenzó su suave melodía, golpeando tristemente el alféizar de la ventana. En poco tiempo, su fuerza aumentó hasta convertirse en un torrente que tallaba los cristales y los tejados, empapando a los transeúntes que corrían desesperados en busca de refugio. La música que producía era mágica y dulce. Una sinfonía relajante e irrepetible, capaz de purificar y dar vida. El aguacero sepultó el jardín por completo, rompiendo el sopor de su sueño con un estruendo repentino.

Claudia estaba sentada en su sillón, inmóvil, como solía estar habitualmente, mirando a través del cristal en la habitación casi oscura, sumida en un ensimismamiento profundo.

Era de mañana, pero una mañana enajenada, gris y fría. El cielo lloraba sin consuelo. Se parecía tanto a ella; no aguantaba más la pena acumulada y la soltaba.

Se concentró en el golpeteo de las gotas; su sonido la tranquilizaba. Al contemplar el jardín, lo notó renovado, más limpio. El pino lucía erguido, casi feliz; llevaba demasiado tiempo esperando ese baño tras la sequía del verano. En cambio, el resto del paisaje parecía atrapado en un silencio nebuloso; ni los pájaros se escuchaban. La vida a su alrededor parecía haberse detenido.

Claudia estiró la mano para tocar el cristal frío donde impactaban las gotas. Dos lágrimas rodaron por sus mejillas y no se molestó en secarlas. Estaba demasiado acostumbrada a esas emociones que, después de tantos años, aún no sabía controlar. Su mente era un monstruo que la consumía poco a poco, y ella era incapaz de detener esta fábrica destructiva que producía el averno en que llevaba atrapada un par de décadas.

Pero hoy se prometió que sería diferente... Se juró pensar sólo en los momentos bonitos, en los días en que fue feliz.

Los recuerdos le dolían. Las heridas del pasado seguían abiertas, demostrándole que el tiempo, por si solo, no cura nada. En realidad, Claudia ya se había dado cuenta de que la cura, habita dentro de uno mismo, pero ella no la encontró.


El susurro de la lluvia la arrastró muy atrás en el tiempo, cuando era una niña pequeña y dichosa en las ruidosas calles de Nueva York. Una época inocente y luminosa, donde el mundo aún parecía un lugar seguro y la belleza no amenazaba con desaparecer. Allí, con la llegada del otoño, el manto de agua limpiaba el aire de aquella ciudad sumergida en polvo que dormía en un letargo ajeno.


Ella esquivaba los charcos entre pequeños saltos, apresurándose por sostener el ritmo. Imponente y a veces distante a sus ojos de niña, su padre caminaba con un paso firme que a ella le costaba alcanzar. Le aterraba decepcionarlo, y la puntualidad de sus clases de ballet no admitía retrasos.

Aquella tarde era una rara excepción. Él trabajaba demasiado y pocas veces disponía de tiempo para acompañarla, así que Claudia atesoraba cada segundo a su lado con un fervor casi sagrado. En una casa compartida con dos hermanos más, la atención de su padre era un privilegio escaso. Ella lo adoraba por encima de todo. En la inocencia de esos años su corazón aún estaba abierto al mundo, pero él ocupaba el pedestal absoluto. Sentía que sólo él la comprendía verdaderamente.

Entre ellos existía un pacto secreto, un plano del futuro que nadie más sabía; si se esforzaba y se convertía en una gran bailarina, trabajaría a su lado en el teatro. Él era el corazón de aquel lugar. Dirigía la compañía, escribía algunas obras y, cuando la inspiración lo reclamaba, pisaba el escenario como actor. El teatro era su vida entera: su refugio, su inspiración y el milagroso escape de la cruel realidad. Claudia lo contemplaba con devoción absoluta y aprendía de su entrega, dispuesta a darlo todo con tal de no decepcionar a la única persona que sostenía su universo.


El la sujetaba con fuerza de la mano, aEl susurro de la lluvia la arrastró muy atrás en el tiempo, cuando era una niña pequeña y dichosa en las ruidosas calles de Nueva York. Una época inocente y luminosa, donde el mundo aún parecía un lugar seguro y la belleza no amenazaba con desaparecer. Allí, con la llegada del otoño, el manto de agua limpiaba el aire de aquella ciudad sumergida en polvo que dormía en un letargo ajeno.


Ella esquivaba los charcos entre pequeños saltos, apresurándose por sostener el ritmo. Imponente y a veces distante a sus ojos de niña, él caminaba con un paso firme que a ella le costaba alcanzar. Le aterraba decepcionarlo, y la puntualidad de sus clases de ballet no admitía retrasos.

Aquella tarde era una rara excepción. Él trabajaba demasiado y pocas veces disponía de tiempo para acompañarla, así que Claudia atesoraba cada segundo a su lado con un fervor casi sagrado. En una casa compartida con dos hermanos más, la atención de su padre era un privilegio escaso. Lo adoraba por encima de todo. En la inocencia de esos años su corazón aún estaba abierto al mundo, pero él ocupaba el pedestal absoluto; sentía que era el único que la comprendía verdaderamente.

Entre ambos existía un pacto secreto, un plano del futuro que nadie más sabía; si se esforzaba y se convertía en una gran bailarina, trabajaría a su lado en el teatro. Él era el corazón de aquel lugar. Dirigía la compañía, escribía algunas obras y, cuando la inspiración lo reclamaba, pisaba el escenario como actor. El teatro era su vida entera: su refugio, su inspiración y el milagroso escape de la cruel realidad. Claudia lo contemplaba con devoción absoluta y aprendía de su entrega, dispuesta a darlo todo con tal de no decepcionar a la persona que sostenía su universo.

Su padre la sujetaba con fuerza de la mano, arrastrándola sin darse cuenta en su prisa. Ella apuraba el paso, chapoteando en algún que otro charco a su pesar.


— ¡Papá, espérame! – suplicó con su vocecita chillona, al borde de las lágrimas.


Entonces, él se detuvo de golpe. Se giró hacia ella y le sonrió.

“¡Por fin, ya volvió de las nubes!”, pensó Claudia con alivio.


Todos en la familia estaban acostumbrados a esa naturaleza suya: la de habitar otros mundos aun estando presente. Pero Claudia lo entendía de verdad, porque sabía que era un gran artista, y que los creadores a menudo viajaban a dimensiones desconocidas para los demás, de donde rescataban sus ideas que después convierten en arte puro.


— ¡Tengo una mejor idea! – exclamó él, tomándola por la cintura para alzarla por los aires.


La alzó tan alto que a ella le pareció tocar las estrellas. Sintió un ligero vértigo, algo totalmente inesperado pero la sedujo aquella sensación de observarlo todo desde la cima. La perspectiva era distinta: inmensa, vertiginosa y libre. “Eso deben de sentir los pájaros! ¿O tal vez algo todavía mejor?”, pensó con una sonrisa dibujada en el rostro.


— ¡Un día serás mi estrella, Clau! – sentenció él con orgullo. —Pero tienes que trabajar duro desde ahora: la vida no te regala nada. Sólo te da las herramientas para que lo consigas por ti misma. Tienes que aprovecharlas, ¡que el tiempo corre deprisa!


La niña envolvió los brazos alrededor del cuello de su padre, tan fuerte que parecía tener miedo de que alguien se lo fuera a robar, y apoyó la cabeza contra su pecho.


— ¡Me vas a asfixiar, Clau! – bromeó él, y luego añadió: —¿Te pasa algo?


— Sí – respondió ella muy bajito, cerrando los ojos un instante. —¡Te quiero, papi! ¡Me siento feliz!


Él no esperaba aquella repentina muestra de cariño, pero su alma reaccionó. Sintió un nudo en la garganta y no pudo pronunciar ni una sola palabra. La apretó contra sí, como si quisiera decirle: “Yo también.” Pero en lugar de eso, agachó la cabeza y le dio un beso en la frente. Después, le dijo con ternura:


— Tienes que aprender a ser una dama. – y le dio otro beso en la mejilla. Ella volvió a cerrar los ojos para retener esa sensación.


— ¡Voy a aprender, papá! ¡Haré todo lo que me digas para ser buena y así me querrás para siempre!


— ¡Yo siempre te querré, mi amor, hagas lo que hagas! – la estrechó de nuevo con ganas, mientras caminaban bajo la lluvia, sosteniendo con la otra mano aquel paraguas grande y negro. —La cuestión no es esa – prosiguió: —lo de hacer lo que los demás esperan de ti para recibir amor. Tienes que aprender a escuchar tu propia voz, a quererte a ti y hacer lo que a ti te dé vida. ¡Que no te mueva la opinión del resto!


— ¿Y cómo voy a saber si me quiero?– la niña ladeó la cabeza, intrigada. —¿Quieres decir que la gente no se quiere? ¡¿Es posible eso, papá?! – se sorprendió, sin entender.


Su padre asintió:


— Sí, es posible y ocurre a menudo. La gente se olvida de quién es cuando deja que otros manejen sus hilos… – Se detuvo un momento y añadió: —Eres muy pequeña aún, mi amor… no lo puedes entender. Nadie debe decidir tu valor por ti. ¡No lo permitas jamás! Pero ahora… ¡encárgate de ser feliz! – exclamó al ver la expresión pensativa en su rostro.


No le gustaba verla tan seria ni hundida en sus pensamientos. Por eso, volvió a inclinar la cabeza y frotó su nariz contra la de ella. Claudia lo miró y soltó una carcajada. Su padre la acompañó. Se reían los dos, mirándose a los ojos, sin saber muy bien por qué. Y de pronto, así, de la nada, él empezó a cantar, y ella se unió. ¡Conocía esa canción! Era una pieza folclórica muy divertida que solían cantar en las celebraciones:


“Turkey in the straw, turkey in the hay,

Roll ‘em up and twist ‘em up a high tuckahaw,

And hit ‘em up a tune called Turkey in the Straw.”



A Claudia le parecía graciosísima la letra y cantaba gesticulando y riéndose junto a él. La gente que pasaba los miraba y les sonreía. Él cantaba alto y daba pequeños pasos de baile mientras la alzaba en vilo con un brazo. Mirar el mundo desde aquella altura la hacía sentirse mayor. El sueño de todo niño: ser adulto.

¡Qué estupidez!

Era una escena hermosa de contemplar. Una sincronía perfecta. Un chispazo de color en medio de un día gris e impersonal.



Con el paso de los años, Claudia creyó estar haciendo lo que su padre le había enseñado como lo más sagrado: quererse a sí misma. Pero algo se torció. Aunque ayudaba a todos en lo que podía, se esforzaba de verdad y a menudo anteponía las necesidades ajenas a las suyas, – sin dejar de lado lo que la hacía feliz: bailar, – jamás fue reconocida por las personas que más quería. Al contrario: ocurrió exactamente lo opuesto.


El recuerdo dio un salto brusco hacia la llegada de la Gran Guerra, cuando descubrió lo rápido que podían desvanecerse la belleza y la paz. Recordó el miedo sordo en las calles, los murmullos preocupados de los adultos y las tristes imágenes de los refugiados que deambulaban por la ciudad. Poco después llegó Broadway. Los bastidores, el olor a sudor y colofonia; el tormento de las zapatillas de raso destrozando sus pies jóvenes y el manojo de nervios antes de salir a escena en sus primeros espectáculos. Había alcanzado su sueño de bailar en el teatro que su padre dirigía, pero la magia que alimentaba sus ilusiones se transformó rápido en un engranaje voraz.

La casa familiar se convirtió en una segunda función agotadora. En lugar de valorar su esfuerzo, la sometían a un chantaje constante para que aportara dinero y asumiera cargas que no le correspondían. Su madre y su hermana mayor siempre necesitaban fondos para vestidos elegantes y fiestas; como el padre ya arrastraba demasiado peso económico encima, la presión caía sobre Claudia. Pero cuando llegaba exhausta y pedía un respiro, la culpa se volvía contra ella: la acusaban de creerse superior por estar sobre un escenario.

Bailar la hacía inmensamente feliz, pero a veces aborrecía que su vocación se convirtiera en una servidumbre; la exigencia física del teatro sumada a la manipulación en casa terminaron por robarle cualquier posibilidad de una vida propia. Cada vez que intentaba poner un límite para proteger su espacio, la etiquetaban de egocéntrica a la que sólo le importaba ella misma. Y Claudia, aplastada por la culpa, por la deuda moral y la gratitud hacia su padre por haberle ayudado a cumplir su sueño, cedía siempre.








2.

En el rostro de la mujer apareció una sonrisa. Luego, lágrimas… y nuevamente una sonrisa. El recuerdo comenzó a desvanecerse. Se cubrió la cara con las manos y lloró desconsoladamente. Se propuso recordar sólo los momentos luminosos, los mejores. Pero algo no salía según lo planeado, como solía pasarle habitualmente… ¿Acaso ahora los instantes felices también la entristecían? Sí, la hacían dichosa y desdichada a la vez, porque sabía que no podría volver a vivirlos. Y los necesitaba tanto… Aquellos tiempos de paz, sin grandes tormentas… Una marea de emociones hurgaba sin cesar en lo más profundo de su ser, sin que lograse comprenderlas ni dejarlas ir.


Se recompuso y paseó la mirada alrededor, como si quisiera despedirse de cada rincón de aquella casa que había sido, al mismo tiempo, su cárcel y su refugio, todo lo que le pertenecía. Aunque conocía a la perfección cada detalle, hoy los contemplaba con la pesadez de quien sabe que no volverá a verlos nunca más. Sentía la perspectiva del fin como un alivio para su alma cansada: hoy, por fin, se acabaría el sufrimiento. Al mismo tiempo, en su interior hallaba una inquietud amarga y un miedo desconocido que le encogía el pecho. Pero la decisión ya estaba tomada y la acción, ejecutada: no existía vuelta atrás. Sólo pedía no sentir dolor y que todo fuera rápido. El horror de despertarse en la cama de un hospital la atormentaba; no había tomado muchas pastillas porque no le quedaban más y la duda de si serían suficientes la roía por dentro. Sin embargo, conociendo su frágil salud y el desgaste de su mente, confiaba en que bastarían para poner fin a su penosa existencia. Esos mismos antidepresivos que la acompañaban desde hacía años, desde la muerte de su hija Eleonor, – su pequeña Ellie, – se encargarían ahora de reunirla con ella.


La mirada de Claudia se detuvo en la mesa, donde reposaba una caja pequeña envuelta con buen gusto. Se levantó del sillón, se acercó a la mesa y se acomodó en la silla. Sonrió al recordar a Margot – o Mari, como le gustaba llamarla – la única amiga que tenía, con aquel fuerte carácter y ese sentido del humor que no la abandonaba ni en los peores momentos de la vida. Margot había ido la tarde anterior a verla para compartir una taza de té y, como siempre, le llevó algo dulce. Sabía bien cuánto le fascinaba a Claudia, sobre todo porque en su infancia los dulces le estaban muy restringidos. Le encantaba especialmente la tarta de almendras de su querida Mari. ¡Era exquisita!

La compañía de su amiga resultó tan grata y hubo tanto por compartir, que Claudia se olvidó por completo de abrir el regalo. Una pincelada de calidez le iluminó el rostro al evocar aquel encuentro.


Mari y Claudia compartían la misma costumbre trágica: sacrificarse por los demás, descuidando sus propias necesidades, movidas por esa falta de amor hacia sí mismas que ninguna se atrevía a mirar. No obstante, Margot había aprendido a convivir con la renuncia en silencio, sin atormentarse, encontrando cierta paz en la aceptación. Claudia, en cambio, atrapada en su propia impulsividad, en el rechazo inmenso hacia la injusticia y en el vaivén de expectativas que nunca se cumplían, jamás logró ese falso equilibrio. Incapaz de sostener la tormenta de sus altibajos, terminó ahogándose en ellos.


