Entre escombros
- Nelson R.

- 10 ago 2023
- 23 min de lectura
Actualizado: 12 jun
¡Hoy tengo el día libre! Pienso relajarme del ajetreo de la semana caótica. Todo el día a mi entera disposición, para, básicamente, ejecutar un concierto filarmónico de rascado de nísperos a dos manos. Por la noche, unas cervecitas mirando el partido de tenis, mientras preparo una cena rápida para cumplir con el expediente y evitar que mi mujer me mire como si fuera un parásito al llegar. ¡Todo el día para mí! Qué gozo.
Con este plan celestial en mi mente, me levanto para asearme y empezar el día con una gran sonrisa, tarareando una melodía de reguetón pegadiza que se me pegó a la mente ayer como un chicle en el pelo. De repente, el teléfono pita. ¿Quién coño se atreve a bajarme de mi trocito de cielo?, me pregunto con fastidio. Un WhatsApp. ¿Tan temprano? La radio mental con el contante refrán de reguetón repitiéndose en bucle se apaga de golpe con un chirrido desagradable. Seguro que es Elena. Cojo el aparato y abro la aplicación. ¡¡Un audio de dos minutos!! En ese instante mi día libre sufre un paro cardíaco y comienza a oler a moribundo. ¡Dos minutos! Mi mente colapsa viendo cómo mis expectativas de paz huyen por la ventana. ¿Lo escucho ahora, o después del café?… Mejor luego. Mi cerebro aún no está preparado para gestionar tragedias sin anestesia. ¡Necesito cafeína!
Dejo el teléfono sobre la mesa como si fuera un artefacto de dinamita con la mecha corta. Intento seguir con mi rutina matutina, ignorando la bomba latiente, pero el perpetuo tic-tac del reloj me come por dentro. Mi buen humor ya me está diciendo adiós con la mano desde un descapotable en marcha, dejándome solo con un crujido de dientes y una tensión en la mandíbula. Mis viejos empastes y los dos puentes que tengo en la boca tiemblan de puro miedo, temiendo por su propia vida. Intento calmarme, pero el maldito audio me sabotea desde la distancia. Me entra una paranoia ligera; me parece ver los ojos de Elena vigilándome mientras sacude la cabeza con desaprobación. Un presentimiento cosquillea mis neuronas alteradas: ¡mis planes se van directo a la mierda!
Entro al baño y abro el grifo del agua fría al máximo. Mientras me lavo la cara para espabilarme e intentar recuperar un mínimo de lucidez, me miro al espejo. ¡La barba me ha crecido de forma amenazante desde que entró la notificación! Parezco un ermitaño. ¿Me afeito? ¡Ni loco! Si es mi día libre, tengo derecho a parecer un náufrago. Pero el agobio sigue ganando terreno. Salgo del baño y me asomo al dormitorio. ¿Y si me vuelvo a meter bajo las sábanas y finjo un coma de repente? Bufo. Ni yo mismo me creo que mi conciencia me vaya a dejar pegar ojo.
Finalmente, me siento en la cocina con la taza en la mano. Le doy el primer sorbo al café. Ya no sabe rico: sabe a derrota. Despacio, con los dedos ligeramente temblorosos, cojo el teléfono y, con una mezcla de resignación y desgana, le doy al play. Detecto de inmediato ese toque de fingida alegría y ternura exagerada. Es su tono clásico de “ladrona de paz y atracadora de planes”. Lo sabía. ¡Adiós libertad! ¿Pero qué puedo hacer? ¡Maldita sea! Su voz empieza a desgranar obligaciones. Me recuerda – como si yo fuera amnésico, aunque la verdad es que ayer la escuché con el piloto automático y solo asentía como un perrito de salpicadero y no me enteré de nada – que tengo que ir a la reunión de padres del colegio. ¡Cómo odio estas estúpidas reuniones donde los profesores hablan y los padres fingen que les importa! Menos mal que siempre va ella… pero claro, hoy libro yo.
Y la lista de tareas sigue bajando como un rollo interminable de papel higiénico de doble cara. También tengo que hacer la compra porque la nevera tiene eco de cueva vacía, y revisar su coche porque hace un ruido raro y ha tenido que ir al trabajo en metro. Vaya, qué detalle por su parte no despertarme a las seis de la mañana para que la llevara yo. ¡Qué consideración! Casi lloro de la emoción: ¡aún me quiere! Un día redondo, vamos, pero sin donuts. Con ese tono de dulce adulación me roba el tiempo y la vida entera. Lo peor es que añade que “entiende que esto estropeará parte de mis planes”. ¡¿Parte?! ¡Se ha cargado el día entero! Tengo la firme sospecha de que le produce urticaria ver que yo descanso mientras ella trabaja. Por eso ha decidido dinamitarme el descanso por pura justicia poética.
