top of page

La última fase

  • Foto del escritor: Nelson R.
    Nelson R.
  • 24 may 2023
  • 7 min de lectura



Sobre la cima de la montaña, se erguía como un titán de piedra el castillo gótico, rodeado de bosques que susurraban secretos antiguos. Abajo, el mar rompía con melancolía contra las rocas cantando su eterna canción. Al caer la tarde, la bruma abrazaba las torres y muros, entrelazándose con los ecos de un pasado muy lejano que había dejado marcas imborrable. De noche el cielo se transformaba en un lienzo sombrío donde las constelaciones envolvían la fortaleza en una manta de luces titilantes.

Semanas atrás, la luna llena había brillado con una intensidad hipnótica, resplandeciendo en cada rincón con un halo de enigma. Su presencia dominaba los cielos y las mentes humanas, despertando pasiones y anhelos ocultos bajo su luz plateada. Eran tiempos dominados por el mito del amor romántico, una corriente febril que empujaba a las almas a buscar la felicidad absoluta, desafiando a cualquier límite y convirtiendo el deseo de amar y ser amado en la mayor razón de la existencia. Es en esta fase lunar cuando las decisiones previas se materializan en actos que sellan destinos. Durante estos últimas noches de su plenitud, Katharina apenas había podido conciliar el sueño hasta que la luna se ocultaba. La fuerte tensión de la luna la transformaba: se mostraba nerviosa, de mal humor y esquiva, encerrándose en sí misma. Sin embargo, cuando la tensión cedía, recuperaba la simpatía y el encanto que la convertían en la joven más magnética de toda la región.


Katharina era una joven tan atractiva como inteligente; le apasionaba leer y ya había devorado casi todos los libros de la biblioteca. Su pelo rubio caía en preciosas ondas sobre los hombros y la acariciaba hasta la cintura. Se parecía al heno en tiempo de cosecha: dorado y luminoso. Sus labios jugosos solían abrirse en una amplia sonrisa que mostraba sus dientes blancos, haciendo que su rostro pareciera el de un ángel caído del cielo. Como la hija más querida del Conde, manejaba a sus numerosos pretendientes a su antojo, divirtiéndose mientras ellos se desvivían por satisfacer cada uno de sus caprichos para sacar siempre su propio provecho.


De todos sus hermanos, Katharina tenía una relación muy estrecha con la mayor, quien había regresado al castillo junto a su esposo para pasar una larga temporada. Siempre acudía a ella para contarle sus secretos y pedirle consejo. Su primogénita hermana la quería profundamente y muchas veces ponía la mano en el fuego por ella, defendiéndola y excusándola cuando era necesario. Tenían un vínculo tan estrecho que despertaban la envidia ajena. Las malas lenguas, de vez en cuando, soltaban algún chisme sobre Katharina, pero ella nunca les hizo caso, siempre permaneció a su lado.


Dos semanas después del aquel inicio, Katharina se encontraba en el cuarto de su hermana, ubicado temporalmente en una ala apartada y silenciosa del castillo por recomendación medica para favorecer su descanso. Sentada junto al lecho leyendo algún libro, la cuidaba con esmero, pues últimamente la salud de la primogénita se había quebrado: sufría de vómitos, calambres musculares y un constante hormigueo en las extremidades. Su rostro lucía cada vez mas pálido, había adelgazado drásticamente y los últimos dos días ni siquiera podía incorporarse. Katharina se había encargado de atenderla personalmente, asegurando al servicio que solo se trataba de un breve malestar pasajero. Le preparaba infusiones, le secaba el sudor de la frente y vigilaba cada uno de sus movimientos.


— ¡Kathi, por favor, cierra las cortinas, tesoro! Entra mucha luz... – susurró la convaleciente.


La joven se levantó sin decir palabra y cumplió con lo solicitado. En este momento, el marido de la enferma, entro en la habitación; acababa de regresar de un viaje de negocios junto al Conde. Verla tan mal lo inquieto considerablemente.


— ¿Qué le pasa? ¿Cuánto tiempo lleva así? ¿Por qué no ha ido alguien por el médico? – soltó él en un solo suspiro de desesperación, acercándose a la cama.


— Hace una semana que está tan mal. – respondió Katharina. – Yo cuido de ella… Ahora mismo le haré una infusión. ¡Tú no te preocupes, Erik!


— Yo mismo iré a traer al doctor. – declaró el hombre con urgencia. —¡Tú, no te apartes de su lado, Katharina!


Se agachó hacia su esposa y le dio un beso en la frente. Tomó su mano entre las suyas, la miró con cariño y trató de darle ánimos:


— ¡Te pondrás bien, mi amor! ¡No te preocupes! ¡Yo me encargo a partir de ahora! Ya estoy aquí…


La mujer esbozó una leve sonrisa y asintió.


Katharina salió de la habitación de prisa para preparar la bebida. Echó un poco de miel en la taza con las hierbas y regresó al cuarto. Su hermana estaba sola. Katharina le ayudó a incorporarse un poco, colocando una almohada detrás de su espalda. Le entregó la taza, sonrió y le acarició el cabello :


— ¡Te vas a poner bien! ¡Bébelo todo, mientras esté caliente!


Tras unos cuantos tragos la enferma bajo la taza.


— ¡No puedo más! Estoy tan cansada…


— ¡Termínatelo todo, hermana! – insistió Katharina.