Con el tiempo, Margot se había convertido en más que una hermana. Se conocieron por casualidad, cuando Claudia abandonó Nueva York, a la familia, el trabajo y al amor de su vida; aquel hombre que la había destrozado por completo, dejándola hecha pedazos que el viento se llevó para esparcir en el infierno. Dejó atrás todo lo que amaba y la hacía sentirse viva, renunciando a la fama y al dinero para refugiarse en un pequeño rincón de Lamar, donde el silencio de la vastedad la envolvió.

Se instaló en una casa solitaria, rodeada por campos amplios y desiertos, con un jardín ligeramente descuidado que estaba delimitado por delicadas rejas de alambre. En el terreno, una pequeña mesa se apoyaba bajo la sombra de un árbol. A la derecha, en una de las esquinas de la fachada, se erguía un pino majestuoso, visible desde la ventana de la cocina. Debajo del árbol, reposaba un banco rústico de cemento con ornamentados apoyabrazos que terminaban en dos círculos fundidos en un infinito. Flores de colores brillantes rodeaban el pino, aunque ahora, con la llegada del otoño, algunas ya estaban marchitas. En una de las paredes exteriores, cerca de la mesa, y justo debajo de la ventana de la entrada, asomaba un viejo lavabo de cemento con un grifo oxidado.

Un camino de tierra rojiza serpenteaba entre el terreno de Claudia y el de su única vecina, a quien sólo cruzaba muy de vez en cuando. En aquel refugio desértico, Claudia vivía humildemente, pasando desapercibida, escribiendo artículos para una revista.


Ya se había convencido de que la culpa de gran parte de sus desgracias se debía a la fama, al dinero y a su carácter impulsivo e ingenuo. Por esto, cargó con el estigma, asumiendo una culpa que no le correspondía, mientras los demás se lavaban las manos de los errores cometidos. La envidia oculta lo destrozó todo, aplastándola hasta borrarla por completo.

Existe una trágica ironía en buscar la culpa en abstracciones inertes; el dinero o la fama nunca fueron los verdaderos verdugos, sino simples fachadas. La crueldad siempre reside en las personas, en la ruinidad de sus actos y esa voraz incapacidad de aceptar la realidad tal como es, distorsionándola al antojo de sus propias necesidades, ya sea por prejuicios e inseguridades, o para manipular a los demás. Atrapada en esa ceguera, Claudia sólo encontró una salida.

Al principio, se halló absolutamente sola, confundida y destrozada, en aquel rincón desconocido. Había perdido la fe en las personas, en el destino, en su propio valor y, lo más doloroso, en la existencia de un amor verdadero. Le costaba comprender por qué quienes le aseguran que era lo más valioso en sus vidas – aquellos a quienes más cuidaba, protegía y ponía por delante de sí misma – eran precisamente los primeros en usar su energía a su antojo y devorarla cuando ya no les era útil. Pero la vida se lo había demostrado a golpes; heridas devastadoras que transformaron por completo su carácter sin lograr corromper su esencia.

Se encerró en su propio mundo, apartándose de la sociedad tras darse cuenta de que todo lo que creía saber sobre el amor era una mentira. La mayoría no sabía entregarse desde el corazón, sino desde un cálculo frío que tan solo pretendía querer mientras durase el interés. En su interior, la razón y el sentimiento jamás se ponían de acuerdo; giraban en una guerra constante que la mantenía en vilo, atormentando su mente.

Con el tiempo, sumergida en la absoluta soledad, comprendió la trampa: cuanto más grande era el ego, más colosales resultaban las ilusiones, y esa maraña de expectativas la terminaba destruyendo. Durante mucho tiempo llegó a dudar de si lo que había vivido fue algo genuino o era un simple enamoramiento donde la pasión dictaba las reglas de esa trágica ambivalencia: una fuerza contradictoria entre su mente y su corazón, capaz de sacarla de su centro, agotarle la energía y hacerla girar en un abismo desconocido. Se dio cuenta demasiado tarde de que esa tormenta jamás fue amor real. La verdadera entrega no destruye ni consume; requiere respeto y trae paz. Sin embargo, la presencia noble y desinteresada que le ofrecía Mari fue la prueba definitiva de que aún existían almas capaces de amar de verdad.

Las dos mujeres se ayudaban con lo que podían y compartían momentos inolvidables. Pero en los últimos años, el marido de Mari cayó gravemente enfermo hasta quedar postrado en cama, por lo que su amiga ya no podía salir con la misma frecuencia. Comenzaron a verse mucho menos, y a Claudia se le hacía cada vez más cuesta arriba sostener la soledad que se había impuesto tras haber confiado a ciegas en los demás, olvidándose de quererse a sí misma.

Entre ellas había florecido una amistad sincera, por la que se sentía profundamente agradecida. Cada vez que pensaba en Mari, experimentaba en el pecho un hálito reconfortante que se extendía con rapidez por todo su cuerpo. Le encantaba esa sensación: era lo único que le devolvía la fe y le recordaba que, a pesar de todo, aún merecía la pena vivir.








3.

Decidió abrir la caja y comerse un par de bombones. Al cabo de veinticinco años aproximadamente, sometida a estrictas restricciones, dietas y entrenamientos feroces, su carrera como bailarina había quedado atras, y libre de las cadenas del escenario comenzó a permitirse lo que antes tuvo prohibido. Ya no le importaba su figura. Ni siquiera entendía para qué seguía viva con ese vacío por dentro que le quitaba el sentido a su insignificante existencia. Recordó cómo en el pasado solía rogar para que Dios se la llevara de este mundo – primero tras la muerte de su hija y, más tarde, en la soledad de Colorado, – pero sus súplicas sólo rebotaban en un cielo sordo y mudo. Nadie acudía a su llamado para aliviar el tormento que la consumía o empujar su vida hacia algo mejor. Nada cambiaba: ni llegaba la muerte ni hallaba el modo de escapar de su propio infierno. Aquel silencio absoluto no hacía más que confirmar su certeza actual: o el Creador no existía, o simplemente las cosas allí arriba se regían por una lógica ajena que los simples mortales no veíamos.

Esto explicaba por qué, en los trances más oscuros de su pasado, nadie acudió en su ayuda. ¿Y si el poder de salvación había residido en ella misma? Quizás, la divinidad no habitaba en el cielo, sino en la propia conciencia; ¿y si somos un chispazo divino eclipsado por la incapacidad de amarnos? Y ella siempre había priorizado a los demás… Su mayor error.


— ¿Será que los seres humanos somos dioses que han olvidado su propia naturaleza y fuerza? – murmuró, desconcertada ante la audacia de sus ideas. —¿Será por eso que atravesamos tantos obstáculos para aprender a amarnos y sostenernos en nuestra verdad? Si tan sólo comprendiéramos ese poder... ¡lo tendríamos todo!

Pero qué tarde le llegaba esa revelación. Tan tarde que no le quedaba tiempo para comprobarla. De haberlo entendido antes, tal vez el tramo final de su vida no habría sido tan dramático. Descubrir que el destino depende de uno mismo, y que no es una condena impuesta, sino una trama moldeada por las propias decisiones, se le revelaba ahora como una verdad indudable. La falta de sentido que hasta hacía un momento la arrastraba hacia el fondo como un ancla inamovible, acababa de soltarla, dejando que su mente flotara en una claridad inédita.


“Nuestra vida no depende de un ser supremo, Él nunca podrá cambiarla, porque cada decisión nos pertenece.”, continuó razonando. “Por eso los rezos y las creencias no nos salvan. Nos paralizan en una espera eterna, aguardando a que alguien externo nos salve del abismo cuando no vemos la salida. Queremos que nos salven sin asumir el precio, sin hacer nada… No confiamos en nosotros mismos y rechazamos la responsabilidad de nuestras vidas. La creencia es solo un refugio de la mente para sostener lo que no es real. Creer en Dios o en un futuro incierto no es más que una ilusión fabricada por la mente para callar el miedo. Lo que es real no necesita que nadie crea en ello para existir. La verdadera certeza no nace de la fe, sino de la intuición: esa voz profunda que no cree, simplemente sabe.“ Y ella, en este instante agónico, prefería la certeza antes que la fe. Ya había creído demasiado, y la fe jamás la había salvado de nada.


— ¿Por qué las verdades me llegan tan tarde? ¡Siempre tan tarde! – exclamó con una sonrisa amarga. —En fin, quizás la próxima vez terminaré mi cometido aquí… – se le escapó sin pensarlo.

“¡¿Próxima vida?! ¿Quién me garantiza que habrá una próxima vez?”, se recriminó, y una risa extraña, casi histérica, le convulsionó el pecho.


— Si de verdad existen otras vidas, – agregó en voz alta, dejándose llevar por la ironía, — ¡buscaré la forma de regalar las mías a cualquiera que las desee!


La ocurrencia le pareció de una trágica belleza; una hipótesis absurda, recién nacida en su mente, un chiste cruel que repitió en su cabeza hasta que la gracia se disolvió en el aire. Hacía años que no se reía así. De pronto, como un latigazo, un pensamiento atroz la golpeó:

“¿Por qué elegí morir precisamente ahora? ¡Ahora que acabo de ver la luz! ¿¡Por qué no pude entenderlo antes para salvarme de mi propia cárcel!?”

Un deseo voraz la sacudió por dentro; divisó una estrella en la penumbra en la que llevaba años sumida. Pero casi al instante, desde lo más profundo de su ser, emergió esta presencia sutil que la acompañaba desde el inició de su calvario:

“¡Es tarde, Claudia!” , le susurró esta voz implacable. “Acepta el fin. Es inminente... y lo has elegido tú…”


La mujer cerró los ojos por un momento, para calmar las emociones que la desbordaban. Ya no quedaba tiempo. Dios no le ayudó nunca; la llave siempre estuvo en sus manos y, sin saberlo, la usó en su contra. Pero ya no importaba, el reloj consumía sus últimos minutos, – o quizas horas, ¿quién podía saberlo?

“¡La próxima vez, Claudia!”, escuchó de nuevo esa voz interior que intentaba serenarla.“Todavía no está todo perdido

“¡Sólo quiero descansar!”, pensó agotada. “¡Quiero irme a casa y no volver jamás!” Aquel pensamiento le brotó como un lamento desgarrador.

Pero ¿a qué casa se refería? ¡Si su única casa era esta! Ni ella misma se entendía. Ignoraba qué lugar anhelaba con tanta fuerza, pero pensar en ello le devolvía una extraña sensación de paz, cobijo y amor.

Ahora empezaba a vislumbrar que algo especial habitaba en su interior, una fuerza sutil que la guiaba. El aislamiento del mundo y el atroz sufrimiento al que se vio expuesta le ayudaron, con los años, a aproximarse a ese misterio. Ya podía escuchar esa voz profunda... pero sólo cuando el dolor se calmaba, cuando la razón dormía…



Claudia empezó a quitar el papel de la caja lentamente. Apenas desprendió dos franjas cuando, de pronto, su cara se puso más pálida de lo que ya era y el estuche se le resbaló de las manos, cayendo sobre la mesa. Instintivamente, se llevó los dedos a los labios.


¡Whitman’s Chocolates! – exclamó.


¡No los había comido desde entonces!... Desde que el castillo de sus ilusiones se derrumbó y la felicidad se evaporó para siempre. Desde que su vida dejó de parecer un cuento hermoso para convirtirse en un sinvivir. ¿Sería una simple casualidad?... ¡Los famosos bombones de Whitman’s, los mismos que deleitaban paladares desde hacía décadas! Incluso alegraron a los soldados en el frente durante la Segunda Guerra Mundial, cuando el gobierno les enviaba toneladas!

“Creo que nunca le hablé de esto a Mari…”, pensó. “¿Y me los trajo sin saberlo? ¡Y justo ahora!... ¡Es Increíble! ¡Gracias Mari!” Sonrió. “Volveré a disfrutar de este sabor exquisito antes de partir de aquí!”

Con los ojos empañados de lágrimas, tomó la caja otra vez y retiró el resto de la envoltura con impaciencia. Los recuerdos comenzaron a invadir su mente y ella quería disfrutarlos doblemente, reviviéndolos a través del sabor… Sostuvo un bombón con dos dedos y lo acercó despacio a su rostro, contemplándolo con fascinación. “¡Tanto tiempo!” Hasta le parecían distintos. A propósito, no los había comido más, pues le traían demasiado dolor del pasado ¡y tantas memorias agridulces! Se llevó el bombón a la nariz y lo olió al tiempo que cerraba los ojos. Esbozó una leve sonrisa.


— Sííí, es el mismo aroma... Creo que jamás lo olvidaré…


Mordió la mitad y dejó que el chocolate se le derretiera pausadamente en la boca, mientras el gusto y la fragancia la proyectaban atrás en el tiempo… Las sensaciones que la asaltaron fueron una marejada compleja que Claudia percibía como un torbellino de emociones; sin poder diferenciarlas, sin cuestionarlas, sin analizarlas. Y ese era, en el fondo, el verdadero problema que ella no alcanzaba a ver.







4.

A principios de enero, Claudia descubrió que Jack tenía a otra…


Lo había conocido meses atrás. El joven era jugador de rugby, estaba a punto de terminar su carrera en Stanford y planeaba mudarse a Nueva York para dedicarse a los negocios. Cuando se lo presentaron, no le causó la menor impresión; ni siquiera le gustó. Pero más tarde coincidieron en una fiesta privada, justo antes de que él partiera hacia los Juegos Olímpicos de Amberes. En aquella cita de 1920 – organizada por la cancelación de la edición anterior a causa de la Primera Guerra Mundial y de la reciente pandemia de la gripe española, – el rugby regresaba después de años de ausencia. Para Jack, jugar en “Los Indios” de Stanford significaba formar parte de la delegación estadounidense. Ante la falta de apoyo, los atletas tuvieron que cubrir sus propios gastos y los fondos apenas alcanzaron para cruzar el Atlántico a bordo del Sherman, un buque militar sin lujos.


La despedida se celebró en el teatro donde trabajaba Claudia. Como la década había comenzado bajo el estricto régimen de la Ley Seca – que prohibía la venta y la producción de alcohol en todo el país, – la celebración tuvo que hacerse rigurosamente a puerta cerrada. En la penumbra del recinto, burlando la prohibición con bebidas de contrabando traídas por las mafias, se reunieron el equipo de rugby, su entrenador, algunos patrocinadores, personas influyentes, los artistas del teatro y unos cuantos allegados con pase especial para desearles suerte.


Aquella noche, entre la música, la multitud de jóvenes y las copas clandestinas, Claudia y Jack tan sólo compartieron un baile y un puñado de palabras. Pase a la euforia general, el ambiente festivo se esfumó para ella en un instante.

Al terminar ese blues, vio a pocos metros al bailarín con quien salía hasta hacía poco, entregado a un beso lleno de pasión con su nueva conquista: una de sus compañeras de trabajo. Fue como una bofetada fría. De repente, los segundos se estiraron tanto que todo a su alrededor pareció moverse a una velocidad extraña y muy lenta. Su corazón dio un vuelco. De pronto la música y el bucillo se disolvieron en la nada, dejando únicamente el eco sordo de sus latidos. Se quedó entumecida cuando, en mitad de aquel beso apasionado, el bailarín desvió la mirada y sus ojos se cruzaron. Su buen humor se disipó entre la alegría del resto, y lo único que deseó fue marcharse. Tampoco tenía interés en quedarse; a ella no le gustaban los deportistas universitarios. Los consideraba tipos demasiado simples, ruidosos y vacíos, convencida de que no tenían la madurez para sostener en la vida algo más complejo que un balón o una copa de alcohol.

Así que, sin despedirse de nadie, abandonó de prisa el teatro. Jack se quedó mirándola mientras ella se alejaba corriendo entre la multitud, desconcertado, sin comprender qué había apagado de golpe la luz de su sonrisa ni hacia dónde se dirigía sin decir nada.