El café ya me sabe a rayos. Me visto a regañadientes para ir a la jungla del supermercado. Pero lo juro por mi vida: ¡mi partido de tenis no me lo quita nadie! Pienso liquidar los encargos a contrarreloj y tirarme al sofá. ¡Y que nadie se atreva a respirar cerca de mí!
De camino a la tienda, distingo a lo lejos a la vecina pesada del tercero. Cambio de acera en diagonal con la agilidad de un autónomo esquivando una inspección de Hacienda, para evitar que me atrape. ¡Me pone de los nervios verla pasear a su chucho medio calvo en un cochecito de capota, como si hubiera parido un bebé con sangre azul! ¿Para qué lo saca a la calle si el pobre bichito solo se baja de su “Mercedes canino” para plantar un pino? Y con ese pelo ralo y trasquilado, si te lo cruzas a oscuras lo confundes perfectamente con una rata de alcantarilla que ha hecho un curso de modelaje.
Respiro aliviado por haberme librado de ella, pero a veces el karma es inmediato. Sin darme cuenta, me estampo de frente con Paco, al girar la equina del bloque. Ese hombre parece tener el don de aparecer siempre en mis peores momentos.
—¿Tienes un minuto? – me asalta a bocajarro. —Necesito ayuda para mover un mueble. ¡Qué alivio verte, macho!
Pienso en inventarme alguna excusa de urgencia como que tengo que asistir a un parto inminente, pero recuerdo que Paco me ha sacado de más de un apuro. Además, qué más da. Total, mi día ya está hundido en el lodo. Ayudarle puede ser la gota que colme el vaso, pero al menos tendré material para quejarme a mis amigos en el bar.
Volvemos atrás y llegamos a su casa. El armatoste que veo en el salón me espanta en cuanto cruzo el umbral. ¿Cuándo coño cambió de sofá?
— ¿En serio, Paco? ¿Ese es el mueble? ¡Parece el sofá de un ogro! ¿Por qué no has llamado a una empresa de demolición? – digo entre la broma y el llanto.
Paco sonríe y me suelta el clásico chantaje:
— Vamos, ¡estás echo un torro, puedes con esto!
Nos ponemos manos a la obra en lo que se supone que sería un virtuoso dio musical a cuatro manos. El problema es que yo pongo la fuerza de un pianista ruso y él se limita a hacer el solo del triángulo, mirando y haciendo ”clinc” con la lengua. Después de tres intentos fallidos, un par de crujidos sospechosos en mi zona lumbar y dejar algunas de las esquinas de las paredes algo destrozadas, como si hubiera pasado por ahí un rebaño de jabalíes, logramos mover el bicho a su nueva ubicación. Estamos sudando como si hubiéramos corrido un maratón con abrigos de lana.
— ¡Gracias, vecino! Te debo la vida. Ven que nos tomamos unas cervezas. – me agradece Paco.
Después va a la nevera y saca dos cervezas. Me ofrece una y me siento, pensando que al menos así rasco unos minutos de tregua. Sin embargo, Paco empieza a rajar de su mujer. ¡Como si yo tuviera poco con la mía!
— No tienes idea, tío… Anoche, me soltó que teníamos que reorganizar todo el salón porque el “feng shui” estaba bloqueado. ¡¿Feng shui?! ¡Como si mover el sofá hacia el norte fuera a conseguir que Donald Trump admita que se duerme en los juicios y que las únicas reuniones donde no se quedaba frito eran las de la isla de Epstein! ¡Se ha vuelto loca con los tutoriales en internet! Pero yo, por si acaso, calladito y tragando…
Después, me mira de reojo y me pregunta:
— ¿Has visto a la del primero B últimamente?
— Creo que no. ¿Por?
Paco se suelta una carcajada limpia, con un toque de histeria:
— Se ha hecho un tuning facial completo. Las clínicas de estética se están forrando a costa de la crisis de los cuarenta. Le han inyectado de todo en los pómulos, en la boca, en el entrecejo… cero expresión. Va a explotar si hace una mueca ja, ja, ja… ¡Se parece a una muñeca hinchable! No sabes si esta enfadada, deseosa o si se lo pasa todo por el forro.