Ella asintió y comenzó a beber de nuevo. La acabó, pero justo cuando entregaba el recipiente a Katharina, una violenta arcada la hizo vomitar. La joven se mostro alarmada, empezó a limpiarla y cambió las sábanas por unas limpias, mientras le hablaba con su dulce voz:


— Ahora vendrá Erik y todo estará bien. ¡Tú, no te preocupes! ¡Todo estará bien!... Te traeré un vaso de agua, ¿quieres?


— Si, ¡por favor, cariño! Necesito beber agua… – murmuró. —¡Eres tan buena conmigo, Kathi! No sé que haría sin ti…



Katharina fue por el agua y se la llevó. Su hermana la bebió y se quedó se dormida. Katharina se sentó al lado de la cama de nuevo, ojeando el libro mientras la observaba de reojo. Después de un tiempo, se levantó, la tapó bien y salió del cuarto. Con el corazón desbocado, se dirigió a la bodega; sus pasos eran pequeños, rápidos y sigilosos. Al entrar, cerró la puerta apoyando todo su cuerpo en ella, dejando escapar por fin el aire que contenía. Necesitaba huir por un instante de la atmósfera asfixiante. Luego, encendió una pequeña palmatoria de metal y se sirvió un vaso de vino en una copa de cristal. Tomó apresurada un sorbo y se dejó caer en una silla. Entumecida, observaba las sombras que danzaban en las paredes con la luz tenue de la vela, mientras un miedo terrorífico a lo inevitable intentaba apoderarse de ella. Las manos le temblaban mientras daba sorbo tras sorbo al vino, queriendo calmar su mente ante tanta agonía.

Sin embargo, tras el temblor una fría claridad se abrió paso en sus pensamientos. Así como marchaban las cosas, Erik pronto iba a ser suyo. Sonrió como una ganadora. Tomó otro trago y una sombra pasó por su mente, su sonrisa se quedó congelada: sabía que no lo quería.

El sabor intenso y denso del vino se mezclaba con la tristeza y la confusión que sentía. Pensaba en los momentos compartidos con su hermana, y una lágrima solitaria rodó por su mejilla. ¿Cómo había sido capaz de llegar a este punto? ¡Cómo había permitido que su ambición la arrastrará a aquello! La culpa y el temor a lo que venía se mezclaban en su interior.

Levantó la copa para brindar en la penumbra, aunque no sabía bien por qué, y el tintineo del cristal al chocar contra la pesada mesa de madera resonó en la bodega vacía. Cada eco parecía burlarse de su desesperación.

Se sirvió más vino, esta vez con manos más firmes, obligándose a mantenerse fuerte. Su mente vagaba entre recuerdos y pensamientos oscuros, mientras la luna, que ahora apuraba su fase menguante, brillaba débilmente a través de la pequeña ventana, prometiendo que el viejo orden terminaría pronto.

Al subir de regreso hacia el dormitorio, la voces contenidas la hicieron apresurar el paso. Justo cuando Katharina empujaba la puerta de la habitación, vio al médico que ya había llegado con Erik, agachar la cabeza mientras decía:


— Ya no puedo hacer nada… ¡Lo siento! Ya está muerta.


Los ojos de Erick se ensancharon y su semblante palideció por completo.


— ¿¿De qué?? ¡Hace apenas dos semanas gozaba de una salud perfecta! – casi grito el marido, negándose a aceptarlo.


El médico empezó a examinar el cuerpo de la mujer. Palpó sus extremidades, extrañado por la inusual y prematura rigidez que ya congelaba sus dedos y observó las sutiles manchas oscuras que florecían bajo la piel de su cuello. En este momento, Katharina entró del todo en la habitación con la copa en la mano, paralizada por la escena.


— Veneno. – concluyó el médico con gravedad. —Probablemente arsénico…


Las palabras cayeron como losa de porcelana en la habitación. Katharina se tensó conteniendo el aliento durante un segundo que pareció eterno, antes de que sus ojos se llenaron con lágrimas por el temor. Agachó la cabeza de inmediato y comenzó a sollozar:


— ¡Mi pobre hermana! … ¿Quién habrá sido?



El rostro de Erik endurecido por los años y las batallas, tembló ligeramente. Apretó los dientes con furia y proclamó con la voz quebrada por el dolor:


— ¡Atraparé a quién haya sido y lo mataré con mis propias manos! Yo la quería…


La copa de cristal se resbaló de las manos de Katharina, estallando en mil pedazos contra el suelo. El agudo estrépito del vidrio haciéndose añicos se le metió en la cabeza, y la joven se tapó los oídos con las palmas de las manos, intentando bloquear el ruido que parecía multiplicarse en el aire. El vino tinto se expandió rápidamente, formando una mancha oscura, como un reguero de sangre, en su precioso y costoso vestido…

La habitación quedó envuelta en una penumbra silenciosa, donde el único sonido era el latido acelerado del corazón de Katharina. El doctor comenzó a murmurar una breve oración por el alma de la difunta. Erik seguía hundido en su dolor mirando el cuerpo de su esposa. En ese instante, Katharina apartó los ojos del suelo y clavó la mirada en el ventanal, donde por una raja entre las cortinas se veía el hilo de la luna traicionera.

Afuera, aquella brecha dorada recorría su última fase menguante, escondiendo su último hilo de luz en la tenebrosidad de la noche. ¡Hermosamente magnifica y pequeña!, como un hilo de oro que se apagaba entre las estrellas, marcando el final definitivo de una vida. Mañana la noche sería completamente negra antes de que una luna nueva diera comienzo a un ciclo completamente desconocido…











Comentarios


Formulario de suscripción

¡Gracias por tu mensaje!

©2020 por Poesía y algo más. Creada con Wix.com

  • Facebook
  • Twitter
  • LinkedIn
bottom of page