Luego del triunfo de Estados Unidos en la VII Olimpíada, Jack vino a verla al teatro. Los medios de comunicación y el país entero celebraban la gran actuación estadounidense: noventa y cinco medallas en total, cuarenta y una de ellas de oro. Y una le pertenecía a él. Su primera medalla de oro. Antes de volver a California para retomar sus estudios, quería despedirse de Claudia y la invitó a cenar. Ella rechazó la propuesta, pero, para no resultar grosera, se quedó conversando con él un rato. Al terminar la función y vaciarse la sala, se sentaron al borde del escenario. Jack rebosaba de alegría por la victoria y comenzó a relatarle anécdotas del viaje y vivencias de otros atletas que la hacían reír sin parar. Tenía el don de adornar hasta la peor de las desgracias con un toque de humor irónico y genuino.


— Cruzamos el Atlántico en el Sherman, – le explicó, inclinándose hacia ella con una sonrisa de complicidad, — un transporte de tropas de la guerra en condiciones lamentables. ¡Toda una tortura! Y, por si fuera poco, al desembarcar descubrimos que los belgas no tenían la menor idea de nuestra llegada. Nos mandaron a dormir a unas escuelas, en dormitorios improvisados. ¡Ni en nuestras peores pesadillas! – se rio con ganas, contagiándole su buen humor.


— Los organizadores estaban desencajados, corriendo de un lado a otro. – prosiguió, animándose con el relato —En su desesperación, llamaron a Francia y les suplicaron que enviaran un equipo cuanto antes. ¿Y a quiénes crees que trajeron? Pues a un grupo que parecía sorteado en una rifa: futbolistas, ingenieros, estudiantes de medicina y hasta oficinistas de banco. ¡Era para morirse de risa! Cambiaron las reglas a última hora e intentaron reclutar a cualquiera que supiera correr.


Se detuvo un instante y moduló la voz, imitando de forma caricaturesca a un entrenador francés:


— “Mon dieu! ¿Usted no sabe lo que es un balón de rugby? No importa, tiene dos piernas y sabe dar patadas. ¡Póngase estos pantalones cortos y salte al campo!”

Claudia se cubrió la boca con la mano, riendo ante la imitación.



— ¡Te lo juro! – añadió él, complacido por la reacción de su acompañante. —¡Ninguno sabía dónde estaba parado! Uno de los del banco corría protegiendo el balón contra el pecho como si llevara la caja fuerte, huyendo de nosotros para que no se lo quitáramos. ¡Pero lo del médico fue el colmo!


Se puso de pie por un momento para recrear la escena con gracia:

— Llevaba el balón bajo el brazo, pero en cuanto vio a uno de sus compañeros caer tras un tackle nuestro, se olvidó del juego. Soltó la pelota, corrió hacia él y se puso a examinarle las pupilas, mientras le gritaba: “¡Mantenga los ojos abiertos!” ¡Pensaba que estábamos cometiendo un homicidio en lugar de jugar un partido!


Jack la miró aguantándose la risa, pero Claudia soltó una carcajadas tan sonora que tuvo que agarrarse del brazo de él para no perder el equilibrio. Al verla, Jack ya no pudo contenerse más y los dos estallaron en risas, contagiándose el uno al otro.


— Parece una obra de enredos lo que vivieron allí – comentó ella, dejando que su voz resonara en la quietud de la sala vacía. —Nunca imaginé que pudieran suceder tantas locuras en tan poco tiempo, y mucho menos en unos Juegos Olímpicos.


— ¡Más bien fue una tragedia delirante! – la interrumpió él, divertido. —Pensábamos que nos alojarían en algún hotel elegante para probar la cocina belga y terminamos viviendo en condiciones deplorables, ¡y en plena Europa! El día del partido, todavía estábamos mareados del viaje en barco, y nos topamos con unos rivales franceses que apenas sabían en qué deporte estaban participando. ¡Uno de ellos incluso preguntó si podía usar las manos! El árbitro sólo alzó las manos con indiferencia y nos deseó suerte a todos.


Jack repitió el gesto para imitar al árbitro. El movimiento desató una nueva ola de diversión en Claudia, quien se apresuró a secarse las lágrimas con el dorso de la mano.


— ¡Jack, para, por favor! ¡No aguanto más! ¡Necesito aire! – dijo la chica, casi sin voz de tanto reír.


Él sonrió, disfrutando por completo del efecto que causaba en ella.


— ¡Espérate, que esto no es todo! – soltó, con una mirada pícara que hizo que Claudia se tapara la cara, sabiendo que venía otra de sus ocurrencias. —Por si fuera poco, nos cayó encima una lluvia torrencial. Era como si el cielo se estuviera partiendo de la risa a costa nuestra y nos tirara las lágrimas a cubos. Fue el primer partido de rugby olímpico jugado bajo semejante aguacero. Entre el mal tiempo y el sablazo que pedían por las entradas, el público era más escaso que un billete de cien dólares en el bolsillo de un vagabundo. ¡Éramos más matándonos en el barro que gente mirando en la grada! Creo que nos aplaudían un perro y dos palomas. – ambos estallaron de nuevo en risas. —Los belgas, empobrecidos después de la guerra, bastante tenían con lo suyo como para pagar por vernos hacer el ridículo bajo el agua. – añadió, negando con la cabeza ante el recuerdo, esperando a que su oyente recuperara el aliento.


— Y ahí estábamos nosotros, jugando como si nuestra vida dependiera de ello, al tiempo que nuestro entrenador gritaba instrucciones como un director de orquesta intentando que un grupo de instrumentos desafinados tocaran juntos. Fue una batalla campal contra el barro, pero el esfuerzo dio sus frutos y logramos una victoria contundente. Terminamos cubiertos de lodo de la cabeza a los pies; ganar bajo esa tormenta fue una combinación de talento puro y suerte ciega.


Jack se inclinó un poco más hacia ella, bajando el tono de voz para mantenerla atrapada en su relato, al ver que Claudia lo escuchaba fascinada, con una sonrisa que no podía borrar de sus labios.

Él tomó aire antes de seguir.


— ¡Sabes, aún falta por contarte el plato fuerte del drama! – se puso serio por un instante con solemnidad fingida y dejó escapar otra carcajada, justo antes de empezar de nuevo: —El estadio olímpico lo terminaron a las prisas y el dinero no alcanzó para completar las obras. La pista de atletismo estaba a medio hacer y a los atletas les tocó correr sobre un barrizal que era una trampa mortal. ¡Y la piscina ni te cuento! Estaba tan mal hecha y el agua tan helada que parecía una pista de patinaje. – disparó una risotada y continuó. —A varios nadadores tuvieron que sacarlos con hipotermia, algunos incluso quedaron inconscientes… ¡y eso que era finales de agosto! Por no hablar de la “dieta de campeones” que nos tenían preparada: una pieza de pan duro, un sorbo de café y una triste sardina que nos miraba medio desmayada, casi con lágrimas en los ojos… ¡hasta nos daba pena comerla! ¡Tuvimos que gastar de nuestro bolsillo para no morirnos de hambre en plena competencia!


Al escucharlo, Claudia frenó la risa de golpe y abrió los ojos de par en par, sorprendida ante tanta precariedad. Sin embargo, la chispa cómica y el dramatismo exagerado con el que Jack relataba la tragedia hicieron que le resultara difícil tomarse el desastre en serio. Aún intentando recobrar el aire, no sabía si compadecerse de los deportistas o seguir riéndose de sus disparates. Su forma de transformar cualquier desgracia en una anécdota divertida hizo que la noche se volviera memorable. Aunque no aceptó su invitación a cenar, la conversación que compartieron quedó grabada en su memoria como un momento especial de conexión y alegría.

Al final, se quedaron más de una hora conversando antes de despedirse. Jack le pidió el teléfono para llamarla de vez en cuando y avisarle cuando regresara a Nueva York.



Pasaron unas semanas mientras él estaba en California, durante las cuales la llamaba por teléfono. Hablaban de cosas cotidianas y se gastaban bromas. Claudia, poco a poco, comenzó a acostumbrarse a sus llamadas nocturnas, las cuales disipaban la tristeza por el amor que había perdido y rompían la monotonía de sus noches. Después de dos meses, cuando Jack regresó a Nueva York, quedaron para verse. Fue entonces cuando todo cambió. Aunque él no le gustaba en un principio, algo había comenzado a atraerla hacia él con una fuerza inmensa y magnética. La espera entre sus viajes se volvió una dulce tortura. Había algo inevitable en esa atracción, un lazo invisible que acabó por adueñarse de sus pensamientos, de su cuerpo y de su alma. Apenas sumaban cuatro citas, pero tanto frente a las miradas ajenas como en el refugio de la intimidad, él la envolvía en una devoción tan absoluta que Claudia no tenía motivos para dudar: era la única, sencillamente su chica.






5.

¿Y qué era lo que estaba pasando ahora? ¿Tenía otra novia? Le resultaba imposible de entender. ¿Por qué, entonces, le aseguraba que la quería? O, lo más probable y retorcido de todo…¿era que ”la otra” era ella misma?

Los había visto desde lejos, completamente ajenos a su mirada: Jack estaba abrazado a una joven que le hablaba con entusiasmo. Claudia sintió un vacío gélido en el pecho y se quedó de piedra. No sabía qué hacer; brotó en ella un deseó incontrolable de herirlo para devolverle el mismo dolor que la estaba asfixiando.




En su cabeza irrumpieron imágenes que no quería recordar. Estiró el brazo y vertió agua de la jarra en un vaso… Era imposible frenar la marea de recuerdos. Le dolían todavía, a pesar del tiempo, pero ese dolor tenía un matiz dulce, casi adictivo… ¿Era posible que su mente se hubiera vuelto dependiente de ese tormento y se lo impusiera una y otra vez, año tras año?

Esbozó una risa amarga ante el absurdo de su propio cerebro: esa maquinaria terca que se resistía al cambio, aferrada a repetir un sufrimiento familiar antes que arriesgarse a lo desconocido. Saboreó el resto del bombón con lentitud, disfrutando del sabor y el aroma que, nuevamente, la arrastraron atrás en el tiempo.


Ante sus ojos revivió la pelea entre los dos. Ella golpeándolo… Sintió cómo las nubes sobre las que flotaba se disipaban en el aire, dejándola caer al vacío. Aquel recuerdo se había transformado en una cárcel para su ego malherido: una prisión con el suelo erizado de cuchillos que le desgarraban el alma a cada paso. Estaba furiosa como nunca antes. Él, en cambio, sólo la miraba en silencio, pero la comisura de sus labios se curvaba en una leve sonrisa casi imperceptible. Eso la sacaba de quicio; un gesto burlón que parecía decirle: “¡Ya te tengo!”. La hacía sentirse insegura y perdida. Detestaba esa sensación. Perder el control de sí misma y no saber cómo recuperarlo la aterraba.


— ¡Te odio! – le siseó entre dientes, mientras le propinaba un golpe en el pecho.


Luego, intentó alejarse dándole la espalda, pero Jack la sujetó del codo con un movimiento brusco y la arrastró hacia sí. La agarró por la cintura, apretándola con tanta fuerza que le faltó el aire. Sentía el olor de su piel y los latidos acelerados de su corazón. Ese ritmo desbocado jugaba con la mente de Claudia, desarmándola y confundiéndola bajo la mirada fija de Jack. Le temblaron las piernas. Una sensación nueva la invadió; como si en cualquier momento fuera a desintegrarse. Se descubrió tan frágil que él habría sido capaz de romperla en un solo instante, con un solo movimiento. No le gustó sentirse así, era algo totalmente nuevo, abrumador y, a su vez, hipnotizante.

Jack se acercó tanto que Claudia experimentó el roce de su aliento. Él inclinó la cabeza y rozó los labios de ella con los suyos. Ella entreabrió la boca y respiró hondo, incapaz de tenerlo tan cerca sin estallar. En ese milisegundo, sus sentimientos dieron un giro brusco y caótico: del odio más visceral a un deseo incontrolable y urgente. Una contradicción aterradora.

Él le mordió levemente el labio inferior, perdiéndose en su boca. El deseo provocó una explosión instantánea. Se entregaron al beso perdiendo la razón, devorándose con impaciencia, ajenos por completo a que seguían en el escenario… hasta que, de pronto, la luz de la sala los inundó. El telón se estaba abriendo y los espectadores que ya ocupaban sus asientos se quedaron boquiabiertos. Sumergidos en ese frenesí, sólo reaccionaron cuando un silbido estridente resonó desde el público:


— ¡Vaya, parece que la función de hoy viene con sorpresa!


El murmullo inicial se convirtió en una marea de risas burlonas. Jack y Claudia se congelaron de inmediato. Al escuchar el alboroto y los aplausos entusiastas del público, ambos levantaron la mirada, parpadeando avergonzados.

“¡¿Qué estúpido habrá abierto el telón ahora?!”, pensó Claudia, con ira. Cuando su padre se enterara, el grito se iba a escuchar en toda la ciudad. Y encima, ¡el ridículo de verse expuesta así! Justo en ese momento, el telón comenzó a cerrarse con lentitud, escondiéndolos de nuevo de las miradas curiosas. Pero el bochorno no terminó ahí: dos de sus compañeras pasaron cerca, riéndose por lo bajo.

Jack le susurró al oído:


— Vamos fuera, aquí hay demasiados testigos…


Aquellas palabras rompieron el hechizo. En la mente de Claudia volvió a asaltarla la imagen que llevaba días quitándole el sueño: Jack abrazado a la otra chica. El shock del engaño se mezcló con el horror de lo que acababa de pasar y el pánico a la reacción de su padre. El miedo y la rabia la cegaron. Le plantó las manos en el pecho y lo empujó con todas sus fuerzas:


— ¡No quiero volver a verte en mi vida! ¡Eres un mentiroso!


Se dio la vuelta y se alejó casi corriendo.Entró en los baños y cerró la puerta de un portazo. Dejándose caer sobre el inodoro, escondió el rostro entre las manos y rompió a llorar desconsoladamente. Se sentía sucia, traicionada y estúpida. Había llegado a creer que entre ellos existía algo genuino, una conexión única y devastadora... ¿Pero y si todo había sido una fantasía suya? ¿Y si para él sólo era un juego?

Por otra parte, mañana ese incidente, sería el tema de conversación de todo el mundo: la hija de Bernard Grey besuqueándose con Jack Patrick en el escenario, a la vista de todos. „¡Ojalá nadie haya tenido una cámara!“, suspiró horrorizada. Si existían fotos, acabarían en la prensa local. ¡O incluso en el Daily News! … ¡Qué absoluto desastre!

Se mordió los labios para ahogar un sollozo. ¡Y tenía que ocurrir precisamente ahora! Ahora que el nombre de Jack estaba en la boca de todos… Su estrella acababa de despegar después de aquel legendario partido en Amberes contra los franceses con un humillante resultado de 8 a 0.

Las cosas se complicaban cada vez más en lugar de arreglarse. Su vida siempre tenía esa maldita tendencia a enredarse.

“¿A lo mejor, él no siente lo mismo…? Es sólo un hombre…¡y la fama se le empieza a subir a la cabeza!” Y esto era sólo el principio de su carrera como un importante jugador de rugby…

“Uno más que va de flor en flor …” , pensó sintiendo las lágrimas resbalar por sus mejillas. El rímel se le escurrió alrededor de los ojos, transformándolos en dos agujeros negros, tan oscuros y profundos que parecían querer tragarse su cordura.

Se levantó de golpe y comenzó a limpiarse frente al espejo. Tenía que salir al escenario. Ya no le quedaba tiempo; el espectáculo estaba a punto de comenzar. ¿Cómo iba a actuar después de todo lo que había pasado?