Yo me encojo de hombros, deseando por fin acabar el calvario:
— Entonces no la he visto…
— Pues lo peor es que a la mía le ha parecido una obra de arte – sigue el discurso Paco. —Ahora ha decidido que el dinero que teníamos ahorrado para las vacaciones se lo va a gastar en ponerse los mismos labios de pato, las pestañas de abanico, esas que llegan cinco minutos antes que ella, y todo ese rollito que ahora está de moda. – El pobre hombre se lleva las manos a la cabeza, desesperado. —Nos quedamos sin vacaciones y, como no le llega el presupuesto, seguro que pide un préstamo rápido… ¡Ay, Andrés, qué puta vida tengo! El destino no se ríe de mí, ¡se descojona! Lo único que avanza en ni vida son los años…
Yo me quedo atónito, pensando que lloro por las esquinas porque me toca ir a la reunión de padres y Paco tiene un agujero financiero y una crisis estética de cojones.
— Ojalá Elena no se cruce con ella… – balbuceo, más hundido que antes.
— Olvídate, eso es más contagioso que la sarna. En cuanto una se pone morros, van todas detrás como ovejas. – concluye el vecino y apura el botellín. —Si es que ya no se valora lo natural, Andrés. ¿Y sabes lo peor? Que si se lo hace, no sé cómo coño la voy a mirar a la cara. Sin un duro en el banco y viviendo por obligación con un personaje de película de terror. ¡Y del tema de sexo ni te hablo… es que me supera!
— Bueno... – tomo un trago largo para terminar rápido con la cerveza y poder largarme: —Al menos, ahora el feng shui de tu salón es impecable Paco. – De pronto me acuerdo de un chiste y decido romper la negatividad en que estamos hundidos: —¿Sabes el chiste de las moscas?
— Últimamente no he escuchado ninguno sobre moscas, cuéntamelo – en sus ojos se ve un pequeño destello de luz.
— Se encuentran dos moscas y una le dice a la otra, toda deprimida: – empiezo yo —“¡Qué mierda de vida tía! Todo el mundo intentando cazarnos para matarnos…”. La otra le responde: “¿Qué dices? Pero si a mí todo el mundo me recibe con aplausos”, dice la otra. ¿Lo pillas, Paco? A eso me refiero. A veces para no pegarte un tiro, tienes que convencerte de que los guantazos de la vida son aplausos. ¡Es cuestión de cambiar el prisma, coño!
Paco responde sonriendo y me da unos golpecitos en el hombro, agradecido por el desahogo. Me despido a toda prisa y continúo mi odisea. Mi querido partido de tenis ya se ve borroso en el horizonte, pero al menos, ahora tengo un par de moretones para demostrar que el concepto de “día libre” es una leyenda urbana.
Después de perder una hora más de mi día de descanso en el súper, peleando con un carro con las ruedas torcidas, coloco cada cosa en su sitio y bajo al garaje a enfrentarme al coche de Elena. Lo enciendo. Escucho un silbido sospechoso en el turbocompresor, pero aplico de inmediato la lógica infalible de todo buen marido: si arranca a la primera, y no se enciende ninguna luz roja en el salpicadero, el coche no está roto. Para autoconvencerme y evitar pisar un taller, – donde sé perfectamente que me cobrarán el precio de medio riñón solo por revisarlo e inventarse alguna fuga, – decido dar una vuelta a la manzana para comprobar si la cosa empeora. Doy dos vueltas al barrio. El coche rueda y frena, gira y avanza. Suena como una cafetera industrial, sí, pero se mueve, nada preocupante. Concluyo que es apto para conducir y regreso con la conciencia tranquila al garaje. Nadie podría decir que no he cumplido con mi deber.
Elena, como siempre, exagerando las cosas! ¿Qué tan raro habrá escuchado? ¿Un ataque de asma mecánico?... Lo aparco y voy subiendo a casa. Entrando en el ascensor me suena el móvil. Lo miro. Es ella. Quiere ver si he hecho lo que me pidió… Yo, aburrido, le contesto que el coche no está mal, que funciona como siempre. Ella se altera y comienza a explicarme que soy un pasota, un negligente, un flojo, etc. Que nunca me tomo en serio lo que me pide, que siempre me quiero escaquear de las responsabilidades.
Enumera todos los sinónimos posibles de llamarme vago, incluso aquellos que nunca había oído en mi vida. Estoy convencido de que los académicos de la RAE estaban tomando notas para la próxima edición del diccionario. Ante semejante despliegue filosófico, yo me caliento y alzo la voz. Ella se ofende de inmediato y me echa la culpa a mí. Dice que conmigo no se puede hablar normal, que estoy perpetuamente a la defensiva, etcétera, etcétera… ¡Siempre lo mismo! Y si me ataca, me tengo que defender, ¿¿no?? ¡Estoy tan cansado de las mismas incesantes discusiones! Me pregunto: ¿por qué en realidad me casé?