Claudia albergaba la secreta esperanza de que Jack fuera en su búsqueda para explicarle qué estaba pasando, pero él no la siguió, ni tocó a la puerta. Al salir del baño miró hacia el escenario y sintió una sacudida: todo seguía como siempre. Incluso el pesado telón de color rojo oscuro colgaba quieto y solitario, exactamente igual que quince minutos antes… Parecía que nada hubiese ocurrido. Como si Jack ni siquiera existiera. Empezó a buscarlo con la mirada por todas partes, pero sin éxito. Sintió cómo la decepción le clavaba las garras en el pecho. Dirigiéndose al vestuario, imaginó que a lo mejor estaría vacío y que él la esperaría allí… Pero sus expectativas volvieron a romperse. Sólo la recibieron unas cuantas miradas curiosas llenas de una indiscreta satisfacción… pero ella no se fijaba en esos detalles. A Claudia le costaba ver la malicia en los demás, por eso, al final, terminó asumiendo que la culpa de todo era suya.


Esperaba que Jack reaccionara como lo hubiera hecho ella misma, pero él hizo todo a su modo: se alejó en silencio. Eran dos personas diferentes que veían el mundo desde orillas opuestas; dos mundos atípicos que el destino había unido con el único propósito de amarse. Pero el amor no puede con todo: no resultó ser lo bastante poderoso para doblegar al ego. El ego que habitaba en ambos – uno volcado en el propio interés y la otra anulándose en un sacrificio destructivo – terminaría por llevarlos a la ruina, devorando de manera inconsciente cualquier cosa fuera de su comprensión y control.

Sumado a su rigidez mental, el entorno de Claudia terminó por envenenarlo todo: una red de personas movidas por intereses mezquinos que ella, cegada por una imprudente inocencia, jamás vio venir. Eran expertos en exigir sacrificios ajenos, sembrando una culpa constante en la mente de la joven para moldearla a su antojo. Decían amarla, pero sólo la consumían. Se disfrazaban de almas generosas mientras se victimizaban, ocultando su incapacidad de sentir un afecto verdadero; por eso necesitaban destruir lo que ellos nunca podrían ser. Sin embargo, preparaban su propia ruina: la envidia siempre termina por devorar a su dueño; una ley lenta, pero implacable.


Decepcionada y hundida, Claudia se estaba cambiando mientras los pensamientos volaban descontrolados en su cabeza, uno tras otro, sin darle tregua. Intentaba tranquilizarse diciéndose que si él había desaparecido así, sin más, entonces no era para ella; que tenía novia y ella era la otra, que no merecía la pena ni el esfuerzo. No obstante, al segundo siguiente, la asaltaba la culpa por su carácter impulsivo, por no haber pensado bien las cosas. ¿A lo mejor la culpa era suya?…Al fin y al cabo le había dicho que no quería verle nunca más…

Claudia dejó escapar un suspiro tembloroso y cerró los ojos, intentando encontrar una chispa de coraje dentro de sí misma. Pronto tendría que salir al escenario y enfrentarse a la audiencia, como siempre lo hacía. Pero esta vez su corazón pesaba demasiado.

Un golpeteo suave en la puerta la sacó de su ensimismamiento. Abrió los ojos rápidamente, esperando que fuera Jack, pero sólo era un compañero del elenco.


— Cinco minutos, Claudia. – anunció la voz, suave pero firme.


Asintió, agradecida por el aviso. Era el momento de ponerse la máscara del profesionalismo y sepultar la tormenta de emociones que rugía en su interior. Inhaló una bocanada de aire, se enderezó y salió del vestuario con la cabeza alta, lista para dar su mejor actuación sin importar el desastre que llevaba por dentro.

Avanzó entre los murmullos del elenco, sintiéndose una extraña entre sus compañeros; nadie allí era capaz de intuir el conflicto que la devoraba. Claudia había aprendido a ocultar sus heridas detrás de una fachada impenetrable; después de todo, el espectáculo siempre debía continuar.

Finalmente, llegó a los bastidores, justo al borde del escenario. La adrenalina comenzó a correr por sus venas en una mezcla de nervios y determinación. Ajustó la cinta con pedrería brillante que adornaba su cabello y arregló los flecos del vestido negro que llevaba, que ahora parecían dormidos. A través de los huecos de la tela, podía ver el teatro abarrotado y cientos de ojos concentrados en la actuación que estaba a punto de terminar. Cerró los ojos por un breve instante, conteniendo el aliento, esperando el momento de salir a la luz.

Desde el foso, la orquesta atacó una melodía de jazz muy alegre y movida, con el piano, las trompetas y los saxofones sonando con fuerza en la sala. Claudia dio el primer paso hacia el centro del escenario, incorporándose a la función. Cada movimiento, cada gesto, era una manifestación de su arte, una entrega visceral a la audiencia. Con cada salto y cada giro, los flecos de seda de su vestido volaban a su alrededor, despertándose y cobrando vida; las lentejuelas atrapaban los reflejos dorados de las luces, ocultando la fragilidad de su cuerpo ante la mirada famélica del público. Pero en el fondo de su mente, seguía grabado el rostro de Jack. ¿Dónde estaba? ¿Por qué la había dejado sola en un momento tan crucial?

A medida que avanzaba la actuación, sintió cómo la carga en el pecho comenzaba a aligerarse, aunque fuera sólo un poco. La magia del escenario siempre tenía la virtud de anestesiar sus preocupaciones, al menos temporalmente. Con cada movimiento y cada nota de la música, se sumergía más en su papel, olvidando por un momento las preguntas sin respuesta y ese agrio sentimiento de abandono.


El espectáculo llegó a su clímax y la sala estalló en aplausos. Claudia se permitió una sonrisa fugaz, recogiendo el calor que llegaba desde las butacas. Al terminar la última escena, hizo una reverencia profunda, dejando que la ovación la envolviera como un cálido abrazo.

Cuando el telón cayó, se quedó inmóvil por un momento, respirando el calor del escenario. Sabía que, al menos por esa noche, había logrado superar otro desafío. Pero la incertidumbre sobre Jack permanecía intacta, al acecho tras las bambalinas de su serenidad.


Los días posteriores se convirtieron en un bucle desgastante. La duda constante aplastó las semanas transformando la espera en un dolor sordo. Sólo la fotografía de aquel beso, estampada en la prensa, le devolvía la prueba de su existencia: la evidencia de que aquel fantasma, tan fugaz en su presencia, no había sido un delirio de una mente atormentada. El título sarcástico del artículo, con letras mayúsculas en la primera página del Illustrated Daily News, debajo de la imagen de ambos, la hizo perder los estribos:

„JACK PATRICK SIGUE CONQUISTANDO LAS CUMBRES“








6.

La falta de sueño y la angustia acumulada de los últimos días ya hacían mella en ella. Su energía se agotaba con cada pensamiento, tan absorta en sus conflictos internos que parecía desconectada de todo lo que pasaba a su alrededor; le costaba comer, entrenar y concentrarse. Pero esa mañana, ver aquella portada terminó de hundirla.

Su padre, al notarla tan abatida, no le reprochó la falta de discreción como ella temía. En cambio, se acercó con una extraña indulgencia:


— ¡No permitas que un escándalo de imprenta te desbarate la cabeza, Claudia! Ya sé que te arrepientes y que todo lo que pasó te va a pesar más a ti que a cualquiera de la familia. – dijo, rodeándole los hombros en un cálido abrazo. —Todos hemos cometido algún desliz pasional en la juventud… Un beso bajo los focos escandaliza hoy, la prensa sólo busca sangre fresca para vender. Mañana envolverán el pescado con estas mismas páginas y nadie lo recordará.


Se distanció un paso y la observó de alto a bajo, entornando los ojos.

— ¿Y de dónde ha salido este muchacho?... ¡Un jugador de rugby! – exclamó entre la sorpresa y el desdén. —Supongo que fue en la fiesta antes de los Juegos Olímpicos… – murmuró para sí mismo, buscando encajar las piezas.


Hizo un rictus de desagrado, desaprobando de plano la elección de su hija. Rodeó el escritorio y ocupó su gran sillón de cuero.

— ¿De verdad crees que un atleta de esa calaña puede ofrecerte alguna clase de provenir? Además, las crónicas no mienten: ese hombre tiene compromisos... ¿Has leído lo que dicen de él? – señaló el periódico sobre el escritorio con la punta del dedo.


— ¡No quiero leerlo! – Claudia tomó el periódico y lo volteó contra la caoba pulida del escritorio, fijando la vista en el suelo. Sentía demasiada vergüenza para sostenerle la mirada.


— Los hombres de ese deporte son como… – Su padre guardó silencio, buscando la palabra precisa mientras tamborileaba los dedos sobre el apoyabrazos de la silla. —...mármol sin labrar. Por mucho que estudien en Stanford, no dejan de ser brutos. Tanta prensa y tanto titular, pero bien que tuvieron que pedir limosna para pagar el pasaje a Amberes y viajar hacinados en un carguero del ejército… ¡Brutos y sin un gramo de sensibilidad! Y tú, que te has criado en un escenario con toda la disciplina del mundo… – Esbozó una mezcla de burla y desconcierto. Su cara delataba que aquello superaba su imaginación. —Si me preguntas a mí, no le veo ningún futuro digno. – dejó escapar una risilla incrédula.


Claudia alzó levemente la cabeza y sus labios dibujaron una tímida sonrisa, por mero compromiso, imaginando los prejuicios que se agolpaban en la mente de su padre. Él recuperó la gravedad de inmediato y la escudriñó con severidad:


— Aquel caballero que llamaba a altas horas de la noche... era él, ¿me equivoco? Vaya, parece que tu viejo padre no estaba tan ciego como pensabas. Sólo me faltaba ponerle nombre a la voz... Aunque admito que el hallazgo me ha decepcionado. – Se levantó de la silla y paseó un momento por la estancia antes de detenerse frente a ella. —¿Existe algo serio entre vosotros?


— No, papá… Ya no… – masculló ella, sintiendo cómo el rubor le quemaba las mejillas. —Me he equivocado de nuevo… – Volvió a bajar la vista hacia las intrincadas geometrías de la enorme alfombra persa, que de pronto le parecían la única tabla de salvación en la habitación. —No sabía que tenía novia... – Se encogió de hombros, exhalando el aire acumulado en los pulmones. —¿Tan hipócrita es el mundo, papá? – Lo miró, esperando una respuesta.


Él no respondió de inmediato. Se limitó a contemplarla con una mezcla de lástima y resignación.

Claudia sabía perfectamente que el matrimonio de sus padres era sólo una fachada para los compromisos oficiales y las apariencias. Su madre era una manipuladora nata: encantadora y dulce cuando buscaba un propósito, y una víctima indefensa cuando le convenía. Manejaba a todos a su antojo; una verdadera actriz fuera del escenario. Todos satisfacían sus caprichos mientras ella brillaba a costa de los logros de su marido, sin el menor esfuerzo, salvo el de fingir una vida atareada e importante; ¡la gran esposa de Bernard Gray!


— Ya lo verás por ti misma, Clau… – Sosteniendo la pipa en la palma de la mano, su padre comenzó a llenarla con tabaco. —¡Nada es lo que parece ser, mi niña!… No encadenes tu felicidad a las personas, cariño… Ellos sólo la saben destrozar. – Encendió la pipa y dio una calada. Luego, sopló el humo y continuó: —¡Conságrate a una obra! Entrega tu alma a una idea y haz lo imposible para alcanzarla. Te aseguro que eso te dará una dicha más auténtica que cualquier vida conyugal… – Dio otra calada y pasó la punta de la lengua por la parte interna de sus labios. —Pero tú algún día tendrás que casarte también y pasar por esto. Sólo espero que sepas elegir bien y tengas suerte con el matrimonio. Por eso hay que pensar bien las cosas. Todos pasamos por ahí... ¡Así es la vida, Clau!... Yo, cuando era joven, tampoco pensaba que me casaría algún día… Que me enamoraría…¡Estaba tan loco! – Miraba a un punto fijo, recordando algo y sonriendo. —¡¿Quién iba a pensar que yo sentaría la cabeza?! – se echó a reír.



El tiempo pasaba sin que Claudia supiera nada de Jack. Estaba intentando aceptar algo que se negaba a asumir: ¡que él nunca volvería! Los días y las noches se arrastraban con penuria, burlándose de su paz. La atrapaban en un universo vacío, donde el tiempo jugaba con ella a un macabro juego en el que una hora parecía medio siglo. Allí, el dolor la consumía sin piedad, haciendo su alma trizas y sumergiéndola en un laberinto de confusión. Un abismo entre lo que imaginó y lo que terminó siendo, donde vagaba por sus pasillos oscuros sin encontrar una puerta para escapar. Las noches se convertían en días, y los días, en una simple existencia insignificante.


Se aproximaba mediados de febrero.

Una mañana, Claudia se despertó con la obsesiva idea de que Jack rompería su silencio con alguna sorpresa por San Valentín. Aquella fantasía absurda la llenó de una vitalidad que creía extinta. Durante las jornadas siguientes volvió a ser la de antes: sonriente, radiante, contando los días... Sin embargo, la ilusión se desmoronó el catorce de febrero. No hubo cartas, ni flores, ni llamadas. Jack simplemente no apareció. Una vez más, el mundo se le vino abajo.

Sus expectativas habían vuelto a traicionarla. Tenía que aceptarlo, pero le dolía el orgullo: esa humillación de quedarse esperando una explicación que él prefirió escatimarle al desaparecer. Sentía rabia por haber entregado su corazón de nuevo a alguien que no lo merecía. Casi siempre la vida tomaba un rumbo muy distinto al que ella deseaba.

Con ese último golpe, la vana esperanza se murió, arrastrando consigo las falsas expectativas. El dolor dio paso a una fría aceptación. A partir de ahí todo le resultó más fácil. Ya no buscaba su figura en cada desconocido en la calle, ni le daba un vuelco el corazón cada vez que sonaba el teléfono. Ya no esperaba nada de él.

Se entregó a sus entrenamientos con más ferocidad que nunca y empezó a escribir una obra de teatro junto a su padre. La idea esta vez era suya, aunque darle forma les costó meses de trabajo extenuante. Después de un año aproximadamente, la obra se estrenó logrando un éxito considerable en Broadway. Más fama y dinero para la familia, y un merecido reconocimiento para ambos.











7.

A principios de mayo, Claudia se preparaba para el estreno de una fastuosa revista musical. Había conseguido un contrato para toda la temporada como bailarina del cuerpo de baile en aquella producción ambientada en el Lejano Oriente. Eso la obligaba a debutar en uno de los escenarios más grandes y majestuosos de Broadway, lejos del teatro de siempre donde trabajaba con su padre.

Tras un mes de intensos y agotadores ensayos, el elenco ya se conocía bien. Incluso en aquella gran producción se encontraba una compañera y amiga con quien compartía escenario desde que se había dedicado al baile como profesión. Aunque esta noche ella no era más que una bailarina del montón, estaba exultante, tarareando en voz baja la melodía que la orquesta ya ensayaba en el foso.

Al entrar en el vestuario, un silencio repentino cruzó la estancia entre miradas disimuladas. Claudia se topó, sobre la mesa corrida, con un enorme ramo de rosas rojas – unas sesenta, – acompañado de una caja de Whitman’s Chocolates. Nunca los había probado, aunque conocía de sobra la famosa caja por los anuncios de las revistas; quién le iba a decir que unos chocolates tan populares terminarían siendo sus favoritos. Su corazón dio un salto. “¡Son de Jack!”, fue su primer pensamiento. Pero de inmediato su orgullo alzó una barrera: “¡No seas estúpida! Han pasado cinco meses y, además... ¡a mí él ya no me importa!”

En ese momento, la amiga a la que Claudia consideraba su mayor apoyo ahí se le acercó contoneándose. Le dedicó una amplia sonrisa, cargada de la satisfacción de quien acaba de enterarse de un chisme antes que la propia interesada:


— Son para ti, peque... – proclamó, asegurándose de que medio camerino la escuchara. —¡Qué suerte tienes! – Cerró la mandíbula bruscamente, haciendo un chasquido con los dientes y se lamió los labios, insinuando con esa picardía tan suya que, si pudiera devoraría a Jack. —¡Vaya forma de pedir perdón! Nos ha dejado a todas muertas de envidia. – Luego le sonrió con descaro y le guiñó el ojo.


Claudia sintió un ardor helado en las mejillas al comprender que todas ya habían cotilleado el regalo. Incómoda por un momento ante aquella mirada y el peso de las habladurías que el invierno pasado habían inundado las páginas de la prensa, se acercó al hermoso ramo. Descubrió la tarjeta mal encajada en su sobrecito y visiblemente manoseada, colgando entre los tallos. Temblando, estiró el brazo para cogerla, presa del pánico: “¡¿Pero cómo se le ocurre mandar esto aquí?! ¿Acaso pretende que todos vuelvan a husmear? ¡Qué vergüenza!...¡Tierra trágame!”

Tomó la tarjetita, decorada con margaritas blancas, y sonrió al ver su letra por primera vez: eran líneas pequeñas, redondas y caprichosas, casi ilegibles a primera vista, aunque que parecían muy bonitas. Las mayúsculas destacaban de una manera estilizada y poco usual que delataba su vena artística. Le encantó su caligrafía, precisamente porque descifrarla requería paciencia. En el ángulo superior derecho se leía: “Para Claudia.“


“¡No ha escrito mucho!”, pensó riéndose al ver el tamaño de la tarjetita, que apenas superaba su pulgar. El pecho le latía con una prisa insoportable, pero decidió contener el aliento, postergando deliberadamente el momento de desplegarla para saborear la incertidumbre. ¿O tal vez no estaba segura de si quería leerla? “¿Tendrá el valor de explicarme su ausencia? ¿Será que la farsa de su compromiso terminó... o es que nunca existió tal novia? ¿Será posible tanta audacia?“

No obstante, una voz más sensata la golpeó por dentro al mismo tiempo: “¿Y a estas alturas, qué más da? Después de tanto tiempo de silencio, ¿qué demonios pretende arreglar ahora?“


Por otro lado, se sentía estúpida por no poder quitarse esa tonta sonrisa que le había brotado en el rostro. Y, al mismo tiempo, estaba algo enfadada. “¡Justo cuando me había olvidado de él, aparece! ¿Puede ser todo tan absurdo? ¡Como si fuera a esperarlo con los brazos abiertos!“

Desplegó la tarjeta… su cara se iluminó aún más y soltó una carcajada involuntaria al leer:

“¡No puedo vivir más sin ti!

Tu futuro marido: Jack.“


“¡Qué loco está!“, – se rio de buena gana. —„¿¡Su futura esposa…yo!?” Aquello no se lo esperaba para nada. Más bien tenía ganas de darle un puñetazo en la cara antes que casarse con él. Estaba muy lejos de las aspiraciones que abrigaban la mayoría de las chicas de su edad. Y las razones eran dos: su madre, por un lado, y los hombres que jamás sabían lo que querían, por el otro. En su interior, detestaba la incapacidad de amar que predominaba en su madre, siempre buscando algún tipo de beneficio en sus relaciones afectivas. Temía que muchas personas fueran como ella y que, sin poder evitarlo, se cruzaran en su camino como una especie de fatídico destino. Los amantes de su madre no eran un secreto para la familia; aunque intentaba ocultarlos y desmentir los rumores, la realidad siempre terminaba filtrándose. Mientras su padre trabajaba para mantener el nivel de vida del hogar, su madre se entregaba a sus propias distracciones. Seguro que él también habría tenido algún desliz, pero Claudia nunca lo supo con certeza. El verdadero problema para ella era su madre, incapaz de amar; sólo sabía divertirse o quejarse, manipulando hechos y personas a su antojo. Claudia temía que, si alguna vez se casaba, le tocaría alguien con el mismo comportamiento nocivo. Y, en realidad, no estaba tan lejos de la verdad…

Por ahora, sólo quería bailar: ¡su gran felicidad y su mayor sacrificio, su primer amor!


Empezó a mirar a su alrededor, pensando que Jack debía estar cerca … o, al menos, a punto de llegar. Pero no, él no estaba allí. Se desanimó un poco, pero aun así se sentía feliz e impaciente por verlo. „¿De dónde viene esta alegría, si ya le cerré la puerta al pasado?“, se preguntaba. Estaba segura de que él había regresado a Nueva York; si no, ¿por qué le mandaría flores? ¿No sería más fácil llamarla en lugar de montar todo este espectáculo?

Durante la función, Claudia estuvo absorta. Buscaba a Jack entre la multitud del público, con una inquietud constante que no la dejaba disfrutar del baile como solía hacerlo. Ejecutaba cada paso con la precisión impecable que exigía la disciplina, pero bailaba en modo automático. Su mente, sin quererlo, la arrastraba hacia un futuro con él, donde todo el presente perdía importancia.

Cuando el espectáculo terminó, Jack tampoco apareció. Ni siquiera la esperaba a la salida… Decepcionada, Claudia se unió a un grupo de compañeras para caminar hacia la estación del metro. No esperaba este final para la noche.

A su alrededor, las chicas caminaban envueltas en el parloteo habitual, hablando de fiestas, conquistas y rivalidades. Claudia las seguía en silencio, con la mirada perdida en el asfalto, intentando descifrar su propio laberinto interno. Se sentía incapaz de participar en la conversación. Necesitaba escucharse, entender si aquella euforia que la había invadido en el vestuario era felicidad real o simplemente el triunfo de un ego complacido al comprobar que, después de todo, había conseguido lo que quería.


En ese momento, escucharon el estruendo de una moto que se acercaba a gran velocidad. El vehículo apareció enseguida y se detuvo justo delante de ellas, cortándoles el paso. Claudia se quedó inmóvil; se le cortó la respiración por el sobresalto. El motorista se bajó y, a la luz de las farolas, ella reconoció las facciones de Jack. Se quitó las gafas y se pasó una mano por el cabello, revuelto por el viento de medianoche. Le ofreció una sonrisa culpable que enseguida intentó disfrazar con su aire de suficiencia.


— ¿Tanto te disgustaron las flores? – le preguntó, tanteando el terreno, mientras ella seguía rígida, sin reaccionar.


En ese instante, Claudia no sabía qué hacer: por una parte, estaba indignada con él, pero por otra… ¡tenía tantas ganas de volver a sentir sus abrazos! Sus compañeras se apartaron entre risas falsas y cuchicheos.


— Nosotras os dejamos vía libre, Claudia… – bromeó su amiga, recorriendo a Jack con la mirada de arriba abajo. —A ver si mañana volvemos a ser el chisme de primera página en el Daily News. ¡Pórtate bien, peque!

Las chicas se alejaron riendo en la oscuridad, dejándolos solos bajo la luz amarillenta de la farola.

Jack dio un par de pasos hacia ella, perdiendo por un momento la chulería al ver su expresión impasible.


— ¿Aún estás enfadada conmigo? – preguntó con franqueza.


Ella dio un paso atrás, cruzándose de brazos para marcar distancia.


— ¡¿Cinco meses desaparecido del mapa y pretendes arreglarlo haciendo una entrada de especialista de cine?! – El orgullo y la rabia sofocaron cualquier atisbo de ternura. —¿Piensas que con un ramo de rosas voy a olvidar que te tragó la tierra? ¿¿Esperabas que cayera rendida a tus pies sólo por aparecer cuando a ti te dé la gana??


Él la miró fijamente, cautivado por su fuego.


— ¡Estoy loco por ti, Clau! – Su mirada se dirigió al suelo por un segundo, buscando las palabras, y luego murmuró: —Intenté convencerme de que era algo pasajero... pero no te puedo olvidar. Pensé que era sólo un deseo lo que sentía por ti, pero me equivocaba. He intentado seguir con mi vida, pero no hay un solo día en que no te vea en todas partes.


Se acercó un poco más a ella y, con una timidez que no encajaba con su gran estatura, extendió la mano para tomarla suavemente de la barbilla, obligándola a levantar el rostro y a sostenerle la mirada.


— ¡Te quiero en mi vida! ¡Dame una oportunidad más! ¡Esta vez no te voy a fallar! – Su voz sonaba firme y decidida.


— Pues, ¡si hubieras esperado un poco más, habrías tenido éxito en olvidarme! – sentenció ella, clavándole una mirada gélida, aunque por dentro se estuviera desmoronando. —¡A mí ya se me pasó el capricho, Jack! ¡No soy uno de tus trofeos! – Se zafó de su contacto, se mordió el labio inferior y desvió la mirada hacia el suelo.


“¡Dios! ¡¿Por qué no puedo reaccionar como una persona normal por una vez?!“, se regañó mentalmente. „¡Este imbécil me saca de quicio como ningún otro!“ Estaba resentida y necesitaba devolverle el golpe, herir su orgullo; pero, al mismo tiempo, aquella torpe declaración le había calado hondo. La mirada de Jack todavía la hipnotizaba. Era exasperante lo difícil que resultaba resistirse a él. No venía con un discurso ensayado; era simplemente él: brutalmente sincero e inmaduro a la vez.

Se acordó por un instante de la advertencia de su padre y sonrió para sus adentros con amargura. “¡Tenías razón, papá! Por eso mismo detesto a los deportistas.“ Y sin embargo, ahí estaba, perdiendo la cabeza por uno. „¡¿Por qué tuvo que volver?! ¡Habría sido mejor que se quedara en San Francisco! ...Relájate, Claudia. Date la vuelta y vete a casa. ¡Y no mires atrás! Este hombre va a ser tu perdición.“

Cerró los ojos para tragarse aquel veneno mental, pero cuando los abrió, Jack había recortado la distancia entre los dos. Estaba tan cerca que el aire entre ambos quemaba. Ese magnetismo la atraía sin remedio, atrapándola en la propia órbita, inevitablemente sujeta a su fuerza de atracción.


— ¡No puedo seguir sin ti, Clau! Ya nada es lo mismo... ¡Voy a arreglarlo todo! Sé que la culpa fue mía, pero esta vez quiero hacer las cosas bien.


Antes de que ella pudiera replicar, Jack anuló la última barrera que los separaba. Tomó su rostro entre las palmas de sus manos y la besó en la boca.

Claudia no se apartó; su cuerpo traicionó al orgullo y le respondió. La química entre los dos era un torrente devastador del que era imposible escapar. Se abrazaban con locura, reclamándose con una urgencia contenida durante meses, mientras Jack le repetía entre besos y jadeos:

— ¡Te quiero! ¡Te necesito! ¡¡Te extrañaba tanto!!


Claudia, una vez más, experimentó esa extraña sensación de vértigo ante la expansión de su propia identidad, disolviéndose en todo lo que la rodeaba. Sólo sus besos provocaban en ella aquél insólito sentimiento de serlo todo, y a la vez, de que nada le pertenecía; una paz inusual que amenazaba con devorarla hasta hacerla desaparecer.

Al separarse apenas una pulgada, aún sin aliento, la realidad regresó de golpe a su mente. Se apartó un paso, recuperando la compostura a duras penas.


— ¿Y qué es lo que piensas arreglar, exactamente? – le espetó. —¡No puedes aparecer aquí prometiéndome el mundo si tienes a otra mujer esperándote!


— Escucha... – empezó Jack, perdiendo de golpe la seguridad en su voz. Miró al suelo un segundo, se pasó la mano por la nuca y luego por la boca, visiblemente acorralado. —Las cosas son complicadas… Estoy comprometido.


Claudia abrió desmesuradamente los ojos, como si el suelo se hubiera abierto bajo sus pies. Le costaba procesar la información; el aire se volvió denso, pesado, al punto de creer que se desmayaría. Esto ya superaba cualquier límite. „¡¡¿Comprometido?!!... Tenía que haberme ido... ¡Lo sabía! ¡¿Por qué nunca me hago caso?! ¡Soy una estúpida!“, pensó sintiendo cómo la decepción y el reproche por haber cedido la ahogaban por dentro.


Jack se acercó hacia ella, buscando recuperar el control, y prosiguió tras una breve pausa:


— Después de que la foto salió en la prensa, todo se complicó muchísimo… – Su voz resultó áspera. Ajustó de un tirón el cuello de su chaqueta, incapaz de disimular el nerviosismo. —Tuve que comprometerme porque ella no me dejaba en paz. Estaba histérica… Pasé por un infierno desde que se publicó aquel artículo. Le prometí que me casaría con ella… – Hizo una pausa, tragando saliva antes de mirarla a los ojos nuevamente. —Pero con el tiempo me di cuenta de que no puedo hacerlo. ¡De verdad, no puedo! …¡Te quiero a ti!... Además, a finales del año pasado, ella se mudó con su familia aquí; por eso nos viste juntos aquel día… – otra vez trago saliva y desvió la vista. — Pero arreglaré todo este desastre… ¡Te lo prometo!

Su mirada era la de un niño que ha hecho una trastada sin querer y no sabe cómo salir de la situación. Ella arqueó las cejas, incapaz de articular palabra. Estaba en shock, atrapada en un torbellino de incredulidad.

Jack, desesperado por su silencio, le tomó las manos entre las suyas:


— Le diré que ya no la quiero… que estoy enamorado de ti…. Le diré la verdad… – Bajó la mirada por un instante, apretándole los dedos con suavidad y volvió a buscar sus ojos. —Nunca he sentido algo tan fuerte por nadie! ¡Nunca antes me había enamorado así!...¡Nos podemos casar y tener hijos, Clau! …¡Te prometo que todo estará bien!


Jack intentó buscar sus labios de nuevo, pero Claudia giró la cara bruscamente, dejando que los labios de él rozaran sutilmente su mejilla. Se soltó de su agarre con un movimiento seco:


— ¿Así de fácil? ¿¡Dejarla a la ligera!? Si le prometiste casarte con ella…

Él la miró con culpa, apretando la mandíbula, pero sus ojos recuperaron enseguida su brillo vivaz.


— Y si mañana sientes algo más fuerte por otra mujer… ¿a mí también me vas a reemplazar así de rápido?


— ¡A ti nunca te reemplazaré! – La estrechó contra sí, buscando desesperadamente convencerla. —¡A ti nunca te dejaré! – exclamó, y haciendo un gesto hacia la moto, añadió: —¡Vámonos! ¡Tenemos que celebrar esta noche! ¡Estoy tan feliz de poder estar contigo de nuevo! No lo estropees, ¡por favor!


— ¿Qué vamos a festejar? – preguntó ella, sin entender a qué venía este cambio de tercio. —Es muy temprano para festejar algo que ni siquiera ha ocurrido…


Jack soltó una carcajada de puro descaro:


— Entonces celebraremos mi ascenso. ¡Ya soy el capitán de Los Indios de Stanford! – Lo dijo henchido de orgullo, dándose un golpe en el pecho: —¡Siempre hay motivos para brindar por algo! – Le guiñó un ojo, mientras una amplia sonrisa iluminó su rostro.


— ¡Dios mío, Jack! ¡Esto es una locura!... – Claudia se llevó las manos a la cabeza. —¿Ahora me sales con esas? ¿Y por qué justo hoy? ¿Qué fue lo que te hizo venir hoy mismo? Tuviste demasiado tiempo para hacerlo antes…


— No lo sé con certeza…– admitió él, dejando caer los hombros desviando la mirada, perdido en sus pensamientos. —Simplemente lo decidí después de un sueño que tuve contigo. Vi nuestro futuro… ¡Era como un cuento, Clau! Vi a la niña que vamos a tener... Sentí tanto amor y urgencia por cumplir ese destino, que no me lo pensé más.