Estando solo, ¡seguro que estaría mejor! Estoy tan aburrido de estos innecesarios dramas que corto la llamada enojado y la dejo sin terminar su frase de jueza suprema. No quiero discutir más porque constantemente la culpa es mía. ¡Necesito paz! Ella intenta llamarme otra vez, pero yo pongo el teléfono en modo avión, para que mi mente por fin pueda descansar. Saliendo del ascensor sigo andando por el pasillo hasta llegar al apartamento. Parece que he gritado un poco de más, así que la vecina de al lado me ha escuchado. La cotilla me espera con una sonrisa de oreja a oreja delante de su “celda”, como una hiena agazapada esperando su ración de carroña y lista para hacer la autopsia forense de mi matrimonio. Me saluda contenta:
— Buenos días Andrés! ¿Cómo estás? ¿Todo bien?
Tengo la certeza absoluta de que se alimenta de mis desgracias. Sé perfectamente que, como le dé el mas mínimo detalle, en tres minutos todo el edificio sabrá que he discutido con mi mujer. En este bloque las notificaciones vuelan por WhatsApp y no me sorprendería que lo pusieran como punto principal en la próxima junta de vecinos. Le refunfuño sin siquiera mirarla:
— Bien, como siempre.
Y, rápido como un lince, me escondo en mi casa. Me tiro en el sofá y pongo la tele. Me concentro en las noticias, ¡invariablemente negativas! Un panorama encantador para mi estado de ánimo. Dentro de un tiempo me acuerdo de que tengo que preparar la comida. ¡Qué malas ganas! Voy hacia la nevera. La abro. Miro los ingredientes sanos que acabo de comprar, visualizo el esfuerzo de ponerme a cocinar, miro al reloj y la cierro de golpe. ¡No tengo tiempo! Me viene una idea mejor :¿Y si llevo al niño a comer pizza? ¡Por un día que coma mal no le pasará nada!
Le recojo del colegio y el parlanchín no deja de contarme lo que le pasó hoy: con quien se peleó, qué dijo este, aquel… De repente, frena en seco, me mira muy serio y me suelta:
— Papi, hoy le pregunté a Iván si tiene hermanos.
— ¿Y qué te dijo? – le pregunto por pura inercia.
— Me dijo que no tiene hermanos pero que tiene tres padres de su primera madre y cuatro madres de su primer padre. ¡¿Te imaginas cuatro madres?! – exclama y se echa a reír.
Yo me quedo parpadeando, intentando descifrar el árbol genealógico del pobre chaval. Cuatro madres… ¡Madre mía!
— ¿Te imaginas papi, lo bien que se tiene que portar? Como para dejar la habitación sin recoger ja, ja, ja. ¡A ese no le pasan ni una! Por eso yo tengo suerte de tener solo una mamá y un papá enrollado que me va a llevar al McDonald’s, ¿verdad?
Habla por los codos, como su madre. Pienso para mis adentros que es un estratega de cuidado y que el mundo moderno cada vez me supera más. Veo por dónde van los tiros, pero al McDonald’s no lo voy a llevar, ¡que Elena me lincha si se entera!
— José, ¿te apetece comer pizza hoy? – le ofrezco una mejor opción.
— ¡Sííííí, papi! ¡Esto no se pregunta! ¡Vámonos! – comienza a saltar alrededor mío emocionado como si le hubiera tocado la lotería.
— Pero, ¡no le digas a tu madre que has comido pizza! – lo advierto, imaginándome ya el pollo que me va a montar Elena por meterle comida basura al niño, aunque es más saludable que el cheeseburger.
— Pero… ¿me compras el juego de Minecraft? – dispara el enano, intentando extorsionarme sobre la marcha.
¡Qué chantajista se me ha vuelto! ¿De quién aprende esas cosas? ¡Me va a salir más cara la pizza que una mariscada!
— ¡No! Vamos a casa entonces y te hago una tortilla. – me impongo, intentando recordar que aquí el adulto soy yo.
— ¡Nooo, paaa! ¡Me lo prometiste! – intenta manipularme este miniempresario con mochila de ruedas.
Ya soy “pa” y no “papi” ¡Qué rápido cambia todo cuando hay negocios de por medio!
— ¡Entonces me compras un helado, y no le diré nada a mamá. – cambia de estrategia y rebaja sus pretensiones para no quedarse sin la pizza.
— No he prometido nada, solo te pregunté. – aclaro la situación, intentando mantener una dignidad que ya tengo perdida.
— Por favor papi, ¡me encanta la pizza! – me suplica con una cara de ternura el angelito, clavándome esos ojos llenos de ilusión.
Y otra vez vuelvo a ser “papi”. ¡Qué manipuladores son los niños!, y yo, para variar caigo redondo aun sabiéndolo. Me rindo ante sus armas de destrucción masiva y suspiro.