Jack dio un paso hacia la moto y apoyó una mano en el manillar.


— Agarré la moto y me subí al tren; no podía esperar ni un segundo más. Quería darte una sorpresa. Llevaba mucho tiempo dándole vueltas... Espero que me entiendas. Estaba muy confundido, perdido entre lo que debo hacer y lo que de verdad quiero… Todo entre nosotros pasó tan rápido que no supe gestionarlo. Yo no planeé nada de esto, simplemente ocurrió. No quería mentirte… de veras; me dejé arrastrar por las circunstancias y terminamos aquí.

Concluyó, envolviéndola de nuevo en sus brazos para sellar sus palabras con otro beso.


— ¡No podemos hacer las cosas así, Jack! – protestó ella entre sus labios, intentando mantener los pies en la tierra. —No es lo correcto…


— ¿Y piensas que es correcto morirme cada vez que estoy con ella, mientras anhelo estar contigo? – gritó él. Su ánimo cambió bruscamente; estaba atrapado en una situación complicada. —¿Crees que es mejor que nosotros dos suframos con tal de que ella sea feliz? ¡¿Hasta cuándo, Clau?!


Comenzó a dar vueltas alrededor de la moto, gesticulando y alzando la voz:


— ¿Te parece más justo que sufran dos personas en vez de una?...¡Me estoy destrozando por dentro y no creo que me lo merezca! Ya no me quiero casar con ella...


Jack clavó los ojos en el suelo y, cuando volvió a levantar la mirada, se topó con la de ella. Un silencioso absoluto congeló el instante, cargado de una electricidad que amenazaba con saltar en chispas.


— ¡Quiero estar contigo, Claudia! ¡Y no me detendré ante nada hasta conseguirlo! Me da igual lo que ella quiera... ¡No me importa lo que digan los demás! ¡Es mi vida y quiero compartirla contigo!


— Yo también lo quiero, Jack – susurró ella. —Lo pasé muy mal cuando desapareciste... Estaba hecha pedacitos.


Se abrazaron otra vez, buscando refugio mutuo.


— Sólo pienso que no es correcto hacer las cosas así. – insistió ella en su oído. —Va a pasar algo … Pagaremos por ello...


Él se encogió de hombros, restándole importancia a las consecuencias como si fuera incapaz de ver el peligro:


— No te preocupes, ¡no hacemos nada malo! – aseguró, dejándole un tierno beso en la frente. —Sólo nos amamos…


En realidad, no eran más que dos personas cegadas por su falta de madurez, incapaces de dominar sus instintos para controlar la gravedad de sus actos. Tras sus acciones se escondía un entramado de cobardías, cegueras y secretos que ninguno quiso asumir: ella prefirió callar sus dudas y sacrificarse sin poner límites; él, por su parte, alimentaba una doble vida de la que no se desvinculó del todo hasta que su vida conyugal se desmoronó por completo. Esa fragilidad fue el terreno perfecto para que las intenciones oscuras de terceros terminaran por destruirlos, y nada de eso fue casual. Los acontecimientos se alineaban a medida que elegían su camino, esperando su momento de manifestarse.










8.





9.

Ya se cumplía el primer año de la muerte de Eleonor. Doce meses interminables e insufribles en los que las desgracias no dejaban de suceder. Claudia seguía sumida en una depresión severa, de la cual ni el psicólogo ni las pastillas lograban sacarla. A Jack poco le importaba aquel estado; seguía adelante como podía, evadiendo la realidad y los propios sentimientos, lo que a la vez lo alejaba cada vez más de ella. El alcohol se convirtió en su mejor compañero. Tanto su desempeño en los negocios como su rendimiento en los partidos de rugby cayeron en picado después de la pérdida de Ellie y el carácter de Jack se volvió más arisco, cerrado y rígido.


Realmente, siempre careció de la madurez suficiente para afrontar las adversidades. No compartía sus miedos con nadie; los evitaba concentrándose en el trabajo. Intentaba tapar ese vacío interno con amantes y vicios, sin querer entender que esa carencia era simplemente una enorme falta de amor propio que nadie más que él podría llenar. Sus imprudentes acciones se acumulaban en el subconsciente, transformándose en un odio hacia sí mismo que no quería ver. Bajo esta ceguera voluntaria culpaba a Claudia de sus desgracias. Temía la realidad. No quería cambiar y prefería vivir en su mundo de ilusiones. Tampoco sentía la necesidad de hacerlo: ella lo seguía queriendo y él se alimentaba de ese afecto. Tomaba de Claudia lo que necesitaba hasta saciarse, luego se alejaba y la dejaba sola, preguntándose qué hacía mal para recibir un trato tan injusto. Después, cuando el frío regresaba, buscaba otras estrellas en el horizonte para obtener algo de calor en un intento desesperado por sentirse vivo. Por eso, nada de lo que emprendía aliviaba el tormento que llevaba por dentro.


Antes de la muerte de la pequeña, se había volcado en la venta de seguros para diferentes compañías en Nueva York, aplicando los estudios de economía empresarial cursados en Stanford. El equipo olímpico estadounidense de rugby se disolvió cuando este deporte quedó eliminado de los Juegos Olímpicos tras la convulsa final de París en 1924, donde Jack había ganado su segunda medalla de oro. Sin ligas importantes en las que competir, se concentró en su nuevo oficio, pero la pérdida de la niña terminó por desmoronarlo. Hundido en los excesos, el físico del gran atleta se esfumó rápidamente. El héroe de California se convirtió en un hombre gris que pasaba los días arrastrando un maletín por las calles de Manhattan, como si buscara escapar de la agonía de su matrimonio.

A la ruina familiar se sumó, poco después, el colapso del mundo exterior. Comenzaba la Gran Depresión: una crisis económica que devoró al país y que se originó a partir de la caída de la bolsa de valores en Nueva York. Para ellos, este desastre colectivo fue el punto final, amenazando con arrebatarles lo poco que les quedaba en un momento en que ya lo habían perdido todo.


Una noche, volviendo del trabajo, Claudia encontró a su marido en la habitación de su propia hermana. Los escuchó al subir las escaleras, dirigiéndose hacia su dormitorio. Los sonidos de la traición resonaban en el pasillo. Se detuvo en seco con el aire congelado en los pulmones, queriendo convencerse de que no era real. Pero los jadeos, las risas apagadas y la voz ronca de Jack no dejaban lugar a dudas. Escuchó cómo él le decía que era fantástica, mientras se burlaba con desprecio de la inutilidad de Claudia.

La sangre le subió a la cabeza. Las piernas le comenzaron a temblar de repente. Se apoyó en la maciza barandilla de la escalera para no desplomarse. Permaneció ahí, intentando contener un llanto que la ahogaba. El corazón le latía desbocado. Ya había llegado el fin. Lo sentía con cada fibra de su ser. Era el final de las ilusiones, el fin del amor, de todo lo bueno y lo malo que habían construido. Su vida, hecha de sueños preciosos, se desmoronaba sin remedio. A partir de ese momento, ya no quedaba vida, sólo la existencia. La inútil y cruel permanencia en un mundo inerte, frío e imparcial que no iba a traerle nada de lo que anhelaba. El afecto que él una vez sintió por ella estaba muerto. Ahora, por fin, veía la realidad sin adornos; se esfumaron todas sus dudas. Lo que Jack sentía nunca había sido amor, sino un simple deseo que se extinguió al ser satisfecho. No se puede desear algo que ya se posee... Por desgracia, sólo el deseo de ella se había transformado en amor. Y ese amor la estaba matando desde hacía años, lentamente, sin piedad. Debería haberle puesto fin mucho antes, en lugar de esperar un cambio que nunca llegaría, destruyéndose en el proceso.


Entró en su cuarto con la vista nublada por las lágrimas. Se tragó varias pastillas tranquilizantes y se duchó con una rapidez desesperada. Luego, en un impulso de rabia y despecho, se vistió para la guerra: se puso un conjunto de lencería negra de encaje – una delicada prenda que antes le evocaba elegancia y sensualidad, pero que ahora, al rozar su piel, sólo le recordó lo rota, expuesta y vulnerable que estaba, – un vestido negro ajustado, la gabardina beige y unos zapatos de tacón alto.

Tomó las llaves del coche y salió a toda prisa. Todavía no sabía adónde iba ni con quién terminaría la noche, pero estaba decidida a pagarle con la misma moneda. Aunque en el fondo presentía que a Jack ya no le importaría, necesitaba creer que, devolviéndole la humillación, recuperaría al menos un pedazo de su dignidad perdida.

Así iría al entierro de ese gran amor que la descompuso, porque había entregado todo lo que tenía sin guardar nada para sí misma, y ahora se encontraba vacía. Esta vez lo haría sin más llantos, sin lamentos, sin ninguna duda. Ya había llegado el momento.

Mientras devoraba los kilómetros de asfalto, un chispazo de lucidez le iluminó la mente. En un instante de brutal claridad, entendió por qué Jack siempre la celaba sin razones y la manipulaba a su conveniencia: era él quien engañaba, proyectando sus demonios en ella. Lo sospechaba todo de Claudia porque se conocía bien y no quería cambiar, así que asumía que todos actuaban como él. Incapaz de creer en su valía, reflejaba su inseguridad en ella; era mucho más fácil controlarla y culparla por los errores cometidos que reconocer la culpa, consiguiendo así mantener su conciencia limpia.


Le vino una arcada al pensarlo, pero tragó saliva y se contuvo. Había acertado. No podía permitirse vomitar ahora; iba a manchar su ropa, su vestido de guerra… Tenía que ser fuerte. Un poco más y se acabaría otro capítulo de su vida.

Conducía, mientras las lágrimas se deslizaban por su rostro bajo las luces de la noche. ¡Lo odiaba! Pero también se odiaba a sí misma, por haber sido tan estúpida, por dejarse manipular, por entregar tanto amor a alguien que no lo merecía. Sí, había sido una ingenua, una tonta con buen corazón que siempre era buena con los demás y nunca consigo misma. En ese instante comprendió lo que su padre intentaba decirle cuando era pequeña, aquel día lluvioso en que la llevaba a sus clases de ballet: que la gente, en realidad, no sabe quererse.

Suspiró con el pecho oprimido. Ahora le parecía que nadie sabe amarse, porque la gente que se ama de verdad no hace daño a los demás ni se destruye a sí misma. El amor es constructivo, te da fuerzas para crear, no para arrasar con todo. Sólo destruyen aquellos que se odian en secreto y no son conscientes de ello. ¡Qué pena no haberlo visto a tiempo! De haberlo sabido, jamás habría permitido que se burlara de ella. Pero es tan difícil ver el verdadero rostro de los demás cuando idealizas al objeto de tu amor, atrapada por el ego y la venda de los sentimientos.

Cogió aire porque sentía que el coche se encogía y se asfixiaba. Se secó las lágrimas con la manga de la gabardina. ¡Basta de llantos!... Encendió la radio buscando algo de música, una melodía alegre que la hiciera reaccionar. Si no, ¿cómo iba a consumar su venganza en ese estado tan deprimente? De todos modos, se dio cuenta de que no podría hacerlo así como así: estaba demasiado sobria y el dolor la paralizaba. Frenó de golpe al divisar un local con las luces parpadeantes en la carretera; al ver que aún estaba abierto, decidió entrar. Necesitaba tomar algo antes. Emborracharse. ¿Y cómo iba a conducir después? Sacudió la cabeza con desprecio, restándole importancia al peligro. Pues, si se mataba en un accidente, ¡sería aún mejor! Se acabaría de una vez por todas esta parodia de vida que llevaba. ¡Sí, morir esa misma noche sería el mejor desenlace posible!


Entró en el bar. Era pequeño, con un aire nostálgico y una atmósfera de clandestinidad que evocaba la época de la Ley Seca. La luz tenue y verdosa provenía de unas lámparas antiguas colgadas del techo, creando sombras misteriosas sobre las paredes de madera oscura. Las mesas y las sillas eran de madera robusta, desgastadas por el tiempo, y el suelo de baldosas negras y blancas reflejaba el brillo tenue de la iluminación. Detrás de la barra, las botellas de licor reflejaban ese resplandor verdoso y en las paredes unas pocas fotos en blanco y negro mostraban escenas de los locos años veinte: parejas bailando el Charleston, hombres con trajes de rayas y sombreros de ala ancha, y mujeres con vestidos de flecos y plumas. No había nadie, sólo el barman haciendo la caja, preparándose para cerrar.

Claudia se sentó en la barra y dijo con voz:


— Quiero un whisky. Lo tomaré rápido y me iré antes de que cuentes la caja.


Su determinación y sus ojos perdidos en un abismo lejano despertaron una extraña complicidad en el barman. Reconociendo la desesperación en su mirada, le sirvió un vaso de ámbar líquido sin decir palabra. Mientras lo tomaba, Claudia pensaba en cómo llevar a cabo su venganza.

Por dentro, rogaba que el hombre no le hablara. No tenía ganas de conversar ni de soportar a nadie. Estaba harta de escucharse a sí misma. Necesitaba silencio, pero sus pensamientos gritaban y le laceraban el corazón. No los podía detener… En dos tragos, el vaso quedó vacío.

¡Ya sabía a dónde ir! Hombres como Jack había a montones: egocéntricos perdidos que no encontraban mayor placer que en la carne de cualquier mujer; tipos a los que sólo les interesaba su propia satisfacción.

Salió algo mareada del local, subió al coche y condujo hacia el apartamento de Thomas: su exnovio y compañero de escenario, el primer hombre que le quebró el alma cambiándola por otra bailarina, dejándola hecha pedazos justo antes de que Jack apareciera en su vida. Era una ironía cruel, pero perfecta. No lo veía desde hacía años y ni siquiera sabía si aún vivía en aquel pequeño estudio de la última planta, desde donde se contemplaba la ciudad bañada por las luces nocturnas.

Llegó a la puerta y tocó con timidez. Tal vez era una pésima idea, pensó al dudar por un segundo. Dio un paso atrás; era mejor irse... En ese momento escuchó la voz somnolienta de Thomas desde el interior:


— ¿Quién es?



— Claudia... – su voz, insegura, rompió el silencio del pasillo aletargado.



La puerta se abrió y apareció Thomas en albornoz, con el pelo revuelto. Su asombro al verla hizo que ella retrocediera aún más.


— ¿Claudia? ¿Qué te ha pasado? – preguntó él, pasando del desconcierto a la preocupación al notar su rostro devastado.


— Sólo... necesito hablar con alguien – murmuró ella, al borde del colapso. —Me encuentro fatal.


— Por supuesto... Pasa, pasa – respondió él, abriendo la puerta por completo.


Claudia cruzó el umbral y se quedó petrificada en la entrada, sintiéndose de pronto fuera de lugar.


— ¿Quieres tomar algo? – ofreció Thomas, intentando acomodarse el cabello con las manos, aún descolocado por la visita repentina.


Ella se limitó a asentir.


— Ven, no te quedes ahí...


Claudia avanzó despacio, bajando los escalones hacia el sofá situado cerca del gran ventanal, a través del cual se divisaba el destello constante de la noche urbana. Thomas se acercó con dos copas, se sentó a su lado y la rodeó con un abrazo cálido. Ella apoyó la cabeza en su hombro y suspiró.


— Cuéntame, ¿qué te trae por aquí? – le susurró al oído, mientras le acariciaba el pelo.


Al sentir el refugio inesperado de sus brazos, Claudia no pudo contenerse más y rompió en un llanto largo y desconsolado. Thomas la sostuvo en silencio, dejándola desahogarse con la familiaridad de los viejos tiempos. Entre sollozos ella repetía que su vida había acabado, que desde que perdió a Ellie no había hecho más que desmoronarse, hasta quedar reducida a ruinas. Él permaneció a su lado sin reproches; sólo la escuchaba, comprendiendo su dolor mientras bebía de su copa y le sostenía la mano.

Sin embargo, las lágrimas no bastaron para borrar la decepción ni el vacío que la ahogaba. Claudia levantó su copa, bebió un trago largo y prosiguió con la triste historia que la había dejado marcada para siempre. Thomas la oía sin poder consolarla, presente como nunca. Buscando desesperadamente apagar el ruido de su mente y completar su autodestrucción, Claudia lo besó en mitad de la penumbra. Fue un acto impulsivo, una huida hacia adelante. Thomas, confundido pero arrastrado por la nostalgia y la intimidad de la madrugada, respondió a su gesto.

En ese instante la invadió la misma extraña percepción de desconexión que había experimentado en el entierro de su hija: como si aquello no le estuviera ocurriendo a ella, sino a una desconocida, y lo único que podía hacer era observar desde arriba cómo tomaba forma su engaño y cómo su cuerpo se comportaba en la habitación que alguna vez fue parte de su presente.

Se quedó con Thomas toda la noche. No quería volver a casa, donde todo le resultaba ajeno. No sintió satisfacción ni calor refugiándose en el pasado. Se mantuvo distante, con el alma desprendida del cuerpo, observando la escena desde el techo. Se percibía muerta por dentro, buscando un castigo más que un consuelo. Thomas era sólo un espectro del pasado al que utilizaba para profanar lo que le restaba de matrimonio.


Al amanecer, mientras las luces de la ciudad se apagaban bajo un cielo gris, Claudia se vistió en silencio. Se miró al espejo del baño y apenas reconoció su propio rostro. No hubo victoria en su venganza; sólo una capa más de culpa y un abismo aún más profundo.

Sin despedirse ni despertarlo, abandonó el apartamento y se dirigió directamente al despacho del abogado de su padre. Con la voz helada y las ojeras marcadas por la noche en vela, exigió iniciar el trámite de divorcio por adulterio de ambas partes. El abogado, leal a la familia, redactó los documentos de urgencia mientras ella esperaba en silencio. Al estampar su firma en la demanda, Claudia sintió el peso definitivo de la ruptura. Antes de salir, dejó un sobre cerrado en el escritorio con una nota destinada a Jack para que se la entregaran junto a la notificación legal:

"Por fin tienes lo que querías:

la libertad de ser tú mismo.

Claudia."


Y desapareció. Mañana ya no estaría en esa ciudad y nunca más volvería .

















9.

Tras un año viviendo en Colorado, Claudia recibió un telegrama de su tía: su padre estaba gravemente enfermo y, si quería verlo con vida, debía darse prisa.

Preparó una maleta pequeña y tomó el primer tren hacia Nueva York. Por desgracia, cuando llegó ya era demasiado tarde: su padre había fallecido la noche anterior. Había hecho el viaje en vano, únicamente para el entierro. No pudo despedirse de él y una punzada de culpa la carcomió por dentro. Una vez más, esa inaguantable mezcla de impotencia y tristeza la envolvió en un abrazo gélido que amenazaba con asfixiarla. Por más que se esforzaba por salir de aquel pozo donde estaba hundida desde hacía años, aún no lo conseguía.


Subió al despacho de su padre. Estar en aquel lugar le despertaba infinitos recuerdos. La habitación permanecía intacta; en el aire aún flotaba su aroma y su presencia, como si el tiempo se hubiera detenido el día en que ella se marchó. Cerró la puerta tras de sí y estalló en llanto, incapaz de contenerse. Poco a poco, comenzó a recorrer la estancia a pasos lentos, deslizando la mano sobre la madera del enorme escritorio. Sus papeles y carpetas aun seguían ahí. Tuvo la sensación de que él sólo había salido por un momento y que, en cualquier instante, la puerta se abriría y entraría con el pelo revuelto y esa cálida sonrisa en el rostro. Aunque después de la muerte de Ellie, él se había vuelto distante y frío con ella, Claudia jamás lo culpó: prefería recordarlo con su amplia sonrisa y el amor que supo darle.


Había una fina capa de polvo sobre los muebles. Era evidente que no utilizaba el despacho desde hacía tiempo. Se acercó a la librería y acarició los lomos de los libros con nostalgia. De pronto, un recuerdo irrumpió en su mente y le arrancó una leve sonrisa.

Se vio a sí misma años atrás, cuando era joven y ambos trabajaban juntos en el guion de la obra de teatro que les brindó momentos inolvidables. Parecía que hubiese sido ayer. La imagen era tan nítida que casi podía tocarla.

Ella llevaba una blusa blanca, una falda negra y el cabello recogido en dos trenzas. Miraba por la ventana, absorta en sus pensamientos. Su padre, sentado detrás del escritorio, escribía algo. Claudia se giró hacia él para compartir la idea que le rondaba la cabeza. Él dejó la pluma para escucharla, mientras la miraba por encima de las gafas y, con un tono lleno de solemnidad impostada le dijo:


— Primero estructuraremos la trama, Claudia. Luego haremos la escaleta, y al final, abordaremos los diálogos.


— ¡Es que ya tengo la trama en la cabeza! – protestó ella. —Se me están ocurriendo ideas buenísimas para los diálogos y no quiero que se me olviden…


— Escríbelos para no olvidarlos, pero primero tenemos que plasmar la trama sobre el papel para poder hacer una buena y detallada escaleta.


— Pero ¿por qué no empezamos por la historia? – suspiró decepcionada.


— ¡Porque no podemos empezar a construir una casa por el tejado! ¡Para todo hay normas que se deben seguir!


— ¡No me gustan las normas! La gente no las cumple…


— Son necesarias para conseguir un buen trabajo. ¡Eres muy dispersa, Claudia! Todo debe mantener un orden – le tendió una hoja y la invitó con un gesto a sentarse a su lado. —Escríbeme la trama.


Ella le lanzó una mirada descontenta.


— ¡En breve! Sin rodeos ni explicaciones – añadió él con severidad, utilizando un tono que no aceptaba objeciones.


La voz de su padre se desvaneció en el aire. La imagen de su juventud se disipó, devolviendo a Claudia al silencio helado de aquel despacho vacío. Aún podía ver la firmeza de su rostro como si lo tuviera al lado.


— ¡Cuánto te extraño, papá! ¿Me podrás perdonar alguna vez todo lo que hice? – le habló al vacío, con la voz rota. —¿Me perdonarás haber sido una mala madre?... Que no la pude detener… – susurró mientras las lágrimas volvían a anegar sus ojos. —¡Por favor, cuida de ella, papá! Ya que yo no supe hacerlo bien… ¡No la dejas sola en la oscuridad! Le daba tanto miedo…

Se dejó caer en la silla y rompió a llorar sin consuelo. Habría preferido mil veces que aquel entierro fuera el suyo y no el de su padre, pero, como solía pasar, no tenía esa suerte…


El día siguiente fue el entierro. Llovía. Mucha gente había acudido a despedirse de su padre. Jack también estaba allí con su nueva mujer, luciendo un embarazo evidente que demostraba la prisa que él había tenido en rehacer su vida. Claudia caminaba sola entre la multitud, que la observaba con indulgencia; ahora, su presencia sólo les provocaba lástima. Avanzaba con la mirada fija en el suelo, empapada por la lluvia, sin tan siquiera un paraguas bajo el que refugiarse. Nadie veía sus lágrimas: se fundían con las gotas de la llovizna.

Su madre se acercó intentado darle un paraguas y la regañó en voz baja para que nadie la escuchará:


— ¡Tómalo! ¡No andes así, como una indigente! ¿Qué va a pensar la gente?


— ¡Me da igual lo que piense la gente! Tú ya te encargaste de eso hace tiempo… ¿Por qué me temías tanto, mamá? ¡Yo nunca fui tu rival, sino alguien que te quería sin medida!... hasta que me di cuenta de quién eres realmente – la voz de Claudia sonó seca.

La miraba a los ojos, pero su madre no tuvo la valentía de sostenerle la mirada y desvió la vista por los alrededores. Claudia prosiguió con una sonrisa irónica:


— Ya estarás contenta, ¿vedad? Conseguiste lo que querías…


— ¡¡Basta ya!! – siseó su madre con el rostro desencajado por la ira. —¡Yo no tuve la culpa de que no supieras cuidar de tu propia familia! ¡Tómate la medicación! ¡Siempre fuiste una loca y una desagradecida!... ¡Una egocéntrica a la que sólo le importaba ella misma!... ¡No intentes culparme a mí de tus fracasos!


Hizo una mueca de desdén y abandonó la contienda. No era momento para disputas. Tampoco tenía ganas de remover el pasado ni de escuchar las fantasías de una demente. La gente ya veía cómo era su hija, y también sabía lo que había pasado... ¿Para qué ensuciarse las manos?

Claudia ya no representaba una amenaza para nadie; se había convertido en una mera sombra. Ya no despertaba la envidia de quienes la rodeaban. Su cuerpo, ataño hermoso y erguido, ahora estaba encorvado bajo el peso insoportable de la culpa que llevaba consigo. Su abundante melena había perdido aquel brillo sedoso del pasado. Sus ojos ya no miraban con desafío; esa mirada audaz se había esfumado junto a la sonrisa juguetona que la caracterizaba. Era una Claudia completamente distinta, marchita, que aparentaba muchos más años de los que tenía. Una mujer hundida, en el abandonado y la desdicha. Un ser muerto en vida.


De pronto, Jack se aproximó para ofrecerle sus condolencias y cederle su paraguas. Ella le dio las gracias y lo aceptó. Abrió el bolso, sacó el frasco de sus tranquilizantes y se tragó un par de pastillas. Las consumía cada vez con más frecuencia, intentando aplacar la depresión que la consumía.

Conversaron un rato. Él le pidió disculpas por su conducta pasada y por todo el sufrimiento causado. Sin embargo, aquel daño no se remediaba con un simple “lo siento”, era una herida demasiado profunda. Le confesó que los errores cometidos aún atribulaban su mente; que todavía la amaba; que tal vez el destino habría sido otro si él hubiese tomado decisiones diferentes. Le aseguró que nunca la olvidará, que ella y Ellie eran lo mejor que le había pasado en la vida, y que ahora él tampoco era feliz… Llegó a reconocerle que a veces pensaba en dejarlo todo y regresar solo a San Francisco. Seguía trabajando como corredor de seguros y el rugby ya era sólo parte de su pasado. Lo que vivieron juntos lo había marcado a fuego.

Claudia le respondió que ya no creía en el amor ni en la gente, y que por eso prefería la soledad. Se odiaba a sí misma por haber sido tan ingenua, por no haber poder salvar al único ser que la amaba de verdad y la hacía feliz. La ausencia de Eleonor seguía siendo una carga insoportable; incapaz de soltar el ayer, continuaba atrapada en él. Le admitió que intentaba perdonarlo con todas sus fuerzas, pero no lo lograba; justo cuando más lo necesitó, él jamás estuvo. No sabía como olvidar esa extraña manera suya de amar, destruyendo todo a su paso. Había aprendido que el amor no existe; que sólo existen las conveniencias y que, en cuanto dejas de ser útil, dejas de ser prioridad. Te conviertes en una opción… ¡una simple opción entre tantas!

En ese instante, apareció la esposa de Jack. Le dio sus condolencias, tomó a su marido del brazo y se lo llevó lejos, hacia donde aguardaban la madre y los hermanos de Claudia. Allí donde lo tenía a salvo…


La vida los trató mal a los dos, víctimas de sus propias malas decisiones y de no medir las consecuencias de sus actos. Pero también, por su ingenuidad, por no haber podido ver a esas personas ocultas que nunca muestran su verdadero rostro: aparentemente “atentas” y afectuosas, pero profundamente hipócritas, que te sonríen y te alaban de frente, pero te juzgan sin piedad a la espalda, manteniéndose siempre a sólo un aliento de distancia…







10.

Claudia cogió otro bombón. Lo contempló de nuevo por todos lados con idéntica curiosidad, observando cada pequeño poro donde la cobertura de chocolate no había llegado a sellarse. Cada hueco en aquella masa aromática, capaz de despertar sus sentidos por última vez, le parecía más fascinante que nunca.

Empezó a sentirse extremadamente cansada. Un ardor sordo y un amargor metálico le ascendían desde las entrañas por el efecto de los fármacos. La mente ya no le obedecía: se volvía torpe, lenta, ajena. Se comió el siguiente bombón y decidió regresar al sillón junto a la ventana; necesitaba un refugio comodo. No obstante, alcanzarlo le exigió un esfuerzo titánico. Se mareaba; sentía las piernas como si estuvieran hechas de plomo y esos tres escasos pasos se convertían en una travesía inalcanzable.


El aguacero amainó hasta convertirse en un tenue chispeo. Pronto todo iba a terminar… El dolor de espalda, la pesadez en la cabeza, la pesadilla infinita... Todo llegaba a su fin. Lo sentía con absoluta certeza y un hondo suspiro de alivio. Se desplomó en el sillón, reclinó el cuerpo y tomó varios respiros profundos. Fue entonces cuando un sopor lívido y denso, una anestesia glacial que le invadía el pecho y silenciaba paso a paso el latido de su corazón, se le adhirió a los huesos. El veneno tejía su mortaja de quietud con una elegancia implacable. Cerró los ojos por un segundo. Sólo necesitaba descansar…

Y de pronto, con una nitidez abrumadora – demasiado real para ser un simple sueño, – se trasladó a otro mundo.

Primero escuchó una voz... Una voz sumamente conocida y querida, cuyo dueño no alcanzaba a reconocer. Las palabras llegaban desde muy lejos, distorsionadas. Prestó toda su atención intentando descifrar el eco, hasta que finalmente las escuchó con claridad:

„Le corps droit! Tête haute…Claudia!! Tu es toujours dans les nuages, ma chérie!“

(* „El cuerpo recto. La cabeza alta… ¡¡Claudia!! ¡Siempre estás en las nubes, cariño!“)


Una leve sonrisa se dibujó en los labios de la mujer, que intentó enderezar su postura en el sillón. Sus movimientos eran ya pesados, extraños, desarticulados por la lenta renuncia de sus músculos… ¡Pero le encantaba esa voz! Pertenecía a alguien a quien amaba con el alma: Madame Bissette, su primera profesora de danza. Ahora estaba otra vez allí, a su lado, y el tiempo parecía haberse rebobinado. ¡Todo era como cuando era niña! O no, no exactamente como antes… era mejor. En aquel entonces Claudia no había sabido valorar esos momentos de felicidad que tan a menudo se disfrazaban de estrictas obligaciones. Su rostro reflejaba una paz profunda; sus ojos ya se encontraban en otra dimensión.

Miró hacia la ventana. Allí, en el banco de cemento, bajo el enorme pino, estaba su padre. Lucía un traje nuevo y una corbata preciosa. ¡Tan elegante! ¿A dónde iría? A él nunca le habían gustado las corbatas; sólo las usaba para las ocasiones más solemnes. No llevaba paraguas y las gotas de lluvia caían sobre él, mojándolo. A Claudia le brotó una chispa de preocupación. Él consultó su reloj. El pelo despeinado que tenía de costumbre le hizo gracia y sintió una inmensa ternura al verlo.

“¿Tendrá prisa otra vez? “, pensó. “¡Siempre su trabajo! …“

Pero giró la cabeza un poco más hacia la izquierda, y justo al lado de él, vio a Eleonor. Los ojos de Claudia se dilataron por la sorpresa, mientras la marea de tinieblas continuaba ganándole terreno al cuerpo.

La niña estaba ahí sentada en el banco, moviendo impaciente sus piernas en el aire porque todavía no llegaban al suelo. Su pelo rubio estaba recogido en dos largas coletas, tenía puesto su vestido azul favorito y se veía tan bella y perfecta como en los recuerdos de Claudia.