— De acuerdo, ¡trato hecho! Pizza y helado, sin Minecraft.
El chiquitín me abraza por la cintura – porque más arriba no llega todavía – y utiliza la otra arma de manipulación comprobada:
— ¡Eres el mejor padre del mundo! ¡Te quiero mogollón!
Yo sonrío contento y derrotado, y le abrazo también. Así los dos cómplices felices, enfilamos hacia la pizzería cercana, mientras él sigue hablando durante todo el camino sin apenas respirar.
Después del almuerzo lo dejo en casa para que haga sus deberes. Mientras me lavo los dientes, pienso en la aburrida reunión de padres que tendré que soportar en breve. De pronto caigo en la cuenta de un detalle logístico vital:
— José, ¿dónde está tu clase? ¿Cómo encuentro a la profesora?
— En la segunda planta, papá, 4° D. Está escrito en la puerta. Mama nunca me lo pregunta, ¡ella lo sabe todo!
— ¡Por supuesto, hijo! Es que yo tengo muchas cosas en qué pensar y, como no suelo ir a las reuniones, me olvido… – empiezo a excusarme ante él, sintiéndome el peor padre del año por momentos.
— ¡Ayyy papá, eres muy olvidadizo! – me regaña agitando su dedo índice, como si fuera un minijuez.
Me pongo los zapatos y le doy un beso en la mejilla:
— ¡Pórtate bien y sigue con tus deberes! Mamá vendrá en cualquier momento.
— ¡Vale papá! – contesta sonriente, y justo antes de cerrar la puerta añade guiñándome el ojo:
— ¡Y no le digo que comimos pizza! – susurra, para luego taparse la boca con la mano, mientras se muere de risa.
Le sonrío, le guiño el ojo como un auténtico socio capitalista en el crimen y salgo hacia el colegio. Menos mal que está a tan solo dos calles de casa.
Entro por la puerta del edificio y veo en varios sitios grupitos de padres, pero me dirijo hacia la escalera que me llevará a la segunda planta, y desde ahí buscaré el aula de José.
De improviso, delante de mí se cruza una mujer. No vi de dónde salió, pero parece que la hubieran secuestrado de alguna pasarela de Milán. No sé a quién se le ocurre ir con esa ropa a un colegio. Camina con energía, con su cuerpazo perfecto y una gracia envidiable, ¡desprendiendo todo su sex appeal por donde pasa! Lleva unos tacones altos de aguja y un vestido corto y muy ajustado, de un color beige o algo así, (no soy especialista en colores), ¡solo sé que le queda fenomenal! El vestido es de encaje y, a primera vista, parece que va desnuda por debajo. Se me para el corazón por un instante. El brillo de sus medias refleja cada músculo de sus piernas hermosas.
¡Qué pivón! ¿Será alguna profesora?, me pregunto, y acelero el paso para poder disfrutar de su belleza, sin que ella se dé cuenta. El sonido de sus tacones se mete en mi cabeza y siento cómo ese “tap, tap” se amplifica y retumba en mis oídos. Mi corazón súbitamente comienza a latir deprisa. ¡No he tenido semejante taquicardia desde que gané una vez cinco mil euros en la lotería!
Me seco el sudor de la frente con el dorso de la mano. Mi imaginación se desboca como cuando era un quinceañero, proyectando diferentes escenas eróticas increíbles donde el protagonista soy yo, obvio. Sigo detrás de ella un tiempo, olvidándome por completo de mirar las aulas por las que pasamos. Cuando recupero la consciencia, veo que hemos llegado al fondo del pasillo. ¿Y ahora…? ¡Qué vergüenza! ¡Ni sé cómo llegué hasta aquí! Miro la puerta que está a mi izquierda y veo 4° D. ¡Ufff menos mal! El corazón me vuelve a su sitio. Nadie se ha dado cuenta de que estaba hipnotizado y de que se me había olvidado a qué venía.
Están esperando unas quince personas como mucho, casi todas mujeres, ¡pero ninguna como esta diosa pelirroja! La maja se pone al lado de la ventana y saca su teléfono. Todas las miradas se dirigen hacia ella. Los pocos hombres, como yo, tragando saliva; y las mujeres, mirándola con ojos críticos de arriba abajo. Seguro que los chats privados de las otras madres ya están echando humo; la deben de estar despellejando en tiempo real. ¡Cómo duele la envidia! Me río de ellas mentalmente.
¿¿Qué hombres tienen mujeres así??, me pregunto. ¿Cómo lo hacen?... ¿A lo mejor es madre soltera? Porque si tiene marido, será algún ricachón y su hijo o hija estudiaría en un colegio privado, no en uno público como este… Sigo pensando, por el camino de la lógica.
Ni idea de qué hace aquí, lo único que sé es que nunca antes la he visto y que ¡me gustaría morirme en los brazos de una mujer así! Mi cerebro está a mil por hora y noto que la situación en mis pantalones empieza a ponerse peligrosamente tensa. Algo ahí abajo intenta cobrar vida justo cuando no debe. Me veo obligado a meter las manos en los bolsillos del pantalón para intentar disimular el asunto con urgencia. Me giro de espaldas a la gente, para ganar tiempo, pero justo ahí veo a un grupito de niños que, milagrosamente, no están zumbados con sus móviles como de costumbre, sino hablando entre ellos. ¡Increíble! Toca aguantarme y disimular el temporal.
Al final, ir a la reunión no va a ser tan aburrido como pensaba. Chocarme con esta deidad ¡subió toda mi adrenalina en un tiempo récord!
Yo también, saco mi móvil para refugiarme en la pantalla, pero la sigo observando de reojo. ¡No puedo quitarle los ojos de encima! En ese momento, la mujer arregla con un gesto su largo cabello rojo y me mira fijo a los ojos con una ligera sonrisa. Me entumezco. En mi frente vuelven a salir gotas de sudor. Seguro que me he puesto colorado. Esos ojazos azules penetran en mí y beben la poca lucidez que tengo en ese momento; pierdo la imagen y el sonido por completo. Creo que se ha dado cuenta de que la miro demasiado… Yo no le devuelvo la sonrisita; finjo dignidad y desinterés. Además, me acuerdo de que hoy no me afeité y, con las pintas que llevo ¡parezco un extra de The Walking Dead! ¡Ni la limpiadora se fijará en mí! ¡Tenía que haberme afeitado, por lo menos!
La mujer otra vez baja la mirada a su teléfono y yo, por fin, cojo aire. Ya me estaba asfixiando de tantos nervios por las películas que me estaba montando. Mientras leo los titulares del periódico digital, comienzo a relajarme poco a poco. Me prometo no mirarla más y lo consigo, hasta que viene mi turno de entrar. Paso justo al lado de ella y otra vez se nos cruzan las miradas, sin quererlo: yo súper tenso, sin neuronas operativas, y ella parece que se divierte siendo el centro de toda mi atención y con el desorden que provoca en mí. ¡Se ha dado cuenta! ¡Soy estúpido!
Dicen que una vez una neurona femenina entró por error en la cabeza de un hombre. Miró a su alrededor, vio todo aquello oscuro y vacío, y gritó preocupada: “¡Eh, holaaa! ¿Hay alguien aquí?” Y desde el fondo, allá abajo, una voz le respondió: “¡Estamos todas aquí abajo, no grites!” Pues eso mismo le pasaba a mi sistema nervioso en ese instante: desalojo total en el piso de arriba y toda la actividad concentrada en la planta baja. Tengo que aprender a ser como las mujeres: ¡verlo todo sin que se me note! Pero ¿¿cómo lo hacen??
La maestra me espera con una sonrisa congelada en los labios, digna de una presidenta de la Comunidad de Madrid en plena campaña electoral; como las sonrisas de Esperanza Aguirre, la del bótox permanente, que te hacen dudar si se alegra de verte o se ha pasado con los retoques estéticos. Mientras comienza a hablarme de lo que estudian ahora (¡como si para mí fuera de gran interés!), yo intento imaginarla enfadada con esa sonrisa eterna, me rio por dentro y paso por alto qué exámenes tendrán este trimestre, qué excursiones harán y otras introducciones similares, hasta llegar a la parte que a mí me interesa: ¿cómo va mi hijo en la escuela?
Mientras me dice que habla mucho en clase y que no está muy concentrado, me entran unas ganas locas de responderle: “Es genética, ¡en eso se parece a su madre!”. Pero me aguanto para mantener la buena impresión. Luego, me empieza a explicar que no se esfuerza lo suficiente, que puede dar más, que es muy inteligente pero no tiene interés.
¡Como yo! Pero ¡¿a quién le gusta el colegio?! Los niños van porque los arrastramos, no por voluntad propia. ¿A qué crio de nueve años le interesa el complemento directo? Me juego el cuello a que a nadie le han convalidado el análisis morfosintáctico para que le rebajen el precio de la luz! He cumplido los cuarenta y todavía no me ha hecho falta saber qué es una palabra esdrújula ni calcular la superficie de un trapecio para llegar a fin de mes. ¡Son cosas inútiles! Pedir que mi hijo sea un superdotado cuando yo no puedo ayudarle ni con la mitad de los deberes absurdos que trae, ya es pedirle perlas al olmo!