Eleonor tiró de la manga de la chaqueta de su abuelo y le preguntó algo. Él le señaló con el dedo a Claudia, que los miraba por detrás del cristal. La niña levantó la cabeza y vio a su madre. Se miraron a los ojos y sonrieron.

Con sus últimas fuerzas, Claudia levantó el brazo y dibujó con el dedo un corazón en el cristal empañado. Un corazón distorsionado, que no pudo terminar. Su brazo cayó sin resistencia. Ya no se podía mover más. Su cabeza cayó a un lado y, en un suspiro final, cerró los ojos. Para siempre…


Cuatro días después la encontraron su amiga Margot, que había venido a verla, y una vecina. El cuerpo, que había empezado a descomponerse, desprendía un hedor penetrante y denso, la triste huella de la materia abandonada. Nadie más supo de su muerte. Del corazón incompleto que dibujó en el cristal durante su último aliento, sólo quedó en una marca opaca sobre el vidrio ya seco. La luz tibia del sol que entraba por la ventana lo atravesaba en silencio... Nadie lo vio. A nadie le importó. Su último gesto también fue entregado al vacío, disolviéndose en el olvido.







Prórroga

1976


Todo es blanco... Un blanco deslumbrante, irreal. Hasta donde alcanza la vista, sólo se percibe este blanco infinito. No hay ni cielo, ni techos, ni paredes … Nada más que personas en medio de esta luminosidad. Un lugar muy extraño. Transmite una inmensa tranquilidad, orden y silencio. A lo lejos se distingue un grupo de gente en trajes blancos, como monos ajustados al cuerpo, todos iguales, esperando serenamente de pie, sin hablar entre sí. Pasan uno por uno y hablan con cuatro personas al frente del resto: ¿mentores, profesores? … No lo sé. Son dos mujeres y dos hombres, aunque los más activos son los del centro: el calvo con gafas y la mujer rubia. Su melena llega hasta los hombros, tiene poco pelo, casi liso, aparenta unos cincuenta o sesenta años, no está bien peinada, algo descuidada. El hombre también aparenta la misma edad, o incluso algo mayor. La mujer lleva una chaqueta roja convencional y el hombre otra, de color negro. Es muy extraño, ¿por qué están vestidos de forma tan "normal" en medio de esta anormalidad? Incluso la mesa delante de ellos es blanca. No puedo ver las sillas en las que están sentados. Ni sé exactamente qué hago yo aquí. Parece que nadie me ve. O, ¿simplemente me ignoran? ¿Será sólo una grabación lo que estoy observando? No lo sé, pero de alguna forma me siento "dentro" de ella...

"Claudia" está entre esta gente. Se aparta del grupo. Ha llegado su turno de hablar con "el jurado". Ahora parece diferente: joven, llena de energía, también vestida de blanco, como los demás. Se aparta del grupo y se acerca a ellos.


- "¿Qué tal, "Claudia"?" – dice el calvo – Te tomó mucho tiempo recupérate esta vez...


- "Así es. Estaba destrozada... Necesitaba pensar. " – agacha la cabeza.


- "En vez de solucionar las viejas culpas, te hiciste muchas nuevas, ¡gracias a la manipulación de los demás, de nuevo! ¡Nunca aprendes, "Claudia"! ..." - suspira.


–"Lo sé... "- responde ella. – "Jugaron muy sucio esta vez. Y cuando estoy abajo me cuesta ver la realidad… Los sentimientos me impiden ver la verdadera cara de las personas. Me confunden... El ego es muy difícil de dominar. Me cuesta distinguirlos de los humanos cuando estamos allí. Son muy buenos impostores, muy 'perfectos'"... - explica.


- "Pero unos cuantos de "ellos" ¡son siempre los mismos, "Claudia"! ¡Durante todas tus vidas!" - gesticula con ambas manos el hombre, impaciente. - "¿Y cómo piensas solucionarlo? Ahora tienes muchos más pecados por pagar, aunque no sean tuyos. Tampoco podrás ver la realidad. Tu mente te pondrá en el roll de víctima, para que sigas alimentándoles con tu energía. Y no queda tiempo para liberarte de tantas culpas... ¡El momento más esperado de todos, ha llegado! Así nunca lo conseguirás…"


- "He tenido mucho tiempo para pensar en ello. Tengo un plan... Lo he mencionado en mi proyecto."


El hombre asiente con la cabeza y mira hacia abajo, sobre la mesa, donde se ilumina una pantalla . "Claudia" continúa:


- "Primero, despertaré el avatar, para poder devolver los pecados a los culpables y, sobre todo, a "ellas". Después, será más fácil cumplir mi propósito. Me vengaré de estas tres mujeres que mataron a mi hija y destrozaron mi vida. ¡Esta vez, lo conseguiré! Y más aún, una de ellas entonces..., ¡fue mi propia madre!" - parece muy enfadada ahora. Toma aire y se queda en silencio por un momento. Luego sigue: - "Vi la grabación… Pero vosotros ya habéis visto esto, antes que yo... Estando abajo no tenía paciencia por volver aquí y ver por qué fracasó mi plan... ¡"Ellas" usaron a una hechicera para conseguir lo que querían! Otra vieja enemiga... Todo el mal que hicieron fue por envidia y sus propios intereses. ¡Fue intencionado y además usaron fuerzas de magia negra! Y no pagaron su merecido. Nacieron de nuevo..."


-"Ya le hemos quitado los poderes a la hechicera."- la interrumpe el hombre, apoyando su espalda en la silla. - "En realidad, se los quitó sola por no utilizarlos correctamente."


- "Pero por lo que hicieron, ¡tuvieron que morir, para siempre! ¡¿Por qué con "ellas" esto no ocurrió?! … El destino de Eleonor, ¡no era morir!" - todavía le cuesta entender qué falló ¿Dónde estaba el error? - "La brujería fue lo que me descolocó y no pude levantar más la cabeza. Y "ellas" sabían que esa era la única manera de arruinarme, de tenerme, echándome más culpas para no poder escapar de esta cárcel en la que convirtieron la Tierra, todos como "ellas"... " - está enojada, pero sabe controlarse, no alza la voz, habla con seguridad y firmeza. - "Y aunque la hechicera consiguió casarse con él, luego, por medio de este "trabajo" que hizo, él la dejó con el bebé. El plan de "ella", también fracaso. Porque la hechicera tuvo que hacer que él volviera con la mujer que dejó casi antes del altar. Le prometió que lo haría, pero como lo quería para sí misma, no cumplió su promesa. Él, igual que yo, posee mucha energía, de la cual no se quieren privar. Nos necesitan ... ¡Pero no van a conseguir alimentarse de nuestras energías más, desviándonos sus pecados para tenernos presos! ¡No vamos a dejar las cosas así! Lo estábamos pensando durante mucho tiempo. Tenemos un plan... Cuando terminemos con "ellas", ayudaremos a todos los humanos a transformarse para deshacerse de identidades como estas. Pero primero me vengaré por Eleonor. ¡Se lo debo!.... ¡El plan que hicimos antes era diferente! Y parece que "ellas" lo sabían y querían sabotearlo... Pero esta vez, ¡lo conseguiremos!"


"Claudia", parece no entender todavía, porque aunque los hechos de "ellas" fueron malignos e injustos, no pagaron lo que se merecían . . .


- "Este castigo lo tiene que activar el nuevo avatar ahora, "Claudia", para que se cumpla…. Tú no hiciste nada antes, sino aceptaste las culpas que te echaban. Él se tiene que dar cuenta. Ahora, te será mucho más difícil. ¿Cómo harás que el nuevo avatar se entere de todo esto, para que te pueda ayudar?"


La cabeza de ella se ilumina: "¡Claro, el castigo dependía de también! Cada uno recibirá lo que se merece, ¡sólo si yo lo veo y lo deseo!"


- "Sabes que nosotros no podemos hacer mucho, sólo sincronizar los eventos que vosotros activáis…" - continúa el hombre - "¡Estas son cosas vuestras! De vosotros depende todo. Y que cada cual reciba su castigo, también.

El momento de todos los humanos a llegado, de liberar las culpas que llevaban durante toda su existencia en la Tierra. ¡Será un gran logro para todos los que consiguen salir del nivel más difícil!"


- "Sí, ¡estoy emocionada por ello! Por fin, llegó el momento en que “ellos” pagarán por todos sus crímenes cometidos durante su experiencia aquí... Pero muchos de “ellos” también van a dejar de existir…, y hubo gente a la que he querido entre "ellos"" - suspira con tristeza. - "Espero que algunos podrán cambiar para salvarse."


- "No debes sentirte mal por eso. Algunos se salvarán, claro...¿No era esto una parte de tu plan?..." - la mira, esperando una respuesta.


Claudia sonríe:


-"Tengo algo pensado, pero no sé si funcionará."


El calvo prosigue :


-"Tu plan está bien elaborado, has utilizado todos tus conocimientos adquiridos durante todas tus vidas. Esperamos que lo consigas esta vez. Muchos de vosotros ya ven que una parte no tan pequeña, se alejó de sus almas y dejó de ser humana, hace muchísimo tiempo. Ahora se transformarán en otras existencias y comenzarán el ciclo de nuevo ... “Ellos” nunca quisieron cambiar… No fue culpa nuestra, sino suya. Ha llegado el momento del pago, no se puede hacer nada más. ¡Tienen que pagar y vosotros, los humanos, tenéis que solucionarlo! Poner a cada uno en su sitio... "Ellos" jamás intentaron aprender y hacían que todo girara, durante tantas vidas, sólo en su propio interés. Todo giraba alrededor de sus egos… La meta de todos aquí es eliminar el ego para poder elevar vuestras vibraciones y abandonar este mundo tan hostil..." - pasa los dedos por su cabeza, aplastando los pocos pelos que le quedan. - "Demasiados bajos instintos y mucho ego, "Claudia". Esto fue lo que los destruyó: su incapacidad de amar y su constante búsqueda de provecho personal en todo lo que hacían ... Pero, ¡cuéntame tu plan! ¿Cómo piensas lograrlo?" – la invita con un gesto y le lanza una mirada intrigante.


- "He preparado una trampa... " - comienza "Claudia" con una sonrisita pícara. - "Para “ellas” y para mí, también..." – se ríe. – "Una trampa para pagar lo que nos queda."


La miran sorprendidos.


-"¿A qué te refieres?" – por primera vez habla la mujer rubia.


- "He combinado dos pruebas en una, para el avatar. Va a ser duro... Pero para “ellas” esto va a ser la trampa…y la prueba más importante: ¡su examen final!... Voy a hacer que el avatar se sacrifique por "ellas" y otras personas, que no lo merecen. Además, le van a echar toda la culpa por los desastres que ellos mismos provocaron y provocarán... ¡Como siempre!" - dice ella, sonriente - "Les conozco tan bien que he apostado todo mi futuro progreso en esto! Estoy segura de que van a hacer lo que han hecho siempre conmigo: ¡intentar a destruirme! Me odian profundamente. Pero necesitan mi energía vital. Por eso mismo, intentarán echarme otra vez sus pecados a pagar. El dolor que va a experimentar el avatar al ver la verdadera cara de la gente por la que se ha sacrificado lo despertará. Y así, aparte de escucharme, va a empezar a comunicarse conmigo. Lo tendré más fácil para cumplir mi propósito. Le ayudaré como pueda... Podrá ver las verdaderas caras de "ellos", pero sólo en algunas ocasiones - cuando intentan esconderlas. ¡Va a ser divertido, para él! Pero también muy útil. "Ellos" son muchos y harán todo para sabotear el proyecto. Creo que ya se han dado cuenta de lo que les espera." - los mira con triunfo. Le parece muy buena la idea, aunque es muy arriesgada. Todos estos cálculos precisos dependerían de un hilo muy, muy, finito, llamado intuición.


- "¡Esta bien pensado! Vas a liberarte de las culpas ajenas de este modo. Lo que, por otra parte, dominará tu ego y te permitirá ver el mundo y a la gente tal y como son, sin apegos, sin distorsiones. Pero va a durar bastante tiempo, te parecerá un milenio allí abajo. Va a ser un infierno para el avatar y para ti también... No te quedará energía para seguir con el resto del plan, la parte más importante… Y no vas a ser tan joven, entonces... No sé cómo lo harás..." - el hombre se rasca la barbilla. - "Pero no veo otra opción..." - alza los hombros.


- "Espero, poder manejarlo…" -responde "Claudia", después explica: - "Cuando todos estén en contra mía, hablen mal de mí y me juzguen sin tener culpa, esto desviará parte de sus energías vitales a mí, y será una cantidad muy importante de sus energías, ya que viene con los intereses del pasado. Así, tendré muchísimo más energía vital que antes para poder realizar todo. Y "ellas" se quedarán con muy poca.... Pero suficiente para tener la misma vida infernal que hicieron que yo tuviera.., gracias a "ellas" y la hechicera. Gracias a su instinto insaciable de poseer..."


- "Me parece bien el plan. Pero, ¿no tienes ninguna duda de que "ellas" pueden sabotear tu proyecto reaccionando esta vez de una forma diferente?" - el hombre apoya su cabeza con los dedos y la inspecciona con la mirada.


-"¡Ninguna! Ya he visto que son incapaces de cambiar desde que las conozco. Teníais razón antes cuando me decíais que “ellos” nunca cambiarán porque no quieren. Lo vi por mí misma muchísimas veces. ¡Qué lastima que no lo acepté antes! Tuve que pasar por lo peor para darme cuenta... ¡Qué ingenua fui, pensando que el amor les podía cambiar!"


-"Me alegro que ya lo tengas todo claro. Pero, Claudia…" - el hombre hace una pausa para darle más importancia a lo que va a decir: - "¡No gastes ni tiempo, ni energía en advertir a la gente para los exámenes que vienen! De todos modos, no puedes ayudarles, no te escucharán, estarán bloqueados por sus subconscientes. Controla bien tu avatar. Porque no hacerlo te desviará de tu misión... Mantente al plan, porque tienes mucho trabajo por hacer y te quedará poco tiempo y muchos enemigos. Tus aliados van a ser, como siempre, los humanos. Esta vez, no puedes confundirte, sino, fracasará todo el proyecto. ¡Fracasaremos todos!"


- "¡No quiero que los humanos sufran tanto! Ya han sufrido bastante .., les quiero hacer el dolor más leve. Quiero que cambien antes de los dichosos exámenes." - "Claudia" intenta justificarse. - "Me duele verles sufrir. ¡Me duele, igual que ellos!..."


-"¡No debes! Aparte, es imposible conseguirlo antes de tiempo. ¡Nadie cambia sin dolor, "Claudia"! Aunque les digas lo que les espera, no te harán caso, ni tampoco avanzarán si ellos mismos no toman sus decisiones. Están programados para repetir sus mayores errores. Además, podrías perjudicarles más… Cada uno de vosotros ha hecho su plan, sólo hace falta cumplirlo. Se trata de aprender de este dolor para pasar al siguiente nivel. La humanidad lo va a conseguir, no dudo en ello. Suspenderán solamente algunos de “ellos” y los transformaremos, no tenemos otra opción. No nacerán de nuevo. Se gastaron todas sus vidas en vano..." - el hombre calvo aprieta los labios, alza las cejas y la mira otra vez. - "... Ya has elegido nombre, padres, país…, como siempre. Solamente me queda decirte: ¡Te deseo lo mejor!" - sus labios se estiran en una cálida sonrisa.


- "¡Muchas gracias, a todos! Haré todo lo posible para no decepcionarles." - "Claudia" también sonríe. Después, añade: - "Mis nuevos padres ya me están esperando… Tengo que irme."


-"¡Bon voyage!" – le dicen todos a la vez.


- "¡Y no pierdas el contacto!" - incluye la mujer sonriente también.


-"¡Gracias! Pueden confiar en mí." - contesta "Claudia" y les guiña el ojo.



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