Pero en vez de decirle todo esto, pongo cara de tío serio e interesado y, respondo lo que ella espera escuchar:
— Le agradezco la paciencia, de verdad. Hablaré con él en casa y le aseguro que José va a poner de su parte para mejorar. En el fondo es un buen niño. – añado, rascándome detrás de la oreja, rezando para que dé por terminada la reunión.
En general, la reunión no fue nada importante, ni siquiera tenía sentido ir. Aahh síí, la única razón de peso fue encontrar a la mujer de mis sueños. Tendré que venir yo a la reuniones de aquí en adelante. Ja, ja, ja, ja.
Ya, estoy enfrente de la puerta de casa e imagino la cara de mi mujer, con el ceño fruncido. Me aburre toda esta rutina, ¡siempre igual! Después, de la pelea que tuvimos en el ascensor, es normal que me espere así. Tendré que recurrir a mis tácticas seductoras para recuperar la paz mundial y evitar que continúe la batalla; como le colgué el teléfono y no pudimos terminar el combate, seguro que ya ha planeado su venganza.
Entro con una sonrisa ensayada, enseñando los veinticuatro dientes que me quedan, y la saludo. Ella responde seco, sin mirarme, concentrada en limpiar la encimera de la cocina. ¡Ha hecho la cena! Me acerco y le planto un beso.
— ¿Cómo ha ido la reunión? – me pregunta, apartándose de mi con cara de “pocos amigos”.
Sí, todavía está armada hasta los dientes. ¡Lo sabía! ¡Cómo la conozco!
— Bien. Lo único malo es que habla mucho en clase. – reporto, soltando solo la información imprescindible.
Me acerco otra vez para darle un abrazo tierno, pero ella me empuja a un lado y me suelta a bocajarro:
— ¡¡¿Cómo es posible que no le hayas dado de comer a José?!!
Me quedo petrificado. ¿¿Qué coño le habrá dicho el niño?? ¡Se me olvidó prepararle un guion y entrenarlo! ¿Cómo salgo de esta?...
— ¿Cómo que no ha comido? Claro que ha comido… ¡Joooséé, ven aquí! – le grito desde la cocina mientras voy en su busca, desesperado por saber qué versión ha dado.
El crío asoma por la puerta de su cuarto y yo abro fuego:
— ¿Por qué le has dicho a tu madre que no has comido?
Se queda pálido, sin saber donde meterse. ¡Pobre chaval, pienso, entre los dos lo vamos a volver loco!
— ¿No nos hemos comido una tortilla hoy? – le lanzo el salvavidas para guiarlo.
José se da un golpe con la mano en la frente y reacciona como un actor digno de Óscar:
— ¡Aaah, es verdad! ¡Se me había olvidado con tanto deberes que tengo en la cabeza!
¡Qué jodido esclavo del sistema, pero qué inteligente! Para su edad actúa que te mueres. Me relajo un milisegundo, pero al cruzarme con la mirada de la detective, vuelvo a ponerme tieso. Elena solo suelta un gruñido:
— Hmmm. – y se encamina hacia la nevera.
Aprovecho que se da la vuelta, me pego a José y le susurro:
— ¡¿Pero cómo se te ocurre decirle que no has comido?! ¡Nos va a despellejar a los dos!
— ¡Es que no me dijiste qué tenía que decir! – me protesta él en el mismo tono. —Me quedé callado y mamá se lo imaginó… ¡Y encima me ha encasquetado una crema de verduras que me he teniendo que tragar!
En este preciso instante, Satanás abre la nevera y proclama la sentencia de muerte:
— El paquete de huevos está intacto… ¿¡¡Van a dejar de mentirme de una puta vez!!? – me clava una mirada asesina. A mí solo, por supuesto.
José y yo nos miramos con absoluta impotencia. Los dos hombres de la casa, acorralados y sin coartada. Me coloco en posición de guardia porque sé perfectamente lo que viene ahora: ¡el segundo asalto de nuestra lucha libre familiar!
— ¡Tranquilizate, cariño! – intento distraerla con el tono más meloso del que soy capaz mientras procuro darle un abrazo.
Ella me empuja de nuevo, rabiosa:
— ¡Estoy harta de ti! ¡Nunca vas a crecer! ¡Parece que tengo dos niños en casa!... Ahora quiero escuchar la verdad. ¡Empieza!
Con la cara encendida y la mirada clavada en las baldosas, murmuro:
— Fuimos a comer pizza…
¡Qué mal ejemplo le doy al crío, por Dios! Al verme en esta situación tan vulnerable, todo mi orgullo de macho alfa se ahoga en lo más profundo del océano. ¡¿Qué clase de hombre va a salir de él viendo a su padre arrastrándose así?!
— ¡Me prometiste ayer que hoy le harías tú el almuerzo! – brama la comandante.
¿Cuándo narices le prometí eso? ¡¿Estaré teniendo demencia? Ya me estoy preocupando, en serio. Parece que no recuerdo ni la mitad de lo que digo… o de lo que finjo escuchar.
— ¡Andrés, ya no aguanto más! – dice Elena con la decepción pintada en la cara. —No puedo ocuparme de todo, ¡siempre me toca a mí! ¡Necesito que cooperes! – Su voz pierde potencia, transformándose en un suplicio, y se derrumba desesperada en el sofá.
Me encojo de hombros:
— Es lo que estoy haciendo…¡Si hoy ni he tenido día libre para poder cooperar!
—¿No te acuerdas de que ayer mi hermana llevó a José al cine y luego al McDonald’s? Por eso quedamos en que hoy le harías algo decente para almorzar…
En ese momento empiezan a entrarme flashes de la conversación de anoche. ¡Vaya, envejezco más rápido de lo que pensaba!… Me entra un bajón instantáneo al darme cuenta de que, con este panorama, jamás podré aspirar a tener una mujer como la pelirroja que ha visto hoy en la reunión. ¡Qué lástima! Mi pequeño “yo” intenta desperezarse en mis pantalones solo con la imagen que le facilita mi mente, pero lo reprimo. Me siento al lado de Elena y la abrazo con compasión. Esta vez no me aparta; se limita a apoyar la cabeza en mi hombro y susurra al límite de sus fuerzas:
— Andrés, a veces tengo ganas de tirarme delante de un coche y acabar con todo… De verdad, ¡no puedo más!
La aprieto más fuerte contra mí y, con todo el cariño del mundo, le suelto:
— ¡Te entiendo, mi amor! Yo también tengo ganas de hacerlo a veces… – Y le doy un suave beso en la frente.
Luego, el recuerdo de esa preciosa mujer de la reunión, revive de nuevo en mi mente, y comienzo a besar a mi mujer por el cuello, justo por encima del hombro. Humedezco mis labios y voy subiendo con suavidad, rozándola con la lengua. Me encamino hacia la oreja, mientras Elena empieza a gemir. Imaginándome que tengo entre mis brazos a la mismísima reina del sex appeal, me excito con una facilidad olvidada y me entran ganas de llegar mucho más lejos. Pero mi mujer, de pronto, me corta el rollo. Como de costumbre.
— ¡Ahora no, Andrés! El niño nos está mirando… – se aparta de mí y añade: —Solo piensas en sexo, ¿no ves que estoy mal?
— ¡¡¿Solo en sexo?!! – Ahora, el harto soy yo. —¿Te acuerdas de la última vez que lo hicimos? ¡Yo ya ni recuerdo si fue el mes pasado o el anterior!
— ¡Cállate! José nos está escuchando… – e intenta taparme la boca con la mano.
Le quito la mano de un manotazo y sigo protestando, aunque bajando el volumen:
— ¡Anda ya! ¡El que se quiere suicidar soy yo! ¡Así no se puede vivir!
— ¡Fantástico! ¡Hazlo! – me provoca ella.
— ¡Me voy a dormir al sofá! – le chillo. —¡Y encima ni el partido de tenis he podido ver!
— ¡Justo te lo iba a proponer, te me has adelantado! – me espeta, fulminándome con la mirada.
— ¡¿Proponer u ordenar?! – Meto más leña al fuego mientras voy al dormitorio a pillar una sabana y una almohada.
Vuelvo al salón hecho una furia y la levanto a la fuerza del sofá:
— ¡Vete de aquí! ¡A dormir!
Ella me mira asombrada, pero me hace caso y se marcha al dormitorio, sin rechistar.
¡Por fin, solo! Sin día libre, sin sexo, sin cena.., ¡pero a mi bola! ¡Que se joda! Ahora no me queda otra que pasar un rato divirtiéndome con mi musa de hoy. Después, las mujeres se preguntan que por qué los hombres las engañamos. Muy simple: ¡porque son unas tocapelotas! Porque hay tantas mujeres buenorras por ahí que nos morimos por poseer que, si supiéramos que no se van a dar cuenta, la cosa no se quedaría solo en nuestras mentes; siempre y cuando tengamos la suerte de que ellas quieran lo mismo, claro. ¡Ah, y una cosa mas tengo clara!: si la mayoría de las mujeres fueran como nosotros, los hombres, ¡no nos casaríamos, jamás!
En fin a dormir, que mañana me toca madrugar para ir a currar. Qué triste es mi vida: ¡va a ser que en el trabajo me lo pasó mejor que en casa!




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